Culto
Hebe Uhart: el ascenso de una escritora

Hebe Uhart: el ascenso de una escritora

A veces una escritora o un escritor no sólo se convierten en una lectura imprescindible, sino también un ejemplo a seguir, y tal vez ese fue el caso de la autora de La luz de un nuevo día.

Más o menos por esta fecha pero hace un año la escritora Hebe Uhart (1936-2018) recibía el Premio Internacional de Narrativa Manuel Rojas que concede el gobierno de Chile. El jurado estaba compuesto por Alejandra Costamagna, Martín Kohan, Jorge Volpi, Ramón Díaz Eterovic y César Aira, es decir un jurado de lujo. No es nuevo que los colegas se refieran elogiosamente hacia Hebe Uhart, aunque a decir verdad este reconocimiento no le fue sencillo.

Nacida en Moreno, en la provincia de Buenos Aires, su obra es rica y productiva, sobre todo en cuentos y crónicas. Y la dificultad para obtener ese reconocimiento radicó en que fue compañera de ruta de muchos buenos escritores: Néstor Sánchez, Alejandra Pizarnik, Edgardo Cozarinsky, Fogwill, Ricardo Piglia, Osvaldo Lamborghini y Alberto Laiseca. Es la generación de la que habla Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda como el contra-canon, que se opone al Gran Canon, surgido con autores nacidos alrededor de principios del siglo XX: Borges, Bioy, Arlt.

La otra razón por la que le costó imponer su obra fue que no eran tantas las escritoras que entre tantos varones lograron visibilidad. Pese a ello, sus compañeros de ruta no fueron egoístas y Fogwill, por ejemplo, no ahorró elogios a la hora de referirse a ella. La crítica Elsa Drucaroff, que en las redes se mostró muy dolida por su muerte, escribió un largo post en el que hablaba de la recomendación que le hizo Fogwill en los 80: “Yo me había cruzado con Quique Fogwill en La Paz y le había dicho algo sobre uno de sus cuentos. Quique era mi amigo. Me dijo: ‘No me leas a mí, leé a Hebe Uhart’. ¿A quién?, le pregunté. Me escribió el apellido en una servilleta. ‘Cruzá, andate a Librería Hernández y comprá La luz de un nuevo día’”.

Hebe Uhart fue muy querida, se supo acompañar de las generaciones más jóvenes y gracias a sus talleres enseñó lo que había aprendido durante años de escritura y lectura. Quizá por eso dolió tanto su muerte. La misma Drucaroff escribió que en el cementerio de La Chacarita “éramos más de cien despidiéndola y cuando el sepulturero preguntó por los familiares, la gente dijo ‘todos somos su familia’”. A veces una escritora o un escritor no sólo se convierten en una lectura imprescindible, sino también un ejemplo a seguir, y tal vez ese fue el caso de Uhart.

La misma autora de Camilo asciende y otros relatos –quizá el libro que más me gustó y que reeditó Damián Ríos en Interzona (y que luego editaría otros libro de o sobre ella en Blatt & Ríos)– decía en los 90 que sus libros no se conseguían en ninguna parte. En ese libro hay un interesante trabajo con la figura de la ama de casa que riega las plantas, que ve pasar su día como una especie de extinción de su propia vida. ‘Camilo asciende’ trata de una familia que vive en Moreno, en la que un hermano consigue un trabajo mejor en Correos y decide mudarse a Capital y con ello mudar a toda la familia. La mudanza será un tema en la obra de Hebe Uhart. No hay peripecias como en las narrativas de Laiseca o Aira, pero sí una profundidad a la hora de narrar una historia, como si la historia fuera insuficiente y se extendiera hacia otros planos, donde yace una subjetividad.

En una nota a la muerte de Hebe la escritora Inés Acevedo consignó que su lugar en la literatura argentina era el podio, pero “también el lugar de lxs rarxs”. Esta extrañeza, que como muchos saben, en el Río de la Plata es entendida como singularidad, sinónimo de único, estuvo dada, según Acevedo, por el paso radical que hizo del cuento a la crónica: “La ficción no le alcanzaba, y como era andariega y curiosa, se dedicó a hacer lo que la movía: recopilar maneras de hablar, formas del lenguaje”. Esto implicaba darle la espalda a la ficción y la cara a la sociedad. Si en las historias de sus cuentos siempre había algo más, en las crónicas, también ocurría algo similar, ya que su principal tema “fueron las formas de la lengua: los refranes, los giros, los dichos de la gente. Amplificó nuestra percepción de la lengua, trayendo voces de diferentes zonas y variedades del español, señalando formas particulares del español en contacto con lenguas nativas, como el guaraní”. Otra cosa no menor hizo Inés Acevedo al darle las gracias como feministas, ya que en su literatura había una “denuncia explícita contra el patriarcado”.

Liliana Villanueva es una escritora que ha incursionado en la crónicas con varios libros (Sombras rusas y Lloverá siempre). Estuvo en el taller de Hebe Uhart más de diez años y de ahí salió Las clases de Hebe Uhart. Para ella, la influencia de esta autora ha sido clave. En una entrevista que le hice por Sombras rusas explicó esta influencia con un ejemplo muy revelador: “La primera crónica que cerró la historia rusa fue una que está a la mitad del libro y que se llama ‘La idea del frío’. Hebe me decía: ‘Vos sobrevolás los temas, tenés que quedarte en un lugar’ […] No sabía por dónde comenzar, hasta que me acordé del frío, me acordé cuando esos copos de nieve se separan y se convierten en grupos de nieve, y de alguna manera surgió una crónica, que siento que fue mi primera crónica literaria, porque antes siempre escribía de una forma periodística”. La diferencia entre una crónica periodística y una literaria era, para Hebe y luego para Liliana, que el periodista no escribe “desde dentro de los hechos”, sino desde fuera.

