Culto
1988, El ruido secreto (parte 3): párate, donde sea que vivas

1988, El ruido secreto (parte 3): párate, donde sea que vivas

En Culto concluimos la historia de cómo hace 30 años entre hombreras y sobredosis de laca surgió un movimiento que reivindicó la espontaneidad musical y el “lado izquierdo” del dial. Siendo ésta una historia verdadera, evitaremos contar la versión tipo charla motivacional. Así fue que, por cada soñador que optó por la independencia, hubo un par de terrenales que firmaron por alguna multinacional con escaso éxito. De ellos, R.E.M, fueron un caso excepcional, pudiendo conjugar millonarias ventas e intensos mensajes políticos.

The Decline of the western civilization (Penelope Spheeris, 1981) es un documental que registra la naciente escena punk en Los Ángeles a inicios de la década de los 80s. Entre situaciones realmente poco glamorosas (por ejemplo, el closet transformados en cama-habitación por Ron Reyes de Black Flag) se podía observar a bandas como Circle Jerks, X o The Germs tratando de sobrevivir en un entorno definitivamente adverso. Siete años después, la misma directora volvería a retratar la escena musical de la ciudad, pero esta vez con unos habitantes diferenciales. Había llegado el momento del glam metal.

Cuando se escogen sustantivos y adjetivos para referirse a aquel movimiento, el carácter artificial es lo que predomina. Sea hair, lite, sleaze o glam la palabra que anteceda a “metal”, siempre el fanático tendrá que utilizar su mejor sentido del humor, ya que ninguno es del todo elogioso. Tampoco es que colabore a ello The decline of the western civilization II: The Metal years (Penelope Spheeris, 1988), donde pasaban figuras nacientes (Poison, Faster Pussycat), otros en plan de reconversión laboral (Aerosmith, Alice Cooper) e, incluso, Lemmy Kilmister, quien siempre fue una categoría en sí misma; para contar lo que sucedía en el Sunset Boulevard de Los Ángeles.

La película es fantástica ya se entienda en su versión documental o como una comedia involuntaria. Para el que no lo crea, dirigirse a ver cómo un Ozzy Osbourne escarmenado transforma la preparación de un desayuno en un desastre o Chris Holmes (Wasp) cuando derrama una botella de vodka en su cara mientras su madre mira tranquila desde el borde de la piscina. Lemmy se arrepentiría, posteriormente, de participar en lo que consideraba una burla. Ozzy, aunque fue parte una escena preparada, no tuvo tantos problemas. Tampoco la mayor parte de los entrevistados que reflejaban con claridad y honestidad cómo se concebía el rock en 1988.

Claro, era el mundo de “Every rose has its thorn” y de “Bad medicine”, con videos multimillonarios que cuando no se filmaban en blanco y negro de gira (las baladas, regularmente), parecían grabados en, exactamente, el mismo escenario. En ese contexto, las bandas del rock independiente la tenían bastante difícil. No sólo por sus temáticas o look, sino porque varias se negaban a hacer los gestos mínimos para ser aceptados. Para desechar dudas, justo abajo se encontrarán con el primer video promocional de The Replacements para su canción “Bastards of the Young”. Reticentes a hacer clips y presionados por su compañía, lanzaron efectivamente uno. Con el detalle que era solo un plano de una radio cassette tocando la canción.


Enciende las noticias

Hi, we’re the Replacements/ And we’re playing in a rock ‘n’ roll band/ We’re having a good time/ We’re Rock ‘n’ rollin’ ’til the break of dawn

Este homenaje es de They Might be Giants, excelente banda de Nueva York, alguna vez conocidos con su cover de “Istanbul (not Constantinopla)” y paladines del geek-rock. O sea, todo lo contrario a la banda de rock n roll, poco disciplinada, bastante beoda e independientes por (mala) suerte, a quienes dedicaron “We’re the Replacements” en 1986.

Surgidos en Minneapolis en 1980, el grupo liderado por Paul Westerberg, cultivaron un rock desaliñado, que fue pasando progresivamente del hardcore y garage inicial a las piezas deudoras de sus queridos Rolling Stones y The Faces. Decir que se pusieron más sofisticados es, efectivamente, un decir, ya que mientras volvían más clásico su sonido, mayores eran unos actos de autosabotaje, propios de una buena banda de punk. Además de la gracia de los videos de una sola toma, fueron comunes las giras desastrosas, las actuaciones en tv absolutamente borrachos y para hacerse los graciosos, por qué no, robar el título de un famoso álbum de The Beatles.

Igualmente, luego de Let it be (Twin/Tone, 1984), alguna transnacional con delirio de ayuda social, los contrataría para intentar lo que se veía imposible en el papel (y que se comprobaría como tal en la realidad): el orden y el éxito. Las buenas críticas, pero decepcionantes ventas de Tim (Sire, 1985) y los discos posteriores, a la par de la desintegración de la banda, confirmaron el pronóstico anticipado. Su última referencia, All shook down (Sire, 1990), era un disco solista de Westerberg, anunciado como uno de la banda para recuperar algo del dinero invertido.

