Culto
Betty Davis: la influencia de la influencia

Betty Davis: la influencia de la influencia

Por ser una pionera afroamericana orgullosa de su sexualidad, fue censurada, boicoteada y hostigada en los setenta. Betty Davis no la tuvo fácil, pero su lucha contra los tabúes le abrió el camino al deslenguamiento de futuras generaciones. Y de paso, le cambió la vida a Miles Davis.

A Betty Davis le tocó remar contra la corriente. Nacida el 45, hija de un trabajador acerero y una dueña de casa amante del blues, criada en una humilde granja de Carolina del Norte, partió a Nueva York antes de cumplir la mayoría de edad para dedicarse a la moda y la actuación. En su faceta de socialité, deambulando por fiestas con la esperanza de ser descubierta, conoció a Miles Davis y se enamoraron. Su apellido en aquel entonces todavía era Mabry, pero lo cambió cuando se casaron luego de dos años de noviazgo. Betty es la mujer que aparece en la portada del disco Filles de Killimanjaro (1968) de Miles, en el que se incluye una canción de amor dedicada a ella, “Mademoiselle Mabry”.

Betty Davis ejerció una gran influencia sobre el jazzista. Pertenecía al círculo de amistades de Jimi Hendrix y Sly and the Family Stone, a los que admiraba musicalmente. Su entusiasmo contagió a Miles Davis, veinte años mayor y chapado a la antigua, quien a la vez compartía con su joven esposa el arte de genios como Rachmaninoff y Stravinsky. La música del trompetista evolucionó tras el hallazgo de nuevos referentes, hito fundamental a la hora de crear Bitches brew (1970), un portento en el que el jazz se abraza con el rock y la psicodelia, frecuentemente mencionado entre los discos más importantes del siglo veinte. Esa renovación vino acompañada de un cambio de look que también fue instigado por Betty, quien se encargó de botar sus formales trajes italianos y renovar su armario.

Enriquecedor culturalmente, el matrimonio era un desastre en lo doméstico y duró apenas un año debido a las agresiones de Miles, celópata y convencido de que estaba siendo engañado con Jimi Hendrix. Tras el divorcio, Betty Davis persiguió la carrera musical que su ex marido le aconsejó buscar al descubrir que tenía una gran facilidad para inventar canciones, ejercitada desde los 12 años en largas horas de labor granjera. “No le conté a nadie sobre la violencia de Miles, así que escribí al respecto y lo canté con el corazón. Tres discos de funk duro, lo puse todo ahí, pero las puertas de la industria se me cerraron. Siempre había hombres blancos detrás de escritorios diciéndome que tenía que cambiar mi aspecto y mi sonido para poder encajar”, confiesa en Betty Davis: they say I’m different (2017), un documental que alimenta el misterio en torno a su figura en vez de disiparlo.

Al contrario de lo que pasa en Buena Vista Social Club o Searching for Sugar Man, que culminan con la reivindicación pública de sus protagonistas, la cinta sobre Betty Davis respeta el encierro en el que vive desde que paró de hacer música en 1980, tras la muerte de su padre, una desgracia familiar que la llevó a Pittsburgh, donde se instaló a vivir junto a su madre. Desde entonces, nunca más cantó. De hecho, se negó tajantemente a aparecer frente a las cámaras, obligando a los cineastas a mostrarla de otras formas (hay tomas de sus manos, espalda y ojos). Una nota en el Washington Post escrita por un ex vecino cuenta que Betty, tras su retiro, se paseaba en máscara facial y bata por el barrio, nada que ver con la glamorosa, desinhibida y futurista apariencia que cultivó durante su trayectoria musical, plasmada en Betty Davis (1973), They say I’m different (1974) y Nasty Gal (1975).

En la carta que escribió para el estreno del documental, leída por Erykah Badu, una de las muchas luminarias musicales que la consideran un modelo a seguir, asegura que “mi vida es misteriosa, a veces incluso para mí”. Ahora podrá ser cierto, pero la forma en la que se expuso ante el público durante su periplo solista fue absolutamente rompedora. Si Betty Davis causó rechazo en su momento fue porque hizo trizas las pautas de los años setenta y porque desafió lo establecido con una rebeldía chocante para los sectores más pacatos de la sociedad estadounidense. Rara avis, era una mujer afroamericana en absoluto control de sí misma, sin una figura tipo Ike Turner o Phil Spector a la que responder. Creativamente, también gozaba de independencia: componía su propio material y se autoprodujo a partir de su segundo disco. Eso sí, nada causaba tanto escándalo como la forma en que encaraba el sexo.

Betty Davis hacía funk rindiéndole honor al origen de la palabra, sinónimo de fragancia poscoital. Por sus discos desfilan músicos de Sly and the Family Stone, Santana y The Pointer Sisters, además de Sylvester, uno de los primeros solistas afroamericanos en salir del clóset, toda una caravana de talentos al servicio de libidinosas canciones autobiográficas entonadas a romper garganta y sin tabúes. No apta para conservadores, su propuesta consistía en proponer un nuevo modelo femenino, lo suficientemente seguro de su sexualidad como para jactarse de sus habilidades amatorias y demandar placer a viva voz en la más pura tradición de los viejos bluseros y de antiguas exponentes del género en la veta de Ma Rainey, tan polémica en los años veinte como Davis en los setenta.

Quizás aún aferrada a sus sueños actorales, se consideraba una proyectora más que una cantante, así que sus shows en vivo ahora son material de leyendas. Salía a escena con atuendos provocadores, usaba el micrófono como un símbolo fálico, se desplazaba felinamente por el escenario. Entre sus seguidores había celebridades como Muhammad Ali o Richard Pryor, deslenguados íconos que seguramente reconocieron en ella a una igual. La controversia la seguía: fanáticos religiosos protestaban afuera de sus conciertos acusándola de inmoral por hacer lo mismo que a los hombres blancos se les celebraba. Incluso se fue en su contra la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, que veía con malos ojos la forma supuestamente indigna en que Davis representaba a la comunidad afroamericana.

Los mismos grupos de presión se encargaron de boicotearla llamando a las radios para reclamar por el contenido de sus canciones. Al darse cuenta de que sería imposible marketearla, el sello multinacional que la atrajo a sus filas la abandonó a su suerte y, peor aún, bloqueó el lanzamiento de su cuarto disco, grabado en 1976 y editado recién el 2009 como parte del rescate de su catálogo emprendido por una compañía independiente, motivada por décadas de culto en torno a la incendiaria solista. Sin exagerar, vivimos en un mundo moldeado por Betty Davis. Su crudeza funkera ha sido recuperada una y otra vez en samples de eminentes raperos como Ice Cube o Redman, y es posible detectar fácilmente su huella en los primeros años de Red Hot Chili Peppers y Lenny Kravitz. En su autobiografía, Miles Davis describe perfectamente el impacto de Betty al emparentarla con Madonna y Prince: “Ella fue el comienzo de todo”.

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