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Herbie Hancock en Chile: seis hitos que lo convierten en un revolucionario del jazz

Herbie Hancock en Chile: seis hitos que lo convierten en un revolucionario del jazz

El legendario pianista, que se presenta esta noche en el Teatro Caupolicán, fue un constante innovador musical a lo largo de más de medio siglo de trayectoria.

Recorrer la trayectoria de Herbie Hancock es también adentrarse en los momentos estelares de jazz en los últimos cincuenta años. Desde que fuera un prodigioso talento contratado por el legendario sello Blue Note, su paso por esa universidad musical que fue integrar las formaciones de Miles Davis a mediados de los sesenta, su contribución a la fusión en la década siguiente, además de las experimentaciones con el hip-hop y todos los adelantos tecnológicos que tuvo a disposición.

“Todavía me encuentro activo y siempre estoy pensando en lo que vendrá. Por eso prefiero no concentrarme en lo que ya hice, a menos que pueda rescatar algo que he hecho antes para reciclarlo o reconceptualizarlo (…) lo mismo me ocurre con las nuevas influencias, particularmente por los músicos jóvenes por los que me siento influenciado”, resumió su filosofía el músico en entrevista con La Nación de Buenos Aires. Esto explica que en sus trabajos discográficos suele asociarse a las nuevas generaciones, tal como lo demuestran los músicos que lo acompañarán hoy, a las 21:00 horas, en el Teatro Caupolicán: Justin Brown (baterista de Thundercats) y el cantante Michael Mayo, un muchacho becado por el Thelonius Monk Institute of Jazz de apenas 25 años.

En este contexto, Culto hizo revisión de las innovaciones más importantes lideradas por Hancock, lo que lo convierte en uno de los revolucionarios más insignes del jazz.


Watermelon Man: un guiño latino

El sello Blue Note, casa discográfica de los gigantes del jazz del siglo pasado, llegó a la figura de Hancock de la mano del trompetista Donald Byrd, quien descubre el potencial del prodigioso pianista. Le ofrecen grabar su primer álbum solista con apenas 22 años. Es Bryd quien le sugiere hacer una composición que sea lo suficientemente “oreja” para darle al sello la oportunidad de tener una retribución económica con la apuesta.

Es así que Hancock compone “Watermelon Man”, su única pieza elaborada por un afán comercial, según ha confesado el músico. La popularidad de esta canción, en todo caso, tuvo un fortuito gatilllante.

Fue en 1962. En uno de los muchos bares de jazz de Nueva York se presentaba el percusionista cubano Mongo Santamaría. A una de las presentaciones falló su pianista, un joven Chick Corea. En su reemplazo fue Herbie Hancock, quien aprovechó de mostrarle al conguero su carta de presentación, “Watermelon Man”.

Santa María quedó impactado por lo pegajoso de la composición y ve en ella posibilidades de introducir la síncopa cubana, según constata el libro Caliente: una historia del jazz latino, de Luc Delannoy. Finalmente, hace una versión “latina” de “Watermelon Man” la que no tardó mucho tiempo en convertirse en un “estándar” del estilo. Esta versión fue incorporada al Grammy of Hall Fame en 1998 y la crítica especializada sostiene que la versión de Santamaría fue un impulso al género portorriqueño “Boogaloo” de los sesenta que, a su vez, es el precedente de lo que actualmente llamamos salsa.


Fender Rhodes: “¿Y dónde está mi piano?”

En 1963 Miles Davis incorpora a Hancock a su banda, hecho que augura una constante búsqueda sonora en los años que siguieron. Son los tiempos en que el legendario trompetista ya estaba cansado del jazz hecho con trajes italianos, por lo que, avanzada la década, comienza a captar su atención el trabajo de músicos de mayor popularidad provenientes del funk y el rock. Dicho de otro modo; Davis quería seguir haciendo jazz, pero con el swing y potencia de James Brown, Sly & The Family y Jimi Hendrix, entre otros.

Es así que Davis introduce la electrónica a su trabajo. Una escena grafica un momento crucial para la vida de Davis y Hancock mientras grababan Miles in the sky, cuando el pianista llegó al estudio y no había rastro de su instrumento. ¿Habría quedado fuera de la banda? Ya se sabía: Miles Davis era un misterio andante.

-Hancock: Oye Miles, ¿Y qué quieres que toque?
-Davis: Toca eso de ahí.

Y le indicó un instrumento de teclas compacto, que nada tenía que ver con la soberbia de un piano de cola larga. La escena, contada por el propio Hancock para el documental Down the Rodes: the Fender Rhodes story trataba del mítico Fender Rhodes, el piano eléctrico que marcó el sonido de los años sesenta y setenta.