Contemporáneos y del mismo estado de The Replacements (y de Prince, que da suerte nombrarlo) eran Hüsker Dü y no podrían haber sido más diferentes. Profesionales, prolíficos y extremadamente serios, la banda tuvo un ritmo incesante de giras y grabaciones, donde estiraron ciertos límites con regularidad. Cuando tenían que tocar hardcore, al inicio de su carrera, lo hicieron con mayor rapidez que sus contemporáneos. Y, luego, cuando era el turno de evolucionar, crearon canciones con melodías pegadizas y atrayentes. Además, para mayor herejía, sacaron un disco doble y conceptual (Zen Arcade).

Hüsker Dü fue un trío, formado por 2 compositores avezados (Bob Mould y Grant Hart) y un bajista que oficiaba de involuntario mediador. Las personalidades diferenciales (voluntarioso y seco, Mould; bonachón y disipado, Hart) derivaron en un equilibrio siempre precario, pero también en una competencia a nivel creativo que derivó en 6 discos (2 de ellos dobles) en 5 años.

El interés que traería Zen Arcade (SST, 1984) se mantendría por los posteriores discos y generaría que Warner Brothers los contratara para editar las que serían sus dos últimos álbumes: Candy Apple grey (Warner, 1986) y Warehouse: songs and stories (Warner, 1987). Con elementos aun más melódicos, pero sin alcanzar un real éxito más allá de las radios college, Hüsker Dü, se transformarían en el claro antecedente de Pixies y en el espejo en que se mirarían buena parte de las bandas de punk melódico, como Green Day. Esto último, que no es culpa de los pobres Hüsker Dü, lo verían ya disueltos, luego de la inevitable separación por fricciones internas en 1988.


Era (supuestamente) el fin del mundo como lo conocíamos

El problema son algunos compositores que se las dan de listos y cuando quieren decir algo, lo plantean al revés. O de cierto público que sólo se aprende el estribillo, que total para eso pagó la entrada. Si no, pregúntenle a Michael Stipe, qué sucedía cuando tocaba en vivo “The one I love”, el primer single de Document (IRS, 1987), quinto disco de R.E.M. Aquella canción, que comenzaría la exposición masiva del grupo, era en realidad una crónica sobre un amor descreído y utilitario, pero era entonada mayoritariamente por parejas abrazadas, con corazones en los ojos.

En fin. Que tampoco sería el último malentendido de una banda que sacaría 4 años después un par de hits mundiales tan diferentes como “Shiny happy people” y “Losing my religion”. Al final, la vida independiente de 6 años de R.E.M. siempre pareció un anticipo para el gran salto que darían definitivamente en 1988 al firmar con una multinacional.

Probablemente, ambas partes se miraban con suspicacia. Ya contamos de la decepción de Warner Brothers con Hüsker Dü, por un lado; y tampoco es que la banda estuviese dispuesta a perder más un lustro de credibilidad alternativa, por el otro. Surgidos en Athens, Georgia en 1980, el cuarteto formado por Peter Buck, Mike Mills, Michael Stipe y Bill Berry se habían transformado en un modelo de éxito a la izquierda del dial. Ello, no sólo porque aumentaban gradualmente su exposición, sino porque mantenían férreamente sus convicciones sociales y políticas.

Luego de lograr un acuerdo millonario que, además, incluía total control creativo, la banda editó Green (Warner, 1988), hace 30 años, el 7 de Noviembre; escribiendo un tratado de cómo venderse con gracia. Si es que el ingreso a una multinacional iba a darles mayor exposición, usarían eso para hablar de las temáticas que les interesaban. Podría ser en una versión lúdica como en “Stand” o “Pop song 89”, cuando no derechamente seria en “Orange Crush” o “World leader pretend”.

La historia es conocida. Luego vendría el estrellato total con Out of time (Warner, 1991) y Automatic for the people (Warner, 1992) y la meseta de prestigio sin sobresaltos de sus siguientes casi 20 años de carrera. Justo hace una década, cuando la banda ya insinuaba su disolución, se dejaron caer por fin en Chile.

De esas 2 actuaciones, la segunda tendría un carácter excepcional, porque coincidiría con el triunfo de Barack Obama en la presidencia de Estados Unidos. Un eufórico Michael Stipe arengaba a la gente mientras “It’s the end of the world as we know it (and i’m feel fine)” adquiría el sentido definitivo. Diez años después y con Trump en el poder no hay que desanimarse, dirían los de Athens. Stand in the place where you live, puede ser la respuesta. Como la música independiente.

Sobre el autor: