Culto
25 años de MTV Latino: decimos lo que sabes, pero sabemos cómo hablar

25 años de MTV Latino: decimos lo que sabes, pero sabemos cómo hablar

En octubre de 1993 comenzaron las transmisiones de MTV Latinoamérica, cambiando la difusión de música en el continente. En el inédito formato de 24 horas ininterrumpidas, las pantallas del canal de cable renovaron tendencias y dieron tribuna a alguna que otra proclama social. En tres entregas, contaremos de sus antecedentes, del sueño bolivariano en versión alter latina y cómo terminamos conversando con los señores Matanza y P. Mosh.

Parte 1: no hay nada que festejar

Un misterioso hombre en la elegante (y furiosa) Buenos Aires se transforma en un ser alado. Pero no. Un grupo mexicano pretende dejar de respirar en medio de velas, en un campo o en turísticas locaciones. Pero tampoco. Lo primero que se vio en la señal de MTV Latinoamérica el 1 de Octubre de 1993 fueron unos humildes huevos que, arrojados desde el aire, teñían el piso de color.

Ni Soda Stereo, ni Maná, sino que los, menos famosos, Prisioneros fueron quienes inauguraron la señal con el video de “We are Sudamerican rockers”. Y ese evento histórico para nuestro país, ahí justo entre la empanada más grande del mundo y el número 1 del Chino Ríos, permite recordar la eficacia de Cristián Galaz en la dirección y festejar (que nunca está demás) la lucidez en la prosa de Jorge González. “Es como rock and roll/ pura música basura/ un poco transformada para que suene igual”, cantaba el trío vestidos de guerrilleros rockabilly, acertándole completamente al concepto.

Surgido como señal de cable en Estados Unidos en 1981, MTV se transformó en su primera década en el paradigma de difusión musical exitosa. Como resultado, desde 1987 en adelante, se ampliaron a Europa, Japón y Brasil, mientras daban señas de integración a otras culturas en sus premiaciones de Estados Unidos. Por ejemplo, en 1989 comenzaría a disputarse el premio al mejor “video latino” (donde se combinaban sin problemas Chayanne y Emmanuel con Miguel Mateos y Los Prisioneros) como paso previo a la creación de una señal exclusiva para el continente.

Miami sería el centro neurálgico de este MTV Latino y su heterogeneidad cultural tendría su paralelo en la pantalla del canal. Así, los conductores (VJs) escogidos para comenzar la aventura venían de diferentes países: a la cubana Daisy Fuentes, quien ya conducía un programa para la cadena madre, se sumarían la argentina Ruth Infarinato, el mexicano Gonzalo Morales y el chileno Alfredo Lewin.

En sintonía con las tendencias de la señal estadounidense y con el contexto de la época (el auge del grunge y el optimismo del inicio del gobierno de Clinton), la programación de MTV evitaría durante sus primeros años a los cantantes románticos más establecidos, dándole una exposición inesperada a los grupos rockeros, a los que impulsaban el mestizaje cultural (“alterlatinos”, les llamaban) e, incluso, a la propagación ciertos mensajes políticos (a favor de la democracia y la libertad de expresión, como era común en la MTV USA de aquellos tiempos).

Dentro de esa vitrina, sobresalía rápidamente una suerte de mini película sobre un revolucionario convertido en héroe popular y perseguido por la policía. Al ritmo de una batucada, sus intérpretes lograban crear, por fin, la mezcla exacta entre ritmos africanos y latinos, actitud post punk e imaginario popular (Víctor Jara, incluido). El tema era de Flavio Cianciarulo, se llamaba “Matador” y era el primer single de “Vasos Vacíos”, la recopilación de su grupo, Los Fabulosos Cadillacs.


Lo dijo el León

“Watanegui consup/ Iupipati Iupipati/ Wuli Wani Wanaga”. Esos serían los sentidos versos que Gabriel Fernández Capello, también conocido como Vicentico, interpretaría en su fatídico 1991. Y no contento con ello, también los bailaría, bandana roja en el pelo, de paseo por la playa con sus amigos de Los Fabulosos Cadillacs (LFC), en el clip de su versión de “Sopa de Caracol” de Banda Blanca. Video y cover definidos por el cantante como “una porquería”, en la edición dedicada al grupo en el programa Elepé de Canal 7 Argentina.

