Culto
Depresión post premio: el cine chileno tras el Oscar

Depresión post premio: el cine chileno tras el Oscar

¿Qué pasó con las películas chilenas estrenadas después de la estatuilla a Una mujer fantástica? En general, se dieron de bruces contra un público apático. En el ámbito institucional, a la hora de elegir a la candidata al Oscar, sólo llegó la postulación de Y de pronto el amanecer. Corrió sola y fue elegida.

Boris Quercia conoció días mejores en la taquilla. En el año 2003 su película Sexo con amor le quitó el primer lugar a El chacotero sentimental (1999) como el filme más visto en la historia del cine chileno, con 990.996 espectadores. Se mantuvo casi una década en ese puesto hasta que Stefan vs Kramer llevó dos millones de personas en 2012. Entretanto, Quercia dirigió y protagonizó El rey de los huevones, la película con más público de 2006, aunque ya el entusiasmo no era el de los viejos tiempos y solo logró 319.470 espectadores. Doce años más tarde, poco queda del entusiasmo: su nueva cinta ¿Cómo andamos por casa? contó 20.588 personas en agosto.

De acuerdo a datos de la consultora 8A (estadisticascine.cl), que realiza las mediciones de asistencia en Chile y recibe financiamiento del Ministerio de las Culturas, el público de cine chileno llegaba a 661.126 espectadores hasta septiembre. No es, a primera vista, una mala cifra. El año pasado, el peor en el siglo XXI, se cortaron apenas 266 mil entradas. Pero 2017 no tuvo el factor desestabilizador de 2018: una película de Nicolás López. Es decir, si al público de este año se le restan los 589.236 espectadores de No estoy loca, apenas quedan 71.890 personas repartidas entre los otros 31 filmes locales.

Si bien aún quedan por estrenar siete largometrajes antes de que acabe el año, es poco probable que las cifras se desvirtúen a gran escala. A menos, claro, que Dry Martina, de José Manuel “Che” Sandoval, se transforme en un inesperado éxito de taquilla. Protagonizada por la argentina Antonella Acosta y el chileno radicado Patricio Contreras, el filme del autor de Soy mucho mejor que voh que entra a salas el 15 de noviembre es el más “comercial” de los pendientes del año. Los otros son Trastornos del sueño, de Sofía Paloma Gómez y Camilo Becerra (18 de octubre); Contra el demonio, filme de horror de José Miguel Zúñiga que también posee apetito de público (25 de octubre); La casa lobo, de Joaquín Cociña y Cristóbal León (1 de noviembre); Cielo, de Alison McAlpine (8 de noviembre); Calzones rotos, de Arnaldo Valsecchi (22 de noviembre), y Al desierto, de Ulises Rossell (noviembre).

A la larga serán 39 películas en el año contra de las 41 de 2017. Es más o menos el estándar en la producción nacional. Lo que no se mantiene estándar es la cantidad de público. Al revés: va a la baja. Sólo los grandes taquillazos de Nicolás López o las experiencias fílmicas de un comediante (Kramer) han dinamitado la taquilla.

Es, paradójicamente, el año en que Chile ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera por Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio. Pero es también el año donde además de la magra taquilla (a excepción de la comedia de López) ni siquiera hubo una competencia entre varios largometrajes para que el jurado del Ministerio de las Culturas eligiera la candidata chilena a buscar un cupo a la estatuilla dorada: Y de pronto el amanecer, de Silvio Caiozzi, fue la única película que llegó a sus oficinas. Por consiguiente, fue la elección de Chile al Oscar.

Vasos llenos, vasos vacíos

Responsable de las películas Sexo con amor y El rey de los huevones y creador de la serie Los 80, Boris Quercia solía tener una sintonía envidiable con los espectadores. En ¿Cómo andamos por casa?, el realizador probó el frío sabor de la apatía del espectador chileno. La cinta retrataba a una familia convencional donde nadie se salvaba de ciertos defectos de cuidado: desde la ambición desmedida a la torpeza patológica.

Quercia, en cualquier caso, prefiere mirar el vaso medio lleno en este caso. “Ser la segunda película chilena más vista del año no me parece mal y son números que uno siempre enfrenta como posibilidad antes del estreno”, dice.

Defensor del género de la comedia, Quercia sigue creyendo en la posibilidad de replicar los éxitos de su propia Sexo con amor o de El chacotero sentimental de Cristián Galaz, filme que ostentaba el récord chileno anterior, con 812.142 espectadores. “Por supuesto que es posible que una película chilena vuelva a hacer esos números. No es fácil ni evidente cómo creen quienes critican al cine de género, pero sí es posible cautivar al gran público. Los cineastas chilenos lo seguirán haciendo, a pesar de que no estén dadas todas las condiciones”, comenta.