Este ponerse uno en las crónicas o los textos, este uso de esta subjetividad que conduce más allá de la historia, está consignada en Las clases de Hebe Uhart, que son los registros de sus talleres: “Escribir es una artesanía extraña donde es necesaria e imprescindible la conexión con uno mismo, ya que el que va a escribir debe aprender a acompañarse, a desdoblarse de alguna manera siendo a un mismo tiempo el personaje que siente y el otro, el que observa a ese que siente o que está viviendo algo”.

Cuando Fogwill dijo que era la mejor escritora argentina no vino el reconocimiento inmediato, pasaron veinte años para que eso sucediera. Por eso en una charla con la escritora Mariana Enríquez en su departamento del barrio de Almagro le dijo: “Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada”. Este reconocimiento le llegó a partir de la publicación de sus Relatos reunidos (2010), pero sus primeros libros datan de los 70: La gente de la casa rosa, por ejemplo, fue publicado en esa época con prólogo de Haroldo Conti, a quien no conocía, pero que era amigo de unos amigos. Ese prólogo no hubiera sido posible sin que ella hubiera trabajado como prejurado en un concurso que organizaba Conti, leyendo setecientos cuentos. De Fogwill tampoco era amiga, de hecho sus amistades literarias eran pocas, una de estas fue Elvio Gandolfo y otros más jóvenes, como Liliana Villanueva, Eduardo Muslip y Damián Ríos.

En el prólogo de la reedición de Camilo asciende, precisamente Elvio Gandolfo escribió: “Ese sitio relativamente marginal, cada vez más invadido por el reconocimiento, no tiene nada que ver con una posición ‘experimental’ o buscada”. Cuando Haroldo Conti la prologó mencionó a Carson McCullers y enseguida se apresuró a señalar que no tenían nada que ver “porque sus mundos son aparentemente inéditos”. Quizá a esto se refería Inés Acevedo cuando hablaba de los raros, es decir de mundos aparentemente inéditos. Elvio Gandolfo explicó este rasgo de rareza no como algo definitorio, sino como “producto de la persistencia misma de la mirada, sin modificar su sencillez aparente, que nada (y sobre todo nadie) es siempre o ‘normal’”.

Hace unos meses la editorial Adriana Hidalgo anunció la publicación de su obra completa en tres volúmenes: el primero fue Novelas reunidas, y consiste en sus seis novelas publicadas entre 1974 y 1999: La elevación de Maruja, Algunos recuerdos, Camilo asciende, Memorias de un pigmeo, Mudanzas y Señorita. Hebe no podrá ver los otros dos tomos, pero sin duda serán de interés para sus lectores, que cada año iban creciendo más, y no sólo en Argentina, sino también en Chile y otros países de Latinoamérica. De hecho se hace difícil hablar de literatura latinoamericana sin mencionarla, algunos se animan a compararla incluso con la brasileña Clarice Lispector.

Una sola vez charlé con Hebe Uhart, fue por teléfono para invitarla a un encuentro de narradoras chilenas y argentinas que organizó en 2011 en Buenos Aires Claudia Apablaza, con dinero de Ventanilla Abierta. En esa ocasión me tocó ser una especie de productor. Recuerdo que en esa llamada se mostró muy amable, por lo que pensé que aceptará inaugurar el encuentro. Sin embargo me pedía que le explicara todo mejor por mail. Al momento de escribir esta nota volví a leer el intercambio de mails, y siento vergüenza por lo mal que me expliqué por escrito, pero no sólo eso, sino lo insistente que fui, pese a lo clara y educada que fue al contar que prefería descansar luego de varios viajes que la habían llevado de un lado para otro: “Teniendo tantos escritores argentinos y de valor que han aceptado ir al encuentro, por qué te centrás en alguien como yo”. Para esa fecha había leído Camilo asciende y me había gustado mucho, por lo que mi insistencia era, tal vez, producto de un descubrimiento que quería compartir más que nada con mis compatriotas, algunos de los cuales, reconozco, a esa altura ya la leían.

Ha pasado el tiempo y debo admitir que sus crónicas no me parecieron tan buenas como sus relatos y novelas, con esto tampoco digo que soy un asiduo lector de Hebe Uhart. Había algo en esas crónicas que era incapaz de ver, lo sé, porque muchos colegas que respeto veían algo, que yo no podía. Cuando Damián Ríos en Twitter avisó de su muerte, recordé otra muerte, la de Alberto Laiseca, y lo recordé porque era otro formador de autores. Recordé el velatorio en la Biblioteca Nacional y su cremación en La Chacarita. A las horas, gracias a la encargada de prensa de Adriana Hidalgo, me enteré que sería sepultada ahí mismo, en La Chacarita.

Las coincidencias no existen, pienso. Las imágenes traen otras imágenes. Hace un tiempo doy clínicas de obra y me tocó leer un original, una novela que empezaba por una señora en su casa, regando las plantas, observando a su alrededor. Ese comienzo me recordó a Hebe Uhart y se lo dije al escritor. Me respondió que no era un lector de Hebe Uhart, y en este punto creo que está uno de los mayores triunfos de un autor: no ser leído pero que su literatura esté dando vueltas: en las charlas de bar, en las historias de otros, en el aire de Buenos Aires o de cualquier otra ciudad. Marcel Proust no es leído, pero muchos saben la historia de su magdalena. Creo que algo así está ocurriendo con esta escritora.

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