Alguna vez suceso fulminante en 1988 con su apropiación del ska inglés de principios de esa década, los años posteriores de LFC traerían discos cada vez mejores y diversos como Volumen 5 (Sony, 1990) junto con una caída estrepitosa de la popularidad, a la par de la hiperinflación en Argentina. En ese contexto, tocaron en fiestas de 15 años, hicieron un mix realmente espantoso de sus primeros éxitos y la guinda fue un EP llamado Sopa de caracol (Sony, 1991). Iupe! Iupe!

Esa autoinmolación por necesidad, sería olvidada rápidamente por la publicación de El León (Sony, 1992), trabajo que no sólo comenzaría el repunte de popularidad para la banda, sino que daría la pauta de lo que vendría de ahí en más: influencias latinas, letras con conciencia social y un endiablado sentido del ritmo. Si el cover de “Desapariciones” de Rubén Blades o los mensajes tras “Gallo Rojo” y “Manuel Santillán, el León”, no lo dejaban claro, las canciones nuevas de su sucesor Vasos vacíos (Sony, 1993) aprovechaban de recordarlo.

Junto con la inédita “Matador” y rescates divertidos del pasado como “Yo te avisé” o “Mi novia se cayó a un pozo ciego”, también aparecía “Quinto Centenario”, una suerte de himno alternativo al 12 de Octubre, donde se cantaba/gritaba que no había nada que festejar. Desde el otro lado del atlántico, serían unos franceses quienes también compartirían ese ideario. Aunque nunca hayan reconocido la influencia, como si lo hicieron amigos directos como Todos Tus Muertos (“a mí me gustaban más Les Négresses Vertes”, asegura Vicentico siempre, como quien quiere exorcizar un demonio), entre LFC y Mano Negra hay más de una coincidencia.


¿Qué pasa por la calle, moreno?

No llores mi vida no llores/ Mas lagrimas de colores/ La patchanka is the wild sound/ For proud souls/ And lonely hounds.

Era 1992 y Mano Negra era una banda francesa con algunos líos con la policía y 3 interesantes discos a su haber, decidiendo hacer una gira por Latinoamérica. Pero como buenos herederos de una tradición de música con espíritu comunitario, el octeto liderado por Manu Chao no tomaban el avión y alojaban en hoteles, sino que se subían a un barco y junto con la compañía de teatro callejero Royal de Luxe se presentaban en diversos puertos del continente. Menos en Antofagasta o Valparaíso, hagamos la salvedad.

Con el antecedente multinacional de los hermanos Manu y Antoine Chao (hijos de padre gallego y madre vasca), Mano Negra se transformó desde sus inicios en 1987, en la representación perfecta del cruce cultural. En sus discos, no sólo se podía encontrar salsa, punk, reggae, hip hop, chanson française en feliz comunión, sino que todo ello era presentado en español, francés, inglés o árabe, según se necesitase.

Cinco años después, la gira Cargo 92, que recorrió América Latina con equipos propios, para combinar actuaciones pagas con otras gratuitas; recaló como último puerto en Buenos Aires, donde además de asustar al siempre controlado Mario Pergolini con un pequeño despliegue punk en su programa televisivo (un monitor roto y un francés borracho, como una pésima combinación), dieron el último show de la banda en su formación original. Como la experiencia sudamericana le gustó al siempre movedizo Manu Chao, el año posterior giraron en un tren refaccionado por diversos ciudades y pueblos de Colombia, como lo documenta el libro Un tren de hielo y fuego (Cybermonde, 2001) de Ramón Chao, reputado periodista y padre del cantante.

Ahí, ya era una versión reducida de Mano Negra la que acompañó a Manu, quien aprovechó de estrechar lazos con Fidel Nadal (Todos Tus Muertos), quien también serían parte del último álbum acreditado a una banda ya herida de muerte, el exitoso Casa Babylon (Virgin, 1994), con el efecto poderoso de cortes como “Señor Matanza”, “Santa Maradona” o “La vida (la vida me da palo)” en las pantallas de MTV.

Aquel manual de instrucciones para bandas con una decena de integrantes, secciones de viento y consignas políticas, se transformaría, junto con el material de Los Fabulosos Cadillacs o el de los mexicanos Maldita Vecindad, en las bases de lo que se denominaría como movimiento alterlatino. Por su parte, Manu Chao, tomó la guitarra acústica, redujo la paleta de estilos drásticamente, y en una versión algo más descafeinada se convirtió en estrella mundial, gracias a Clandestino (Virgin, 1998). Pero ya la semilla estaba plantada. En los fértiles campos de la MTV latina.

*Leer segunda parte.

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