Quien no cree que estén dadas todas las condiciones es el productor Bruno Bettati, que ha estado detrás de filmes como Bonsái (2011) de Cristián Jiménez; El futuro (2013) de Alicia Scherson y Los perros (2017), la cinta de Marcela Said que representa a Chile por un cupo en el Goya. “Pienso que simplemente el público chileno no tiene tiempo ni interés para ir al cine”, dice Bettati, que fue director del Festival de Valdivia entre el 2011 y el 2014.

El productor dice que Los perros llevó más de 5 mil espectadores (“una cifra que está bien, aunque lo ideal es tener 10 mil espectadores promedio en un mes”, comenta) y además afirma que 2018 es particularmente complejo para el cine chileno. “Asumo que este es un año crítico. Creo que la gente perdió el interés en muchas cosas, entre ellas el cine. Nosotros, en cualquier caso, seguimos batallando por nuestras películas. Como distribuidores creemos hacer bien el trabajo. El problema, insisto, es de un público más bien apático, que puede que haga cien mil “likes” en un trailer, pero no va a ver la película el primer fin de semana. Prefiere hacer otras cosas o quedarse en la casa”, comenta Bettati.

Con lo del primer fin de semana, el productor se refiere a que una cinta chilena debe tener un piso mínimo de 100 personas en su primeros cuatro días en multicines para seguir en cartelera otra semana. Si no lo logra, sale de pantalla. Un caso: La telenovela errante, de Raúl Ruiz, entró en ocho multisalas y sólo pudo continuar en uno en su segunda semana. Según las mediciones de la consultora 8A, logró finalmente un total de 2.340 espectadores, repartidos entre 728 en multisalas y 1.612 en salas del circuito independiente. Aquello indica que para ese tipo de filmes, el Cine Arte Normandie, el Centro Arte Alameda o la Cineteca Nacional siempre será una mejor ventana.

Hay casos, sin embargo, en que filmes chilenos comerciales hechos para multisalas se enfrentan al vacío. Le pasó a American huaso, comedia con Fernando Larraín que en sus dos semanas de exhibición acumuló sólo 2.017 espectadores. No replicó el relativo éxito del trabajo anterior con Larraín: Se busca novio para mi mujer fue el filme chileno más visto del año pasado con 51.794 espectadores, sobre Una mujer fantástica (logró 50 mil). Y, por supuesto, no fue ni la sombra de Alma, la comedia de 2015 también con Larraín que cortó más de 200 mil boletos.

La llamada “apatía” del espectador chileno también mostró sus dientes a Cirqo de Orlando Lübbert (2.262 espectadores). Estrenada en marzo, en medio del golpe mediático del cine chileno por el Oscar a la cinta de Lelio, Cirqo fue el retorno a las pistas del autor de Taxi para tres (2001), película que ganó el Festival de San Sebastián y llevó 331 mil espectadores en su momento.

Para Lübbert, el cine no se puede observar fuera de su contexto social y el público de hoy tiene poco que ver con el del 2001. “En términos generales, el cine es caro en comparación, por ejemplo, con quedarse en la casa y ver una película en Netflix”, dice. Pero el cineasta también apunta a defectos de origen en algunas producciones locales. “Soy crítico con los filtros del cine chileno. Está bien que haya una buena cantidad de películas al año, pero me ha tocado ser jurado y he visto cómo, a veces, de cinco proyectos, tres son francamente malos. Y por una u otra razón se aprueban igual. Lo que hay que hacer es apuntar desde un principio a que las películas tengan un primer nivel en dramaturgia y guión. Si un filme tiene contenido, no tiene por qué ser aburrido”, argumenta Lübbert.

El fin de año está a la vuelta de la esquina y es mejor apostar a que la depresión post Oscar se acabará en los próximos meses. El 2019 luce, de antemano, prometedor: se estrenarán Ema y Araña, las nuevas películas de Pablo Larraín y Andrés Wood, dos largometrajes que deberían funcionar como litio en el cuerpo demacrado de cine y espectadores chilenos . Y en la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados se tramita un proyecto de ley de protección al cine chileno.

Ahora bien, si después de toda aquella medicina, el espectador sigue tan abúlico en octubre del 2019 tal vez valga la pena preguntarse: ¿de qué sirve tener un Oscar en casa?

Sobre el autor:

Rodrigo González |
Sub-editor de Cultura de La Tercera.