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Carlo Ginzburg: “Vivimos en un mundo cada vez más peligroso”

Carlo Ginzburg: “Vivimos en un mundo cada vez más peligroso”

El académico y pionero de la microhistoria, hijo de la novelista Natalia Ginzburg, dará tres charlas en Santiago la próxima semana, invitado por la U. Católica. Poco antes de viajar, conversó con Culto sobre noticias falsas, historiografía, posmodernidad y otros temas.

El interés de lectores y estudiosos locales en la historia cultural redunda, cada tanto, en la visita de algún nombre destacado en estas lides. Por Santiago, Valparaíso y otras ciudades ya ha pasado en la última década gente como Peter Burke, Roger Chartier y Robert Darnton. Los dos últimos son considerados autoridades mundiales en la historia del libro y de la lectura. Colega de ambos, Carlo Ginzburg (Turín, 1939) no ha querido ser menos.

Pionero de la microhistoria y autor de un superventas de su disciplina (El queso y los gusanos, 1976), este académico e investigador italiano, profesor emérito de la UCLA, ha encarnado la pasión por la reducción de escala, por la densidad antropológica, por los rastros, las huellas y los indicios. Y dice hoy a Culto que “desde hace mucho tiempo me interesa la historia de la lectura”.

Acá se explica: “En El queso y los gusanos analicé el modo en que Menocchio, un molinero friuliano del siglo XVI, leía los libros que pedía prestados a otros aldeanos o que él mismo compraba. Últimamente, me he usado a mí mismo como un caso de estudio: trato de entender, mirando retrospectivamente mi propia investigación, cómo he leído libros y documentos de archivo”.

La próxima semana, con dos nuevos títulos suyos circulando en español (las versiones argentinas de Miedo, reverencia, terror, y de Cinco reflexiones sobre Marc Bloch), el también autor de Historia nocturna estará en el Instituto de Historia de la UC, dictando tres charlas, la primera de las cuales explorará la diferencia entre esquemas y sesgos, entre hipótesis y prejuicios en la investigación histórica, haciendo una comparación con un modelo usado en medicina para probar la eficacia de una droga: los experimentos de doble ciego. Y por ahí se colarán la historia de la lectura y otros temas.


– En Miedo, reverencia, terror, Ud. dice que vivimos en un mundo en el que “los Estados amenazan con el terror, lo ejercitan y, en ocasiones, lo padecen”. ¿Qué tipo de terror enfrentamos hoy, comparado con el de hace unas décadas?

– Vivimos en un mundo cada vez más peligroso. El terrorismo es una realidad. Pero hace 30 años habría sido imposible imaginar que un individuo como Donald Trump se convirtiera en Presidente de EEUU y, por esa vía, en una amenaza para toda la especie humana.

– Ha citado al historiador Marc Bloch diciendo que los rumores y las noticias falsas han llenado la vida de la humanidad. ¿Qué singulariza hoy este fenómeno?

– Las fake news son extremadamente poderosas… y extremadamente peligrosas. ¿Por qué? Hay que enfatizar dos aspectos del ambiente electrónico en que vivimos: por un lado, puede ser controlado por algunos usuarios expertos; por el otro, es básicamente incontrolable por los usuarios comunes. No hay en la historia de las comunicaciones algo comparable a una asimetría tan profunda. Pero la historia no termina ahí. Aprender -y enseñar- a usar Internet de un modo sofisticado es muy importante, no solo a nivel cognitivo, sino también en una perspectiva política amplia.

– ¿Tuvo que ver Bloch, y su libro Los reyes taumaturgos, con su interés por enfocarse menos en las reglas que en sus excepciones?

– Los reyes taumaturgos me confrontó, inesperadamente, a un caso anómalo que ayudó a esclarecer las raíces del poder real en las sociedades europeas. Mi fascinación con los casos particulares, que venía de antes, se vio reforzada por esta lectura. Hoy me inclino a ver en esta obsesión el hilo conductor de toda mi obra, sin perjuicio de que he trabajado en una gran variedad de temas. En cuanto a Bloch, nos legó su trabajo basado en una variedad de fuentes, su rigor intelectual y su vasta imaginación, que se alimentaron entre sí, convirtiéndolo en un ejemplo para cualquier historiador.

– El historiador Richard J. Evans culpa a la teoría posmoderna de buena parte del fenómeno de las noticias falsas y la posverdad. Dice que en los 80 y 90 hubo muchas universidades, en EEUU especialmente, que enseñaron que la verdad es una cuestión de perspectiva, y que de ahí deriva una sociedad donde a la gente, y en especial a los políticos, no les interesa la verdad porque no creen que exista. ¿Concuerda?

– Dado el largo tiempo que llevo enfatizando mi interés por las pruebas como un ingrediente necesario del conocimiento histórico, estoy completamente de acuerdo con los comentarios de Evans. Recuerdo nítidamente que hace muchos años, en una conferencia en la U. de Yale, hablé de “la verdad sin comillas”, mientras hacía con los dedos el típico gesto de entrecomillado que se usa en el lenguaje académico norteamericano. En ese momento, todo el público se empezó a reír. Bueno, y ahora hemos llegado a la posverdad.

– En 2016 se conmemoró el centenario de su madre, la escritora Natalia Ginzburg. ¿Qué tanto ha influido en su trabajo de historiador/narrador?

– No me siento facultado para comentar la obra de mi madre en calidad de crítico, pero ciertamente ha tenido una profunda influencia en mi escritura.

– ¿Recomienda aún a sus alumnos la lectura de novelas y el visionado de películas?

– Aunque me abstengo de sugerir obras específicas a mis estudiantes, todavía creo que las novelas y las películas son un alimento para lo que llamo la “imaginación moral”. Ambas se vinculan estrechamente a mi trabajo: por ejemplo, mi uso de párrafos numerados, seguidos por espacios en blanco, está inspirado indirectamente por el montaje de Serguéi Eisenstein, así como por sus reflexiones acerca del primer plano.

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