Culto
Cambian las guitarras pero el circo sigue: 50 años del circo de los Rolling Stones

Cambian las guitarras pero el circo sigue: 50 años del circo de los Rolling Stones

Grabado en diciembre de 1968, el show televisivo contó con la participación de Jethro Tull, John Lennon, Yoko Ono, The Who, Eric Clapton, Taj Mahal y los mismos Rolling Stones, entre otros artistas.

Sucedió durante la grabación de Their Majesties Satanic Request, el disco psicodélico de los Rolling Stones. Entonces a Mick Jagger se le ocurrió la idea: organizar el circo del rock and roll, un show levemente grotesco y también hecho para la televisión, similar a lo que sus rivales, los Beatles, habían hecho con el especial que acompañó el disco The Magical Mystery Tour.

Claro: era Londres, fines de los sesenta. Es decir, sucedían los Swinging Sixties o el Swinging London, aquella escena cultural florecida en la capital londinense.

Bandas como los Beatles, Rolling Stones, The Kinks, The Who y Pink Floyd, entre otras, daban rienda suelta a su creatividad musical; por las calles se veían faldas y camisas floreadas; el LSD y otras drogas pasaban de boca en boca y de lengua en lengua; en los cines se proyectaban películas de Michelangelo Antonioni, James Bond, François Truffaut y Jean-Luc Godard; y en las calles se respiraba una mezcla de marihuana y libertad.

En ese contexto la banda de Mick Jagger y compañía decidieron hacer su versión de los Swingin Sixties. El plan era alejarse del típico concierto de rock y montar un especial televisivo que combinara números circenses con un show de los Stones y otros artistas invitados.

Y dicho y hecho: el 11 de diciembre de 1968, en el teatro Roundhouse de Londres, el quinteto que aún integraba Brian Jones, se juntó con The Who, Taj Mahal, Marianne Faithfull, John Lennon, Yoko Ono, Eric Clapton, Mitch Mitchell (baterista de Jimi Hendrix) y los desconocidos Jethro Tull.

El circo de los Rolling Stones fue un happening bajo una carpa que se extendió por 36 horas y tuvo, además de música, enanos, payasos, tragafuegos, trapecistas, animales y fans, con túnicas de colores muy parecidas a las de Harry Potter, en las gradas.

El primer acto fue Jethro Tull, banda que por esos días estrenaba guitarrista: un tal Tony Iommi. Tocaron la energética “A song for Jeffrey”, pero solo la voz y la flauta de Ian Anderson —el vocalista que vestía como vagabundo— estaban en vivo; el resto fue un playback. Luego de esta presentación Iommi regresó a Birmingham, donde se reunió con su banda, llamada The Earth y eventualmente convertida en Black Sabbath.

El segundo acto —y puede que el mejor de toda la noche— fue The Who.

Entonces la banda de Pete Townshend pasaba por uno de sus mejores momentos. Mantenían la rebeldía de sus primeros discos, el espíritu de “prefiero morir antes de volverme viejo”, y todavía no entraban de lleno a las óperas de rock y teclados con sintetizadores. Tocaron “A quick one, while he’s away”, energética rapsodia de 1966 —escrita por Pete Townshed— y grabada en el disco A quick one. Es una de las mejores postales de The Who en vivo. Tanto así que varios años más tarde Wes Anderson rescataría esta canción para su película Rushmore (de hecho, este usaría la versión del Rock and Roll Circus, específicamente la frase “You are forgiven”).

Si bien el circo de los Rolling Stones terminó por ser un proyecto fallido, o abortado, hoy se puede apreciar como un show sobre el estado transitivo del rock y la cultura general de entonces. Sobre el fin de una época y el lento comienzo de otra: los años setenta.

Así, esta no solo sería la última vez en que Brian Jones tocó con la banda (aunque apenas se escucha su guitarra); también sería un show clave por dos de sus invitados: Yoko Ono y John Lennon. Y vale recordar: era fines de 1968 y los Beatles se acercaban a su fin. En menos de un año saldría un disco más, Let it be, y cada fab four se iría por su lado.

Antes de eso, Lennon ya daba pistas sobre lo que sería su carrera solista. En el circo de los Rolling Stones parece animado, de la mano de su musa y compañera: Yoko Ono. Con los The Dirty Mac, súper-grupo conformado por el mismo Lennon, Eric Clapton, Keith Richards y Mitch Mitchell, toca un blues. Y el Beatle parece feliz y menos combativo y aproblemado que durante sus últimos años. Incluso en un momento conversa con Mick Jagger frente a la cámara. “¿Te acuerdas de ese viejo lugar cerca de Broadway?”, le pregunta Jagger a Lennon. “Oh, sí, buenos tiempos”, responde el Beatle. Sí: los dos poster boys de los Swinging Sixties recordando un pasado que ni siquiera ha pasado hace tanto: otra señal que marca el fin de los sesenta y la llegada de los setenta.

El acto final fueron los Rolling Stones: salieron a eso de las dos de la mañana, ya cansados, y fue, entre otras cosas, la última aparición del distante y taciturno Brian Jones (por ahí se le puede ver un poco sonriente y tocando las maracas en “Sympathy for the Devil”).

Sin la energía de The Who, el repertorio de los Stones fue preciso: seis canciones, entre esas “Jumping Jack Flash”, “You Can’t Always Get What You Want” y una versión de casi nueve minutos de “Sympathy for the Devil” en que Jagger, a ratos, le canta directamente a la cámara, sí, como el empresario del rock and roll que es, aquel que busca convencernos de que negociar con el mismísimo diablo es una buena idea.

Dicen que a Mick Jagger no le gustó el resultado final del circo. Al parecer porque los Stones no superaron la corta pero intensa presentación de The Who; y porque organizar un circo con bandas de rock, después de todo, no era demasiado práctico. Así, las grabaciones de este show quedarían guardadas hasta los años noventa, cuando finalmente se editó en VHS.

Puede que el Rolling Stones Rock and Roll Circus sea el comienzo del final de la onda hippie y los Swinging Sixties. Un documento sobre el paso de las camisas floreadas, vestidos largos y los patipelados a los hooligans, mods y esa estética sacada de la Naranja mecánica que predijo el punk.

Un año más tarde del abortado circo, los Rolling Stones organizarían otro espectáculo: el Altamont Speedway Free Festival. Lo pensaron como el Woodstock de la costa oeste de Estados Unidos. Sería un show inolvidable por las peores razones: la muerte de un fanático a manos de un guardia de seguridad, un motoquero parte de la pandilla “los Ángeles del infierno”.

Junto con los asesinatos de Charles Manson y su secta, Altamont se considera el punto final del hipismo. Algo así como el Woodstock de los Rolling Stones que terminó convertido en un anti-Woodstock.

“Los conciertos de fines de los sesenta eran peculiares, y los nuestros fueron especialmente desastrosos”, dice Keith Richards en la edición DVD del Rolling Stones Rock and Roll Circus. “O sea, las otras bandas recuerdan Woodstock. Y nosotros, Altamont”.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo