Culto
Werner Herzog en el fin del mundo

Werner Herzog en el fin del mundo

El 27 de noviembre el director alemán de filmes como Fitzcarraldo y Aguirre, la ira de Dios estará por primera vez en Chile, invitado por el ciclo de charlas La Ciudad y las Palabras de la Universidad Católica.

Werner Herzog cumple una apuesta y se come su propio zapato. Werner Herzog se salva de morir al cancelar a último minuto un vuelo que luego cayó impactado por un rayo en el Amazonas peruano. Werner Herzog amenaza a punta de pistola a Klaus Kinski para que no abandone el set de Aguirre, la ira de Dios (1972), la película que pudo hacer precisamente porque no tomó el avión del trueno. Las historias, mitos y leyendas que animan la vida del realizador de Fitzcarraldo (1982) son tan frondosas como el bosque al pie de los Alpes donde creció sin luz, teléfono ni agua potable durante los 12 primeros años de su vida. Parecen ser tan salvajes también.

Más que cualquier otro realizador de su época, el cineasta alemán se ha transformado en profeta del arte indómito y enemigo de las reglas. Quizás al punto de que ha creado sus propias reglas: las de hacer las cosas siguiendo los instintos y sin llorar, la de no ir a la escuela de cine y poner la cámara en la calle. O en la montaña.

Agreste y locuaz, Werner Herzog es tal vez el más exitoso de todos los cineastas que en los años 60 nacieron al amparo del llamado Nuevo Cine Alemán. Además es el gran sobreviviente, muerto prematuramente Rainer Werner Fassbinder (1945-1982), genio incomparable, seguramente el más dotado del movimiento.

Pero si Fassbinder era un bávaro inestable y autodestructivo (una sobredosis lo mató a los 37), Herzog es el más fuerte y comprometido del grupo cinematográfico germano de aquella época. Natural de Baviera al igual que Fassbinder y a diferencia del renano Wim Wenders (el otro miembro más conocido de la generación), Herzog filma con envidiable regularidad, alterna la ficción con el documental y cada ciertos años nos brinda una obra de gran categoría.

A pesar de su fama de lobo estepario y de su debilidad por la naturaleza, es un realizador de gran capacidad verbal y un hábil conferencista. Desde el año 2009 realiza una serie de clases maestras en distintos lugares del mundo para estudiantes de cine, donde busca hacer todo lo que una tradicional escuela fílmica no realizaría. Este año además mantiene sus lecciones pagadas en el sitio web Master Class, donde también están el realizador Martin Scorsese, el dramaturgo David Mamet o el compositor Hans Zimmer, entre otros.

Y este mismo 2018, Chile podrá apreciar las lecciones de vida de Herzog en vivo y en directo en el ciclo La Ciudad y las Palabras que organiza el Doctorado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica. La cita es el martes 27 de noviembre a las 19 horas en el Auditorio de la Facultad (El Comendador 1916, Providencia).

De Aguirre a Gorbachov

Nacido en Munich en 1942, Werner Herzog salió de la ciudad cuando apenas tenía dos meses junto a su madre. Se refugiaron en el pueblo de Sachrang, al lado de los Alpes. La decisión había sido de vida o muerte: los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial habían destruido la casa de al lado y trasladarse lejos era un método de supervivencia.

Vio su primera película a los 12 años y fue suerte pues un proyeccionista ambulante la mostró en el colegio de Sachrang. Desde ahí en adelante su relación con el cine siempre será instintiva y anti-intelectual. Despreció las academias y cuenta que para hacer su primera filmación no encontró nada mejor que robarse una cámara de 35 mm de la Escuela de Cine de Munich.

Comenzó a filmar casi al mismo tiempo que sus compañeros de generación Volker Schlöndorff, Wim Wenders y Rainer Werner Fassbinder, pero se hizo famoso antes: primero, con el Oso de Plata en el Festival de Berlín por Señales de vida (1968) y luego con la influyente Aguirre, la ira de Dios (1972), la primera de sus cinco colaboraciones con su actor fetiche Klaus Kinski. Filmada en Perú, describe la desquiciada empresa del conquistador Lope de Aguirre, un obseso que pretende descubrir El Dorado en la América colonial.

Le seguirían filmes como Woyzeck (1978), Nosferatu (1979) y, muy particularmente, Fitzcarraldo (1982), sobre un barón del caucho de origen irlandés que pretende construir un teatro de ópera en medio del Amazonas. Para eso, decide llevar un barco a vapor por agua, tierras y bosques, subiendo colinas y atravesando selvas vírgenes. La cinta le significó el premio a Mejor Director en Cannes y fue su consagración absoluta.

En los últimos 30 años Herzog ha apostado fuerte en el campo documental, casi siempre con personajes que arrancan de la órbita normal. Son seres más grandes que la vida y probablemente están locos o dañados por una circunstancia definitiva. Van desde un piloto que se fugó de una prisión del Vietcong tras seis meses de aislamiento y tortura (Little Dieter needs to fly, 1997) hasta el triste caso de Timothy Treadwell, el conservacionista y “amigo de los osos” que murió en las fauces de un grizzly junto a su novia (Grizzly man, 2005).

Muy prolífico, Herzog acaba de estrenar en el Festival de Venecia Meeting Gorbachev, documental donde entrevista largamente al ex líder soviético que acabó con el régimen comunista en el país donde nació. Actualmente prepara Fireball, acerca de la relación entre los meteoritos, la mitología y la religión.

Pero los artistas dedicados nunca dejan de retornar a las obsesiones de su vida. El Santo Grial de Herzog siempre ha sido el Amazonas, donde filmó sus dos películas más conocidas, Aguirre y Fitzcarraldo. Ahora vuelve al trópico sudamericano con la serie televisiva Fordlandia. Cuenta la utópica empresa que el magnate e inventor Henry Ford no pudo concretar y por la que es imposible que el alemán no sienta alguna simpatía: construir una ciudad en medio del Amazonas.

Sobre el autor:

Rodrigo González |
Sub-editor de Cultura de La Tercera.