Culto
Suicidio asistido: registrando la debacle en vivo

Suicidio asistido: registrando la debacle en vivo

No descubrimos el fuego, precisamente, si decimos que un disco en directo es la expresión definitiva del autobombo. Ya sea que se muestren histéricos llantos adolescentes o reflexivos aplausos adultos, la intención no cambia mucho. Pero, ¿qué sucede cuando el escenario no es el blanco de la adoración, sino de la agresividad del público? Y, ¿qué acto psicomágico masoquista está detrás de la idea de publicar todo aquello? Para una mejor respuesta, acá van las historias de Iggy and the Stooges, Big Star y Suicide.

Silencio o algo como eso. Por unas décimas de segundo, mientras termina una vocalización que es repetida inmediatamente por unas atentas 74 mil personas. Y que luego prosigue hasta que el cantante decide que es suficiente y pasa a la siguiente canción. El lugar era el estadio de Wembley, la fecha el 13 de Julio de 1985 y el señor con el público en el bolsillo se llamaba Freddie Mercury.

Con sólo 24 minutos dentro del ajustado cronograma del evento Live Aid, Queen daban un concierto histórico que si aún no lo han visto, difícilmente podrán evitarlo en los meses que vienen con el inminente estreno del biopic Bohemian Rapsody. Para el que no colme sus expectativas con ello, bien se puede acercar al registro casi contemporáneo de Live Magic, y, por qué no, también a Live at Wembley ‘86, Live Killers, Queen on fire – Live at the Bowl, Live at the Rainbow ‘74 y si seguimos se nos acaba el espacio del artículo.

El que ose a decir que los ingleses han exprimido excesivamente su catálogo en vivo, se ha olvidado de revisar las abultadas discografías en directo de casi cualquier nombre importante del rock de las últimas 4 décadas (de Deep Purple a Pearl Jam, pasando por Iron Maiden o The Rolling Stones), quienes mantienen la tónica inaugurada en los 70s de despachar cada cierto tiempo un registro en vivo (ojalá doble, cuando no triple) para ganar tiempo entre sus álbumes de estudio.

Como buen producto comercial, los discos en vivo han seguido las pautas de la época. Por ello es que la gente compraba tan campante discos con solos de batería perfectos para ir a hacer el almuerzo y volver, en los 70s; con públicos inexistentes una década antes (como la audiencia grabada sobre las versiones en estudio de “Got live if you want it!” de los mencionados Stones o en el “registro” de Sandro en el Madison Square Garden) o con toda la seriedad y las velas que podían soportar un escenario en los exitosísimos unpluggeds de los años 90.

Pero siempre será un misterio bajo qué criterio se publican registros de comuniones infelices entre público y artista. Hablamos de personas enfrentadas, botellas en el escenario y recintos casi vacíos (o sea, como una oda al multitasking, ya que los pocos espectadores presentes se enfrentan y lanzan botellas al mismo tiempo). Situaciones donde en lugar de una vocalización seguida por una multitud, lo único que sale de la boca del músico antes de desfallecer es un heroico “Gracias, gracias. No se molesten”.

Ódiame sin medida ni clemencia

Las comparaciones siempre sirven para explicar mejor. Sid sings (Virgin, 1979) de Sid Vicious es un mal disco en vivo. También lo es Extremely Live (SBK, 1991) de Vanilla Ice. Y al que se ponga la camiseta de la subjetividad, mejor presione el play a esos álbumes y entréguese a las bondades de la objetividad. Malos intérpretes, escaso talento y un pésimo registro se unen en un acto de amor que, incluso en el caso del bueno de Ice, incluyó millonarias ventas. Por el contrario, hay discos en los que la batalla campal entre la audiencia y el grupo sólo acrecienta el poder de la música. Con ustedes, Metallic K.O. de Iggy and The Stooges (Skydog, 1976).

Paul Trynka en Open up and bleed (Sphere, 2007), la biografía de Iggy Pop, relata con detalle la actuación en el Michigan Palace de Detroit del 9 de Febrero de 1974. En esta última presentación de la banda antes de su regreso en 2003, Iggy renunciaba a la música con la bandera en alto, aunque ensangrentada por una audiencia hostil que les lanzaba botellas, huevos, monedas y cigarrillos. A la vez que esquivaban los proyectiles, el resto de la banda, según el autor, sólo lograban tener admiración del temerario cantante que seguía provocando al público. “El tipo estaba dirigido. Dirigido a todo, excepto al éxito”, era lo que pensaba el saxofonista y pianista Scott Thurston en el escenario.

