Culto
El río: un clásico de la miseria del siglo XX chileno

El río: un clásico de la miseria del siglo XX chileno

Publicada en 1962, la novela es una autobiografía de Alfredo Gómez Morel, quien relata su vida de delincuente, comenzando en el Mapocho y terminando como un hampón internacional. Un crudo retrato del bajo fondo capitalino del siglo pasado.

Espacio habitual de marginalidad y vertedero de facto. También de expresiones de arte urbano y, en el pasado reciente, testigo trágico de las primeras muertes de la dictadura. En los últimos años, también de esfuerzo de ornato -“Mapocho Pedaleable”- y de utopías a gran escala -“Mapocho Navegable”. El Mapocho constituye la identidad geográfica de la capital pero, a diferencia de las grandes urbes, suele estar asociada a lo que Santiago no quiere ver, a lo que Santiago quisiera ocultar.

Esto bien lo entendió el escritor Alfredo Gómez Morel, quien hace casi 60 años noveló el inframundo que alberga el cauce capitalino. Su título no admite dobles lecturas: El río. Su gracia principal es que el autor, lejos de someterse a un ejercicio ficcional o de ser puente testimonial de terceros, fue uno de sus habitantes trascendentales. En la primera mitad del siglo XX, Gómez hizo una fascinante carrera delictual que tuvo su origen precisamente en el Mapocho, en El río.

La tragedia biográfica de Gómez Morel fue ideal para ser contada. Hijo ilegítimo de Agustín Gómez y de la prostituta Ana Morel, a los tres meses de vida Alfredo ya había sido abandonado en un conventillo de San Felipe, desde donde fue recogido por la viuda Catalina Oliva “viuda de Osorio” quien, luego de brindarle refugio y manutención, lo entrega a un orfanato de monjas carmelitas. De allí, el muchacho se fuga, vuelve al hogar de la viuda protectora pero, cuando tenía once años, aparece en su vida su madre, quien lo lleva a Santiago.

Entonces, a bordo de un tren nocturno, llega a la Estación Central. Ya en Santiago, es la primera vez que el pequeño ve el Río Mapocho. Llevaría una vida marcada por los abusos de su madre -y los constantes padres que la acompañan- y un largo devenir por instituciones educacionales que lo expulsan por su mal comportamiento y una irrefrenable cleptomanía.

A su corta vida, Gómez Morel ya mostraba los primeros signos de una mentalidad disfuncional. Muestra de ello son sus constantes escapadas al Río Mapocho para compartir con los pelusas e intentar ingresar a su hermético y violento mundo. De a poco lo va logrando. Comienza a afinar las artes de delito. Internacionaliza su oficio y recorre Centroamérica como mercenario, matón y traficante. Un detalle de su vida llena de fábulas; Gómez Morel aseguró en vida que fue guardaespalda del general Juan Domingo Perón.

El texto, por cierto autobiográfico -relato en primera y tercera persona- se entronca en lo que la academia cataloga “novela de formación”, esto es, el personaje relata su tránsito hacia la vida adulta con una meta de progreso y adaptabilidad social. No obstante que El río recoge elementos de esta corriente, el libro contiene una de sus innovaciones: el personaje no va a ningún lado. Como en su propia vida, Gómez Morel nunca logra adaptarse del todo. Incluso, la vida “de choro” es algo que lo convoca desde sus entrañas.

“Mis dudas, la poca solidez de mis propósitos, mi amor a la vida fácil, la pereza en que viví por más de treinta años, mi inclinación a la bebida, la desesperante fiebre erótica que me corroe, el desprecio que por mucho tiempo sentí hacia todos los valores, mi afán de huirle a la verdad- o de aprovecharla con fines ocultos-y el violento líder que llevo en el alma desde que fuera aceptado definitivamente por el grupo delictual, son mi batalla de cada día…”, escribió en 1962, en carta a la directora del Centro de Investigaciones Criminológicas de la U. de Chile, Loreley Friedman, intentando explicar el motivo que lo llevó a escribir.

“Pretendí mostrar la historia de un río; ¿hasta dónde coincide con la historia de cualquier río del mundo? Pretendí mostrar un mometo de mi condición humana: ¿hasta dónde coincide con la conducta de todos lo hombres?”, agregó en la misiva.


La leyenda, la soledad, la indigencia

La publicación de esta novela concitó el interés de los círculos literarios y la crítica especializada. La crudeza de su lenguaje, que sin remilgos cuenta un pasaje incestuoso con su madre, los abusos de poder en el orfanato católico y en el propio mundo del hampa, la utilización del coa -el argot del mundo delincuencial- y la explícita diferenciación geográfica entre “El río” -espacio de libertad y choreza- y “La ciudad” -el mundo de la normas, la coerción y “los giles”- hicieron que el libro fuera una novedad editorial que, con todo, ya sumaba una subterránea corriente con la obra de escritores “de bajos fondos” como lo fue Luis Rivano (Esto no es el Paraíso), Armando Méndez Carrasco (Chicago Chico) y Luis Cornejo (Barrio Bravo), entre otros.

Sin embargo, los antecedentes biográficos hicieron de Gómez Morel una leyenda. El hecho de haber escrito la novela mientras estuvo recluido en la cárcel de Valparaíso, con la ayuda de un joven siquiatra llamado Claudio Naranjo, y que en 1974 fuera publicado en Francia por la prestigiosa editorial Gallimard -con prólogo de Pablo Neruda, quién calificó el libro como un “clásico de la miseria”-, hizo del escritor una figura atípica en el mundo literario de los años sesenta. Publicaría otros dos libros de corte biográfico que no tuvieron el alcance ni el reconocimiento de su obra prima: La ciudad y El mundo.

Sus últimos años, en tanto, sólo reforzaron su aura mitológica. A fines de los setenta, imploró por una pensión de gracia al régimen de Augusto Pinochet que le fue denegada.

En los años noventa, El río tuvo un revival luego que el escritor Alberto Fuget, se inspirara en esta novela -y otros “clásicos de la miseria”- para luego sumergirse en el mundo popular con su novela Tinta roja. El río, además, tuvo otras reediciones como la que en el 2012 hizo Tajamar Editores. Incluso, se encuentra una versión “artesanal” realizada por la editorial Isi Cartonera.

Alfredo Gómez Morel murió en la soledad y la indigencia en 1984, en una pensión de La Pintana. Su cuerpo permaneció nueve días en la morgue sin ser reclamado.

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