Culto
La historia de Freddie Mercury regresa como fenómeno de masas

La historia de Freddie Mercury regresa como fenómeno de masas

Bohemian rhapsody, la película que da forma a la biografía de Queen, se estrena el jueves y está llamada a ser un fenómeno de masas, uno que celebra las claves del emocionante repertorio de un grupo de desadaptados en 134 minutos de metraje.

Al final de la historia él muere y ellos se quedan solos, aunque en realidad se habían quedado solos varios años antes de la muerte de él, de Freddie Mercury, cuando el compositor nacido en Zanzíbar cambió Londres por Múnich, lejos de la banda con quienes grabó “Bohemian rhapsody”, para hacer Mr. bad guy, su primer disco solista.

Pongamos que él se llama o se llamaba Farrokh Bulsara y que ellos se llaman, se llamaban y se siguen llamando Queen. Farrokh Bulsara y Queen. Al final Farrokh Bulsara muere y Queen no muere. El resto es música.


Hambre, bohemia, recompensa

De la mano de una primitiva melena larga y los más intimidantes y prominentes incisivos de la historia del rock, Bohemian Rhapsody: la historia de Freddie Mercury muestra el hambre del cantante de Queen en su etapa de formación.

Primero desde un estereotípico hogar de migrantes parsis, a quienes enfrenta, reniega y finalmente redime; hasta saltar a la vida universitaria, donde rastreamos la escena de la que provienen el guitarrista y astrofísico Brian May, el baterista y dentista Roger Taylor y el cantante, trabajador de aeropuerto y diseñador gráfico Farrokh Bulsara.

Lo que vemos en la criticada y esperada biopic de Queen son los primeros apuntes de Freddie Mercury, el músico que enseñó al mundo la distancia entre cantar e interpretar, al frente de una banda que pretende dejar de ser el hobby de un grupo de universitarios para cifrar en la música la ocupación central de sus vidas.

Todo ocurre al ritmo convulso de las biopic escritas para todo espectador, deslizándose a través de una serie de hechos en lugar de hundirse en ellos, con especial interés en la etapa dorada del conjunto.

Bohemian rhapsody bebe de la segunda mitad de los años 70, cuando Queen comienza a publicar a un trepidante ritmo anual sus más grandes trabajos, acaso un puñado de discos que promedian las doce canciones y que incluyen uno o dos temas que alcanzaron la inmortalidad.

Álbumes de la estatura de Sheer heart attack (“Killer Queen” y “Now I’m here”), el influyente y sentido A night at the Opera (“Bohemian rhapsody”, “Love of my life” y “You’re my best friend”) y el discreto A day at the races (“Somebody to love”), para avanzar sobre el calculado News of the world (“We will rock you” y “We are the champions”), el innovador Jazz (“Bicycle race” y “Don’t stop me now”) y el austero The game (“Another one bites the dust” y “Crazy little thing called love”), todos trabajos que marcaron el pináculo creativo de Queen.

Sobre la larga sombra de ese espacio artístico, el portentoso Rami Malek (Mr. Robot, The Master) recrea al detalle la apariencia más genial de Mercury, repasando sin profundidad documental y en clave y velocidad de blockbuster los detalles conocidos y complejos de sus canciones y la cocina que hay detrás.

Brevemente vemos parte de su inspiración, el piano en la cabecera de la cama del cantante, su gusto por cierta estética o las excéntricas técnicas de grabación de Queen y la gente y el aura que rodeó al grupo.

Están ahí los bigotes, trajes estrafalarios y gatos del cantante, el micrófono-bastón, las botellas vacías y los restos de cocaína, la actitud pendenciera y su revés emotivo, los pianos de cola con candelabros, las melenas rockeras y el imaginario de cada videoclip importante de Queen, despuntando a la altura de la icónica actuación de Live Aid, en 1985, donde aparecen las costuras más molestas de la película. Aunque, claro, sean las canciones la recompensa para el fanático de la música en vivo y las obras cumbres de los ingleses.


Somos campeones

Un ejercicio de memoria. Queen arrancó en Live Aid —el icónico concierto que el Primer mundo organizó en 1985 para enfrentar la hambruna en África— con una versión recortada de “Bohemian rhapsody” que enlazaron con dos de sus éxitos más recientes, “Radio ga ga” y la rockera “Hammer to fall”. Entonces Mercury se colgó una guitarra y despachó “Crazy little thing called love”, ante millones de televidentes (1500 según The New York Times y 1900 según CNN), para rematar con dos himnos de estadio: “We will rock you” y “We are the champions”.

Efectivamente, mientras caía la noche en Londres y la gente esperaba ansiosa la reunión de los Who o la presencia siempre luminosa de Paul McCartney, Queen habían sido los campeones de la jornada.

Con unos jeans descoloridos subidos casi hasta el ombligo y una camiseta apretada de tirantes blanca, que estilizaba su todavía fibrosa presencia, esa que el sida consumiría años después y que Live Aid volvería inmortal, Freddie Mercury sería el símbolo de un evento de resonancia planetaria.


Zonza, superficial, extravagante

La película abre con la característica fanfarria de 20th Century Fox tocada en clave Queen, o sea desde la Red Special de Brian May. Un detalle zonzo al servicio de un arte universal. Así es, en síntesis, esta película llamada a ser un fenómeno de masas, que bien habría quedado en un traje más holgado, como por ejemplo en formato de serie.

Si en A night at the Opera los de Freddie Mercury querían ser los Cecil B. DeMille del rock: es decir extravagantes, pretenciosos y espectaculares, tal y como lo consiguieron en “Bohemian rhapsody”; en la cinta de Bryan Singer aparecen dos canciones ajenas a Queen que bien podrían demarcar los límites de su ambición: “Sunshine of your love”, de Cream, el súpergrupo de Jack Bruce, el baterista Ginger Baker y Eric Clapton, y “U can’t touch this”, un tema aborrecible de MC Hammer empleado hasta el hartazgo en el cine de superhéroes.

Queen, esto lo sabemos por investigaciones como Freddie Mercury: la biografía definitiva, de Leslie-Ann Jones, y el material adicional de conciertos como Queen at Wembley o Queen on fire: live at The Bowl, fue una banda formada de extravagancia, talento y emotividad lacrimosa, un hábitat en que siempre convivieron en armonía precaria la legendaria voz del fallecido cantante y el sonido de una guitarra que operó como contrapeso.

Sobre ese legado, tal vez Bohemian rhapsody sí profundiza en dos asuntos proverbiales del universo Queen, siempre cuidando los códigos de las películas hechas para el gran público y la estatura del legado de su cantante: primero en la exploración de la intensa sexualidad de Mercury y luego en una particular historia de amor, la compleja y firme lealtad del músico hacia Mary Austin (Lucy Boynton), el llamado amor de su vida.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars