Culto
Por qué los Stones me importan más que los Beatles

Por qué los Stones me importan más que los Beatles

Qué es lo que tienen los Stones que no tienen los Beatles? ¿Sexo? ¿Alma negra? Una columna para entender la subvalorada influencia cultural de los Rolling Stones en territorios a los que los beatles nunca llegaron.

Pasaron muchos años, pero mi padre se fue dando cuenta de a poco. Son cosas que no se hablan, que quedan dormidas, hasta que una frase rompe la inercia y llega para aterrizar todo.

“Ya sé que te gustan más los Stones”, me dijo, como si de alguna forma lo hubiera traicionado.

De alguna manera era cierto. En su auto, mientras se fumaba un puro o un Lucky sin filtro, siempre se escucharon principalmente los Beatles. Además, fue él quien me llevó al primer concierto de McCartney en Chile el 93 cuando las entradas se pagaban en una sola y dolorosa cuota, antes de que llegara el crédito masivo a permitirnos conseguir una diamond Golden Box en 24 pagos.

Pero antes de todo eso, antes de que yo llegara al mundo, mi padre vivió en carne propia esa dicotomía que divide a occidente en tiempo real. A los 14 fue a ver A hard day’s night al cine y fue creciendo con los Beatles hasta llegar a Let it be, el último álbum, mientras su mejor amigo vivía la vida siendo del bando contrario. En casa de mi padre se escuchaban los Beatles; en la del amigo, los Stones, mientras desayunaban huevos con tocino.

Es por eso que al final, mi padre sabe que algo de culpa tiene en todo esto. Porque a pesar de que su preferencia siempre fue clara, también tuvo un lado Stone que exploramos juntos —sobre todo la era Brian Jones— como así yo también sigo teniendo un lado beatle. No se puede entender la música popular sin ninguna de estas dos bandas y el que diga lo contrario simplemente está cometiendo un pecado capital. Se sabe.

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Tengo que decir que el proceso fue largo. Conozco la discografía de las dos bandas como la palma de mi mano y pasé por etapas de duda, en que no podía decidirme por alguna de las dos. Esto hasta que llegó la música aleatoria de i-pods primero, y de iphones después. Muchas veces, cuando llegaba alguna canción beatle me encontré adelantándola. Con los Stones me pasaba lo contrario: nunca adelantaba y me quedaba pegado, moviendo una pata al ritmo de la música.

Fue ese el momento en que finalmente me transparenté a mí mismo que los Stones eran mi catedral musical. También empecé a pensar por qué en forma seria. ¿Qué es lo que tienen los Stones que no tienen los Beatles? Y empecé a hacer un scanner mental por mucho tiempo y que parafraseo en las siguientes líneas.


Sexo

Esta es quizás la razón más importante. Si uno se enfoca en la música, las canciones de los Beatles tienden a apuntar de la cadera para arriba. Los temas de los Stones, por otro lado, son de la cadera para abajo. Desde un comienzo existe algo crudo, tribal, gutural, que es ayudado aún más por los movimientos de Jagger cada vez que esas canciones eran interpretadas sobre un escenario. Hay algo que no se piensa cuando uno escucha a los Stones, un reflejo, una aceleración que es la base de lo que luego se conocería como garaje y punk. Ponerle play a “19th Nervous Breakdown” de 1965 es eso: rudeza, oxido, suciedad. Sonido eléctrico y tribalista al mismo tiempo. Los Beatles, por otro lado, estaban desprovistos de toda sexualidad en sus canciones. Lo de ellos era amor romántico, hablar de regalar anillos de diamantes a sus mujeres como muestra de amor, y luego, en su época más psicodélica, texturas, escenas oníricas, narrativas graciosas, a veces. Quizás lo más cercano a una referencia sexual directa fue “Why don’t we do it in the road?”, del Álbum Blanco. ¿Por qué no lo hacemos en el camino?, lo que era una de las tantas canciones en tono broma de McCartney, muy efectiva por lo demás.

Para profundizar sobre esto es cosa de mirar la canción de partida de dos discos contemporáneos de ambas bandas. Mientras los Stones partían con un abierto tono sexual en “Let’s spend the night together” (Pasemos la noche juntos) en su disco Between the buttons de 1967, ese mismo año Sargent Pepper partía con la canción homónima, un tema rockero en que los Beatles iban a una fiesta de disfraces para ser la banda del Sargento Pimienta. Chori, pero poco filoso.

