Culto
La Muestra de Dramaturgia cumple 18

La Muestra de Dramaturgia cumple 18

Con el estreno de Yo soy el cartón que hace que la mesa no cojee, de Alejandro Moreno, la Muestra de Dramaturgia llega a su versión número 18 y retoma su espíritu original de ser una vitrina privilegiada para autores de excelencia de diferentes generaciones y sus reivindicaciones, señales de alerta y discursos críticos. Más combativa que en otras ediciones, la ceremonia de inauguración del miércoles estuvo marcada por protestas y pancartas contra los recortes presupuestarios en cultura y la designación de Andrés Rodríguez como presidente del directorio del GAM.

Radicado en Nueva York, Moreno recupera este texto de 1998, cuando estudiaba en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, y lo reescribe e incorpora signos de época actuales. A pesar de la reelaboración, algunos trozos suenan un tanto anacrónicos viente años después. Primero, ya no se ven jóvenes trabajando como taxistas -hoy abundan los choferes precarizados de Uber-, con la tarjeta Bip la frase “me colabora para el pasaje” parece quedar obsoleta y gracias a aplicaciones con geolocalización como Tinder o Grindr las nuevas generaciones no necesitan recorrer la ciudad de noche para citas y encuentros sexuales casuales.

Félix, el protagonista, envejece rodeado de dobles o avatares de diferentes edades: niño, joven, maduro y anciano. Muchos autores escriben siempre la misma obra. Es difícil saber si esto es una virtud o una falencia, pero la presencia de dobles es sin duda una marca de autor de Moreno.

Alejandro Sieveking, magnífico baluarte del teatro chileno, descolla con su pura presencia y junto al magistral Marcelo Alonso le otorgan trazos de humor y ternura a esta áspera, oscura y asfixiante reflexión sobre el paso del tiempo. Sus personajes parecen estar siempre frente a un espejo roto jugando a reconocerse en otros que son sus iguales y su memoria se dispara hacia diferentes etapas de la vida donde interactúan con estos avatares que los manipulan como titiriteros. Los personajes reconstruyen sus relaciones familiares fracturadas, conflictos generacionales representados en esa mesa que cojea, se emborrachan con pisco, incluso se besan y permanecen siempre enclaustrados en lugares de confinamiento como el útero materno, una incubadora, su cama infantil, un pupitre escolar, la mesa de comedor familiar, el baño o un taxi. Como el pasado no se supera y no se trasciende, hay alivio en el encierro, un alivio que los condena a recordar.

Héctor Morales desentona del conjunto, intenta unirse a la superlativa jerarquía artística del tándem Sieveking-Alonso, pero no lo logra ni siquiera en las escenas donde su voz aparece grabada y en las que otro actor ventrílocuo habla por él. El padre interpretado por Guilherme Sepúlveda es olvidable, una figura opaca, débil y desechable en comparación con la presencia de la madre, luminosa y chispeante, en especial cuando su doble imita a la cantante Myriam Hernández.

La dirección de Cristián Plana actualiza las duplicidades simbólicas de Moreno y los dilemas de pertenencia, precariedad y abandono de los personajes. Esta adaptación visibiliza las identidades diversas y cuerpos heterogéneos de la estética trans, representados en un par de zapatos rojos y la presencia de dildos o juguetes sexuales fálicos, usados incluso como pistolas. La madre también llama a Félix hijo e hija, sin distinción de género. Destaca el uso en la escena final de uno de los fetiches del director: el personaje de Sieveking convertido en mendigo es cubierto por nieve artificial al igual que en su obra anterior Castigo.

En Matucana 100, hasta este domingo 28 de octubre. Viernes y sábado 20.30 horas. Domingo 19.30 horas. Entrada liberada: retiro de entradas dos horas antes en la boletería de Matucana 100.

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