Culto
César Aira: “Todo lo que hago podría definirse como literatura de género con fallas calculadas”

César Aira: “Todo lo que hago podría definirse como literatura de género con fallas calculadas”

Un terrorífico edificio inacabado, una mujer encerrada en una mansión, el hastío y la droga, son algunos de los ingredientes de la última novela de Aira, Prins.

El relato gótico es difícilmente “gótico” (relacionado con los godos), salvo en su inspiración. La primera obra que pudiera llamarse tal era una narración medieval falsificada y levemente siniestra publicada mucho después de la Edad Media: El castillo de Otranto, de Horace Walpole, en cuya segunda edición, de 1765, su prefacio abogaba por una combinación “de lo antiguo y lo moderno”, es decir, toda la imaginación e improbabilidad con aquello gobernado por las reglas de lo posible y la vida común.

En ese sentido, quizá, toda la obra de César Aira (69) tiene esa mezcla de fantasía desbocada que se entrelaza con explicaciones perfectamente razonables de lo descabellado en situaciones en apariencia cotidianas. Los desvaríos de la trama, por su parte, se tamizan a través de un estilo calmado y transparente.

Pero lo “gótico” en la última novela de Aira, Prins, tiene una justificación distinta. En ella, un famoso autor dedicado a escribir -en realidad, cuenta con un séquito de escritores “fantasmas” o “negros” que lo hacen por él- novelas góticas, consciente de la trivialidad de su obra (la combinación de los mismos elementos: manuscritos, castillos innacesibles, la doncella secuestrada en las mazmorras, etc.), decide dejar su labor para convertirse en un opiómano. El opio resulta ser un bloque blanco del tamaño de una lavadora, entregado en su casa por alguien decidido a instalarse allí. Otras cosas ocurren: los antiguos “negros”, ahora cesantes, se convierten en una banda criminal; una amante que se confunde con un amor de juventud, será encerrada…


El protagonista es un escritor frustrado por las exigencias del mercado editorial, harto de escribir. ¿No es su caso, no?

-No, de ningún modo. Al mercado editorial lo vi siempre de lejos, como algo que le pasaba a mis libros cuando yo ya me había olvidado de ellos. Así que si quiero estar harto de algo, tendría que ser más bien de mí mismo. Y aun así seguiría escribiendo, porque no se me ocurre otra terapia.

En realidad, él no escribe, pues tiene “negros”. ¿Lo ha sido?

-Lo hice, en ocasiones al modo tradicional clandestino, con más frecuencia bajo el eufemismo de “corrección de estilo”. Más allá de mi experiencia personal, la actividad del escritor fantasma enciende mi imaginación porque tiene una cualidad única en el mundo del discurso: la impunidad. Escribir, y que se publique con la firma de otro, qué espléndida libertad. Uno puede permitírselo todo, desde el plagio a la calumnia, pasando por la blasfemia y la estupidez.

Aunque vive de la novela gótica, la detesta. ¿Qué relación tiene usted con la literatura de género?

-No la consumo como lector porque después de 30 años de traducir novela comercial (otro nombre para el “género”) terminé sabiendo cómo se hace, así que he perdido la inocencia necesaria para disfrutarla. Pero es bueno tenerla presente para sabotearla mejor. Quizás todo lo que hago yo podría definirse así, como literatura de género con fallas calculadas.

Él opta por dedicarse al opio, pero el descrito es un poco distinto al real…

-Nunca me documento para mis novelas. Prefiero inventarlo todo. Documentándome, estaría repitiendo lo que otros ya han dicho. No, no sé nada específico sobre el opio, más allá de mis lecturas de De Quincey. La primera idea en esta novela fue que el protagonista, un escritor que deja de escribir por cansancio y porque ya lo escribió todo, se da al “ocio”. Me pareció que eso daba pocas posibilidades novelescas, así que le cambié una consonante, y apareció el “opio”, que tiene más tradición de misterio y aventura.

¿Qué piensa de los paraísos artificiales?

-Nunca recurrí a los alucinógenos. Los considero redundantes, porque, lo mismo que los sueños, no dan más que lo que uno ya tiene, en todo caso combinado de otro modo. Como yo tengo a la literatura para administrar mis visiones interiores, no los necesité. En cuanto a las otras drogas, antidepresivas o estimulantes, no descarto que pueda llegar a usarlas en el futuro, y me parece una crueldad que se las prohíba indiscriminadamente. Hay mucha gente que tiene dificultades para vivir, y los libros de autoayuda no siempre son tan eficaces.

Parte del libro se ambienta en la Facultad de Ingeniería de la U. de Buenos Aires, edificio bastante gótico…

-En efecto, es el único edificio gótico de Buenos Aires. Como no había nada en ese estilo en el país, y las autoridades de la universidad se habían encaprichado en tener una Facultad “gótica”, el arquitecto, Arturo Prins, viajó a Europa y pasó un año estudiando catedrales. De ahí resultó este extraño monumento, que además quedó a medio hacer, como una pre-ruina, y ha dado origen a muchas leyendas. Yo no lo podía ignorar, en una novela que se pretende gótica.

¿Comparte algunas opiniones con el narrador? Él afirma que es curioso que las frases que se dicen sólo porque suenan bien, terminen significando algo.

-Sí, la comparto. Parece frívolo, pero los escritores terminamos convencidos de que la elegancia de una frase bien torneada es garantía de un sentido pasablemente inteligente. Los juegos de la sintaxis son también los juegos de la inteligencia.

Hay otras en que disentirá: en un momento se le hace patente la superioridad de la representación plástica sobre la literaria.

-Disiento, pero sólo por lealtad con el oficio de escribir, con el que me gano la vida. Como no tengo la sensibilidad que tienen los poetas para la lengua, y todo lo que se me ocurre cuando escribo se me ocurre en modo de imagen visual, debo hacer trabajosamente la traducción de esas imágenes a palabras, nunca me sale exactamente como debería, me frustro, me desaliento, y sobreviene la nostalgia del dibujo, con el que todo sería más fácil y gratificante.

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