Pero ese contraste no solo se dio en las canciones. Después de Elvis y James Brown, Jagger se convirtió en la base, el templado, de lo que significa ser un frontman por generaciones de generaciones de cantantes. Si en los 60 y 70 su influencia se vio en tipos como Roger Daltrey de los Who, David Bowie, y Steven Tyler de Aerosmith, más tarde esa influencia llegó a muchachos como Axel Roses y Jarvis Cocker de Pulp. Porque así de transversales son los movimientos, el bravado y la actitud, de Jagger. Aunque esté lejos de ser una banda de mi devoción, “Moves like Jagger” de Maroon 5 representa precisamente eso: el amplio rango de influencia del líder de los Stones a nivel de cultura popular.

De nuevo: los Stones de la cadera para abajo. Los Beatles, de la cadera para arriba.


Alma negra

A veces es bueno escarbar un poco en las influencias para entender a las bandas. Los Stones y los Beatles compartieron su gusto por Chuck Berry y los sonidos negros del Motown y el soul. En esa zona gris ambas bandas se movieron haciendo covers con igual confort. Pero también hubo áreas que quedaron en exclusivo para cada una de las bandas. Elvis, por ejemplo, fue admirado mucho por los Beatles que por los Stones. Crooners como Frank Sinatra y Bing Crosby también. Por otro lado, los Beatles nunca tocaron el blues, una de las fuentes principales de inspiración de los Stonnes. Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Little Walter. Lennon y McCartney siempre estuvieron lejos de eso. Más tarde, entrando en los setenta, los Stones se meterían a hacer algo reggae (Jagger hizo un dueto con Peter Tosh por esos tiempos), además de un extraordinario flirteo con la música disco en “Miss you”. Más música negra, más sexo. Contextos en los que me cuesta ver a cualquiera de los Beatles. Trato de imaginar a McCartney metiendo un reggae y no puedo.

Por otro lado, la popularidad y el peso musical de los Beatles del 64 al 67 fue tanta, que para los Stones fue difícil no agarrar ciertas influencias de los de Liverpool. Para mí, todo se reduce al uso del sitar. Mientras Harrison lo toca en “Norwegian wood”, un tema de Lennon del 65 al que le da un notable valor agregado, a los Stones se les ocurrió agarrar el mismo instrumento, pero acelerarlo. El resultado fue “Paint it black”, un combo a la quijada que funciona hasta el día de hoy y que, de paso, se convirtió en número 1 en 1966.

Puede que en este ejemplo, se resuma el contraste de los que ambas bandas significan. Mientras los Beatles hacen una elegante y barroca balada, los Stones le agregan anfetaminas a un instrumento indio.

Toda esa rebelión llevó a que Jean Luc Godard llamara a los Stones hace exactamente 50 años para hacer una película. Y lo que resultó fue Sympathy for the Devil, un film en el que los Stones trabajan precisamente esa canción en el estudio, la del uh, uh, acompañada con unos de los solos de guitarra más sucio y disléxico que he escuchado. Godard decidió mezclar a los Stones con los Panteras Negras metidos en el Londres de fines de los 60. Mientras Jagger y Richards hacían eso, los Beatles lanzaban ese mismo año, Yellow Submarine, una película de monitos animados.

El alma negra de los Stones, el alma blanca de los Beatles, nunca quedó tan clara.

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No es fácil escribir esto en un país eminentemente Beatle, porque es así: Chile es un país beatle. Mi padre es de la mayoría y yo soy de la minoría, lo asumo. Pero escribo porque creo necesario hacer el punto, porque la relativa lejanía que el chileno siente por los Stones puede haber nacido del hecho que Pirincho Cárcamo, el tipo que más ha influido en los gustos musicales relativos al rock en Chile, nunca los tuvo tan arriba como sí tiene a bandas de rock progresivo como Pink Floyd, Genesis, y hasta Yes.

Yo me quedo con el cierre de Taking Woodstock, la película que Ang Lee hizo sobre el festival de festivales de 1969, rodada en 2009. Es la última escena y el hijo del tipo al que le arrendaron la granja para hacer el evento, se encuentra con Michael Lang, el productor de Woodstock, el dueño de la idea y el hombre que impulsó todo. El dialogo es breve, pero Lang le cuenta que ahora va por un proyecto mucho, mucho más grande.

—Los Stones en California—, dice Lang, ante el asombro del chico, mientras se aleja sobre un caballo blanco.

Que ese concierto haya llevado a 300 mil personas, que haya sido un desastre, con un homicidio y tres muertes accidentales, y sea considerado como el evento que mató al hipismo, es otra historia.

Lang sabía que estaba apuntando a los más grandes de todos. Y es todo lo que importa.

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