Culto
Elizabeth Bishop, una flor rara

Elizabeth Bishop, una flor rara

Bishop no publicó demasiados poemas. Sus libros no tratan de un solo tema. Son conjuntos de textos diversos, cuya unidad radica en su estilo. No cuenta una historia en los poemas, ni expresa sentimientos fáciles de distinguir, lo que hace Bishop es representar minuciosamente situaciones y personajes con una técnica que simula la objetividad por su falta de adjetivos. Lo suyo es describir.

Tengo en mi velador desde hace meses varios libros de poesía de Elizabeth Bishop y un tomo con su prosa reunida. Estoy leyéndola con placer, sin apuro. La dejo para el final del día, cuando estoy agotado y quiero dormir, pero no tengo suficiente sueño. Aún me queda lucidez para disfrutar con unas páginas. Es una acompañante insuperable antes de caer al sueño. Me alivia su exactitud para escoger cada palabra y describir animales, peces y situaciones íntimas con una distancia que marca el límite entre la emoción y la extrañeza.

La figura de Elizabeth Bishop -hasta hace poco reducida al mundo literario- sale a escena con la película Flores raras, centrada en el amor entre la poeta y la arquitecta brasilera Lota de Macedo Soares, con la que vivió 15 años en Petrópolis. Vi la película en Netflix. Pensé que iba a decepcionarme por la complejidad de ambos personajes. Estaba equivocado: el retrato que se hace de estas mujeres es crudo y verosímil. Muestra la fiereza, la ambición, el talento, el alcoholismo y la inseguridad que despliegan en sus vidas dos artistas geniales, entregadas a sus pasiones y tragedias con ferocidad.

El largo paso por Brasil de la Bishop es la parte aventurera -aunque no salió más allá del jardín de su maravillosa casa- de una existencia dedicada a cultivar la quietud para poder inspirarse y escribir. Para ella no era fácil ni espontáneo casi nada. Era una mujer delicada que se consideraba neurótica y estricta consigo misma. Su poesía es un eslabón central en la tradición literaria norteamericana en la que están alineadas Emily Dickinson y Marianne Moore, sus precursoras, auténticas hasta la excentricidad. De ellas aprendió la discreción y la impersonalidad. Son mujeres que creen en una poesía metafísica, loca, interior, entregada a los pasos de la imaginación.

Bishop no publicó demasiados poemas. Sus libros no tratan de un solo tema. Son conjuntos de textos diversos, cuya unidad radica en su estilo. No cuenta una historia en los poemas, ni expresa sentimientos fáciles de distinguir, lo que hace Bishop es representar minuciosamente situaciones y personajes con una técnica que simula la objetividad por su falta de adjetivos. Lo suyo es describir. Sus poemas provocan sensaciones sutiles, oblicuas y visuales. Fueron elaborados verso a verso hasta lograr lo inesperado, la aparición de lo poético sin estridencias, en un tono melancólico que la distingue. Tratan de la pérdida, de la vida insignificante y de las epifanías que genera la represión. La musicalidad es ineludible al leerla, de ahí que la mayoría de las ediciones que circulan de sus poemas sean bilingües. Dos autores de peso en español se dedicaron a traducirla: los mexicanos José Emilio Pacheco y Octavio Paz.

Las fotos de Bishop la muestran esquiva e irónica. Hay una en la que sale caminando con su amigo Robert Lowell por el borde de una playa. Ríen los dos. Es la única imagen que recuerdo de estos poetas en actitud infantil. Lowell la amaba, incluso le pidió matrimonio. Bishop terminó célebre y profesora en Harvard. Sus biógrafos cuentan que nunca fue feliz enseñando, pero ese trabajo le permitió subsistir, cuestión que la abrumaba.

Su caso es ejemplar por una razón: entre todos sus poemas, hay uno que es insuperable, un clásico, que deja al resto de su obra en un nivel distinto. Quizá injustamente, pero al final el destino de un autor lo fijan los lectores. Un arte ha sido citado tantas veces que pocos recuerdan quién lo escribió. Ya no es de Bishop, con lo años se ha vuelto un emblema. Es un poema perfecto sobre los tropiezos y las imperfecciones. “El arte de perder no es difícil adquirirlo. / Tantas cosas parecen empeñadas / en perderse, que su pérdida no es un desastre”. Bishop tocó una zona insondable y universal que identifica a los lectores más allá del contexto que los rodee. Sentirse derrotado por el destino en cada nimiedad que nos acontece es inherente a la condición moderna. Bishop murió en Boston, el 6 de octubre de 1979. A su amigo Lowell le pidió unos meses antes: “Cuando escribas mi epitafio, deberás decir que fui la persona más solitaria que ha vivido jamás”.

Sobre el autor:

Matías Rivas |
Director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales. Autor de los libros Tragedias oportunas e Interrupciones.