No creía lo mismo David Bowie cuando un par de años antes había contactado a Pop para transformarlo en la estrella del rock que merecía ser, a su juicio. Rearmando unos Stooges ya disueltos e incorporando a James Williamson en la guitarra, Raw Power (Columbia, 1973) fue todo, menos el éxito esperado. Junto a ello, la extraña estrategia del mánager Tony DeFries los dejaría sin tocar en vivo y viviendo casi en la indigencia, pero en una enorme casa alquilada.

Dispuestos a seguir, la banda retomó las actuaciones en directo ante públicos que cuando no eran pasivos, se presentaban derechamente hostiles. Perfecto para un Iggy Pop que nadaba estilo libre en las aguas de la autodestrucción y que, antes del concierto de Detroit, decidió además mandar un mensaje amenazador por la radio a una pandilla de motociclistas de la ciudad. Se dice que ni siquiera fueron ellos, específicamente, los que lanzaron cosas en la actuación del 9 de Febrero.

Si escuchar el registro de Metallic K.O. produce una sensación de desaliento por lo dispar de la pelea entre público y artistas, la actuación de Suicide en Bélgica el 16 de Junio de 1978, ya es pesar absoluto. O el definitivo testamento de la resiliencia, según cómo se quiera ver. Acá no hablamos de un quinteto de veinteañeros armados de instrumentos amplificados y ruidosos, sino que de un dúo cercano a los 40, premunidos de una precaria caja de ritmos y un teclado. Y de toda la fe y la mala leche del mundo, al mismo tiempo.

Con Suicide (Red Star, 1977), su disco debut homónimo, el dúo neoyorquino de electrónica minimalista había conseguido algunas buenas críticas en medios y poco más. La mezcla innovadora entre el pulso maquinal (precario, por decirlo amablemente), una vocalización a la manera de Elvis y unas letras al límite de la censura, no cabían dentro de ninguna escena reconocida en ese momento. Aun así, la banda había logrado sobrevivir en el circuito neoyorquino de clubes como el CBGB donde bien podían convivir con propuestas dispares como Patti Smith, Talking Heads o The Ramones. Pero una cosa diferente era fuera de casa.

Actuando como teloneros de Elvis Costello and the Attractions en el mítico Ancienne Belgique en Bruselas, el dúo se enfrentó desde el principio con el abucheo del público y los gritos de “Elvis, Elvis” que interrumpían la música. Experimentados en el arte de molestar, el tecladista Martin Rev y, sobre todo, el vocalista Alan Vega dedicaron la veintena de minutos de la actuación a enfurecer aún más a la audiencia. El resultado final con un micrófono que es robado por la audiencia, un Rev que, a capella, insulta al público por interrumpir “Frankie´s teardrop” y una nariz quebrada, se podía oír en el disco promocional 23 minutes over Brussels, que la banda difundió a mayor gloria de su desgracia.

El rencor hiere menos que el olvido

A menos que te llames The Residents, la denominación de “grupo de culto”, siempre sabe como consuelo amargo a quienes, efectivamente, buscaban la fama. Dentro de esa categoría, como la foto del diccionario, está el cuarteto de Memphis, Big Star. Lo de ellos era tan claramente comercial (power pop, tocado y arreglado con esmero), que su fracaso sólo puede caer en la categoría de mala suerte. Quizás que hayan titulado a su disco debut #1 record (Ardent,1972) es del tipo de jugarretas que el destino no te perdona.

Para 1973 la banda, transformada en un trío luego de la salida de uno de sus compositores, Chris Bell, seguía tocando para audiencias cada vez más reducidas. Lejos del hard rock de estadios o el rock progresivo que dominaban las listas de ventas, Big Star apostaban sus fichas a la canción, la armonía y otras excentricidades que tendrían cabida recién años después con seguidores reconocidos como R.E.M., Wilco o Elliott Smith.

Por mientras, Alex Chilton, Jody Stephens y Andy Hummel sólo lograban interés desde la prensa musical, como en su actuación de Mayo de ese año en la primera convención de escritores de Rock en Memphis, donde fueron aclamados. Pero, como ya se sabe, una cosa es lo que le gusta a la crítica y otra (generalmente opuesta) es la que tiene éxito masivo. Y para eso qué mejor que escuchar los escasos aplausos de una típica actuación de la banda en 1973, cuatro meses antes, editada con posterioridad en el box set Keep an Eye in the Sky (Rhino, 2009).

Llámenle sadismo o reivindicación, todas las referencias dichas tienen reediciones de lujo en el mercado en estos momentos. La de Metallic K.O es doble, incorporando el concierto entero y material anterior; Suicide incluyó su pasada por Bruselas en la revisión de su disco debut, y el concierto de Big Star tuvo una publicación separada del box set el año pasado. Viéndolo así, algo de visionario tenía Iggy Pop cuando decía: “Gracias a la persona que me lanzó la botella en la cabeza. Casi me mata, pero fallaste de nuevo, así que tendrás que tratar la semana siguiente”.

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