Culto
Lavie Tidhar y la historia alternativa de Israel

Lavie Tidhar y la historia alternativa de Israel

Unholy Land es ambiciosa y evocativa, pero en muchas cosas se queda a medias -la trama es confusa, el funcionamiento de los mundos alternativos no se aclara, los personajes no son complejos-. Para conocer al mejor Tidhar hay que leer Estación central.

Por obvias razones, el subgénero de la historia alternativa -la ucronía- tiene una predilección por Israel: si el estado se hubiera creado en otra región o si los judíos hubieran sido relocalizados o otro continente, quizás se hubiera evitado el holocausto. En El sindicato de policía Yiddish (2007), Michael Chabon imagina su trama a partir de un plan real de Roosevelt de permitir el asentamiento de 50 mil judíos en Alaska; el escritor israelí Lavie Tidhar construye su nueva novela, Unholy Land (2018), a partir del plan Uganda de Chamberlain de ceder, a principios del siglo pasado, casi 15 mil kilómetros cuadrados en lo que hoy conocemos como Kenia, como forma de evitar los pogroms rusos.

Tidhar es un destacado escritor de ciencia ficción, con muchas posibilidades de llegar a lectores más allá del género; Estación Central (2016), su anterior novela -una de las mejores del género en esta década-, imaginaba la vida de un grupo exótico de desplazados que se establecen a los pies de una estación central, mezclando con libertad identidades reales y virtuales. Unholy Land también va de desplazados, aunque esta vez con un mayor asidero en el presente: Lior Tirosh, un escritor de novelas de acción -muy serio para ser comercial, muy entretenido para ser tomado en serio por la crítica respetable-, vive en Alemania y un día decide visitar su ciudad natal, Aratat, capital de Palestina, en el Africa. Gracias a su gran ojo para la creación de atmósferas Tidhar nos sumerge de lleno en este nuevo estado judío: en las calles de Ararat hay baobabs enanos, zumban los mosquitos, en un semáforo uno puede encontrarse con una jirafa, mientras que “lejos de su casa, una leona se sienta hipnotizada frente a la vitrina de una carnicería, relamiéndose los labios”.

Lo que Tirosh no sabe, y lo que Tidhar va develando a través de una trama pulp, un nebuloso juego de espías, es que la Palestina a la que regresa es solo parte de uno de múltiples mundos paralelos. Las fronteras entre esos mundos se van desvaneciendo, Tirosh de hecho las atraviesa y viaja en el tiempo sin darse cuenta: Bloom, un policía fronterizo, parte de una organización encargada de mantener la estabilidad de los mundos -con reglas que podrían derivar tanto de la física cuántica como de la Cábala-, está tras sus huellas y su misión es eliminarlo.

Lo más subversivo de esta historia alternativa es que, según Tidhar, podría cambiar la geografía del estado israelí pero, tal como están las cosas, el resultado sería el mismo: la Palestina africana vive abroquelada, en lucha constante con la tribu Nandi a la que ha desplazado para ocupar su espacio, en medio de ataques hombres-bomba y embarcada en la construcción de una muralla que pueda separarla del resto de África. No hay escape ni consuelo en la fantasía. ¿Para qué, entonces, escribir una historia alternativa? Porque, como dice el policía Bloom, “el mundo es la suma de lo que podría ser, lo que pudo haber sido y cómo pudo haber sido”. En esa posibilidad de imaginar alternativas ya no están las chances de que Israel haya podido evitar el Holocausto, pero sí la de romper la dinámica perversa en la que se encuentra en su relación con los palestinos.

Unholy Land es ambiciosa y evocativa, pero en muchas cosas se queda a medias -la trama es confusa, el funcionamiento de los mundos alternativos no se aclara, los personajes no son complejos-. Para conocer al mejor Tidhar hay que leer Estación central.

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