Culto
Libros malos

Libros malos

Terry Eagleton, no está de más recordarlo, es un combativo y polémico intelectual inglés que desde su peculiar posición de marxista-cristiano, a menudo se involucra en sabrosas trifulcas literarias de carácter épico.

Al principio de La función de la crítica, Terry Eagleton imagina qué se pregunta un crítico cuando se sienta a escribir sobre algún tema o autor: ¿Cuál es la razón de ser de su escrito? ¿A quién pretende alcanzar, influenciar o impresionar? ¿Qué funciones le adscribe la sociedad como un todo a tal acto crítico? Evidentemente, se trata de preguntas válidas y urgentes, pero más lo son para Eagleton, que en ese mismo libro, publicado en 1984, plantea que la crítica ha perdido cualquier función social sustantiva. Eagleton, no está de más recordarlo, es un combativo y polémico intelectual inglés que desde su peculiar posición de marxista-cristiano, a menudo se involucra en sabrosas trifulcas literarias de carácter épico.

A las dudas de Eagleton yo le agregaría otra, tal vez menos trascendental, aunque siempre urgente: ante la posibilidad de criticar un libro bueno o un libro malo, ¿por cuál debe optar el reseñista que escribe semanalmente en un diario y que, en vista de ello, ha de dar cuenta de las novedades editoriales? Numéricamente hablando, aquí se publican más libros mediocres que memorables, por lo que, bajo este criterio dictado por la realidad, correspondería resaltar lo superior e ignorar lo prescindible.

No obstante, parte de la “función social” que menciona Eagleton consiste en advertirle al prójimo acerca de los impostores, pedantes, lateros y cursilones que andan por ahí vestidos de autores imprescindibles. En pocas palabras, un componente del pacto implícito entre el crítico y el lector consiste en que yo leo la basura para que usted no se ensarte.

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Todo esto se me ha venido a la cabeza a raíz de un chisme no confirmado: al parecer, quien compitió hasta último minuto con Diamela Eltit para obtener el Premio Nacional de Literatura en septiembre pasado fue Hernán Rivera Letelier, sin lugar a dudas el escritor menos calificado entre todos los que postulaban al reconocimiento. Dejando de lado el gusto literario de los individuos que votan para premiar a un autor por la trascendencia de su obra, yo no conozco a nadie que estime que los libros de Rivera Letelier merecen alguna distinción, lo cual, por cierto, no invalida las preferencias de los miles de lectores que sí lo consideran un novelista fenomenal.

Cyrill Connolly, otro crítico inglés, decía que el reseñista gasta los mejores años de su vida en lidiar con la mediocridad ajena. En una entrevista hace unas semanas, Alejandro Zambra, que ejerció durante años como crítico, sostenía que “es mucho más fácil criticar negativa que positivamente; es intrínsecamente más fácil saber por qué no te gusta algo que por qué sí te gusta”. Vistas desde cierto ángulo, ambas declaraciones apuntan más o menos a lo mismo.

Últimamente no he leído novelas de Rivera Letelier. El ejercicio me parece estéril: con el correr de los años, y tras haber comentado buena parte de su obra, conozco bien sus cabriolas con las palabras, su sentimentalismo, su discurso añejo. Sin embargo, ignorar los libros malos es un acto de alto riesgo, puesto que ahí, cuando desaparecen las voces de alerta, se cuelan los mecanismos de marketing que hacen que “la crítica”, para terminar con Eagleton, “opere como una rama de las relaciones públicas de la industria literaria”.

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