De hecho, Miles Davis llevaría ese instrumento a la centralidad sonora de su trabajo en discos tan revolucionarios como el Bitches Brew de 1968. Hancock, en tanto, quedó encantado con ese piano portátil. “Tenía un sonido como de campanas”, recordaría años más tarde. De hecho, Hancock sería uno de los músicos de jazz que más esfuerzo le dedicó a los pianos eléctricos y sintetizadores, asociándose incluso con Patrick Gleeson, quien ya contaba con experiencia en sintetizadores en el San Francisco Tape Music Center y que, a la postre, sería el programador de las maquinas de Hancock en el tema “Rain dance” del disco Sextant.


Headhunters: jazz bailable con groove de funk

Mientras seguía en la senda experimental de Mies Davis, Hancock siguió en paralelo con una carrera solista que dejó éxitos como “Cantaloupe Island” y “Spike Like a Child”. En 1968 Hancock dejaría a Miles Davis para dedicarse a tiempo completo a su trabajo y a una búsqueda espiritual en el budismo.

Hasta que llega 1973 y Hancock sorprende al público con el disco Head Hunters. La introducción sin ambages de un funk derechamente bailable hace de este disco uno de los más vendidos en la historia del jazz. En el álbum, incluso, se encuentra “Chamaleon”, devenido en otro estándar en el género.

La vertiente funkera seguiría en los discos de casi todos los setenta. Algunos destacados: Thrust (1974), Man Child (1975) y Sunlight (1978).


“Padrinazgo” a Jaco Pastorius

En 1975 un desgarbado y excéntrico bajista de Florida llega a Nueva York con el ánimo de hacer historia: se hace llamar Jaco Pastorius. Por recomendación del productor Bobby Colomby, Pastorius llegó a grabar su primer disco solista al sello Epic. A decir verdad, no había muchas esperanzas en un trabajo que protagonizaba un instrumento de supuesto bajo perfil. “¿Un disco de bajo eléctrico? ¿Y qué viene después, un disco de acordeón?”, preguntó un escéptico gerente de la casa discográfica, según registra el libro biográfico Jaco Pastorius: la extraordinaria y trágica vida del mejor bajista del mundo, de Bill Milkowski.

Pese a ello, algunos músicos de la escena ya habían escuchado hablar sobre este músico que no tenía empacho en presentarse como “el mejor bajista del mundo”. Uno de ellos fue Herbie Hancock, quien precisamente participó en la totalidad del disco, ya sea en el Fender Rhodes o en el piano acústico, como lo fue en la trepidante relectura que hizo Pastorius de la composición del pianista “Kuru/Spike Like a Child”.

En el disco, Hancock, ya un músico consolidado, le dedico una extensa nota a la propuesta de Pastorius con su bajo fretless. “Jaco es un fenómeno. Es capaz de hacer sonidos con el bajo que son una absoluta sorpresa para los sentidos”, escribió Hancock en la contratapa del álbum. que marcó un punto de inflexión en el rol del bajo eléctrico en la música moderna.

Ambos músicos trabajarían juntos en la segunda mitad de los años setenta, coincidiendo incluso en la etapa jazzera de la cantautora Joni Mitchell.


Rock it: los años de electrónica y hip-hop

A inicios de los ochenta, las inquietudes tecnológicas de Hancocok lo llevan a grabar el disco con un sugerente título: Future Schock. A su base de jazz y funk, ahora se sumaron sintetizadores en clave de techno y explícitos elementos de hip hop. En este trabajo se encuentra “Rock it”, un tema que incorporaba la técnica scratch utilizada por los DJs en los vinilos; el tema funcionaba perfectamente en una discoteque y fue referencia en la música dance de EE.UU. El single, que fue promocionado con un video clip donde actúa el propio Hancock, tuvo buenas críticas de la prensa especializada, pero fue evaluado con distancia por los puristas del jazz. En todo caso, se abría entonces los constantes vasos comunicantes entre la estética callejera de los raperos y la complejidad propia del jazz.


Bonus track: Blow up

Mientras Hancock se hacía un espacio en el jazz de los años sesenta, su trabajo lo llevó a otra rama del arte: el cine. Fue así que el pianista terminó componiendo la banda sonora de la película Blow Up de Michelangelo Antonioni (1966). El trabajo dedicado a este clásico del neo realismo italiano, se sumaría a una prolífica carrera como compositor para el séptimo arte. De esta veta destaca su colaboración en la película Round Midnight (1986), cinta inspirada en las vidas de los jazzistas Lester Young y Bud Powell, donde consigue un Premio Óscar a la mejor banda sonora.

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