Culto
A 80 años de la irrupción poética de Óscar Castro

A 80 años de la irrupción poética de Óscar Castro

La aparición de Camino en el alba (1938) consagra al vate rancagüino, cuya obra se forja entre el origen campesino al que tributa y el compromiso con que asumiría responsabilidades en la primera línea del Frente Popular.

El junco de la ribera
y el doble junco del agua,
en el país de un estanque
donde el día se mojaba,
donde volaban, inversas,
palomas de inversas alas.

Los inolvidables versos de Romance de barco y junco cumplen exactamente ahora ochenta años desde que estallaran, límpidos, en el primer libro publicado por Óscar Castro: Camino en el alba (1938). El parto, sin embargo, fue arduo. En efecto, había transcurrido casi una década desde que las estrofas de Poema de su ausencia aparecieran, bajo el seudónimo de Raúl Gris, en las páginas de La Semana, el 9 de marzo de 1929. Por entonces, nada del cuidado aspecto de su autor, ni de sus tímidos modos, hacía pensar a la gente que se trataba de un escritor y, por lo demás, las circunstancias conspiraban con creces a alimentar ese anonimato: habitante de una ciudad carente del más mínimo círculo de letras, este hijo y nieto de campesinos había sobrevivido en Rancagua ejerciendo los más diversos oficios, como repartidor de pan, administrador de un molino y empleado bancario. Ya en 1930, cuando se desempeñaba en la Biblioteca Eduardo De Geyter, traba amistad con Gonzalo Drago, junto al cual fundaría más tarde el incombustible grupo literario “Los Inútiles”.

El poeta devoraba libros como si presintiera que el mundo acabaría, al menos para él, muy pronto. Dominaba el trabajo de los clásicos tanto como el de sus contemporáneos. “Esto, amigo, tiene dueño”, retrucaba cuando alguno de sus contertulios intentaba hacer aparecer como propio el pasaje de alguna firma célebre. En 1932, el vate rancagüino abrió una pequeña librería y un gran desastre comercial que hubo de liquidar muy rápidamente, aunque el espacio brindó notables servicios al afán de reunión y plática de los escritores de entonces.

Por ese tiempo, además, conoció a Isolda Pradel, de quien se enamoró de inmediato. Y allí, otra vez, hizo gala de la prisa: solo días separaron el momento en que fueron presentados de la jornada en que se desposaron. La existencia se hizo económicamente difícil. Castro empezó a laborar en un local de venta de leche, aunque seguía leyendo y escribiendo, ahora con una inspiradora fundamental de sus textos. “Ponte tu velo de luna,/ dame tus manos, Isolda:/ aquí tienes el anillo/ del ensueño y de la estrofa”, cantó a la amada en el Romance que llevaría su nombre.

Ya en 1936, el fusilamiento de Federico García Lorca marcó hondamente su poética. Al crimen respondió componiendo un bellísimo Responso. “No murió como un gitano:/ no murió de puñalada./ Cinco fusiles buscaron/ por cinco caminos su alma”, escribió. La obra, de disciplinada costura octosílaba, sería declamada en la velada fúnebre dedicada a fines de ese año al granadino en el Ateneo de Valparaíso. El episodio no sería un detalle, porque esa factura iba a recibir la pública alabanza del líder de esa jornada, Augusto D’Halmar, seis años antes de que este se convirtiera en el primer galardonado con el Premio Nacional de Literatura. Óscar Castro tuvo que hacer frente al implacable rechazo de los editores a publicar su primer libro, pero fue precisamente el autor de Juana Lucero quien se hizo cargo del elogioso prólogo que necesitaba Camino en el alba para abrirse paso. Faltaba el sello que se arriesgara con él y fue, pues, el turno del audaz y señero Carlos George Nascimento.

Con Pedro Aguirre Cerda

“Soy el tallo moreno en la espiga del canto”, reza uno de los versos alejandrinos del poemario, inmediatamente aplaudido por críticos como Julio Orlandi y Alone. Si el vate no olvidaba allí su origen rural, tampoco en la prensa la situación de los sectores populares. ‘‘El reloj más caro que se conoce es uno cubierto de piedras preciosas, propiedad del Papa Pío XI (…). Ese reloj marcará un día el despertar magnífico de los proletarios, adormecidos hoy por la religión, el fascismo y otros estupefacientes”, escribía en el diario La Tribuna. Convertido en uno de los secretarios políticos del Frente Popular, tras el triunfo de Aguirre Cerda dirigió a Gonzalo Drago una carta en la que le advertía sobre “una maniobra reaccionaria que tiene muchos visos de realizarse. Pretenden arrebatar el triunfo a don Pedro en el Tribunal Calificador”. Y, “en caso de llevarse a efecto este robo, todos los frentistas deben declarar una huelga indefinida”, añadió, precisando a su amigo: “estaré en las barricadas al lado del pueblo”.

En medio de un prestigio literario siempre en alza, Óscar Castro crearía, junto a otros profesores, el Liceo Nocturno de su ciudad natal, para que los trabajadores tuvieran también la oportunidad de aprender a leer en las aulas. Es que el poeta no tenía tiempo que perder: la vida se iría con él en 1947, cuando apenas llegaba a los 37 años de edad. La pausada cadencia, en cambio, tendría amplio espacio en sus palabras.

Sobre el autor:

David Hevia |
es poeta, ensayista y director de la Sociedad de Escritores de Chile.