Culto
Silvio Rodríguez, marzo de 1990: retrato de una época

Silvio Rodríguez, marzo de 1990: retrato de una época

El trovador cubano, que fijó tres fechas en el Movistar Arena esta semana, tuvo una simbólica presentación en los primeros días de retorno a la democracia en un repleto Estadio Nacional.

De pronto, tronaron los bronces en una obertura musical que parecía jazz, salsa y hasta la apertura de algún festival masivo. En realidad, eran las primeras notas de una canción llamada “Causas y azares”, interpretada por una numerosa banda llena de bríos.

Entonces se suma a la escena un hombre que, a paso tranquilo, camina con una mano en el bolsillo hacia un taburete, moviendo su mano derecha en señal de saludo, como si estuviera entrando a una pichanga de barrio. Toma asiento, se acomoda la guitarra y se une a la música. Rasguea un par de minutos y observa con atención ese mar de 75 mil chilenos que, ansiosos, lo esperaron 17 años. El músico, en aparente sorpresa, observa el Estado Nacional repleto y sonríe. Y es esa sonrisa la que estimula más gritos y más aplausos antes de entonar “cuando Pedro salió a su ventana, no sabía, mi amor, no sabía…”

Era el 31 de marzo de 1990, 21:00 horas, y Silvio Rodríguez ya se había echado al bolsillo a sus seguidores sin siquiera haber entonado la primera sílaba de sus canciones.

Seguramente, fue el concierto más esperado tras la larga pausa cultural impuesta por la dictadura. En esos años, Silvio Rodríguez era el cantautor emblema de la oposición al régimen de Augusto Pinochet. Proscrito por los militares y censurado por los medios oficiales, la obra del trovador cubano se remitió al cancionero difundido en 1981 por La Bicicleta -revista cultural de oposición-, al guitarreo en peñas y actos semiclandestinos y a aquellos cassettes blancos que el sello Alerce se atrevió a difundir en circuitos alternativos.

Por eso, la expectación y la euforia de la visita de Rodríguez a Chile en las primeras horas del retorno a la democracia que, además de concierto, también tuvo un cierto carácter de visita diplomática. Horas simbólicas en un país que aún tenía presos políticos, donde no había un saldo oficial de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos -el Informe Rettig saldría recién al año siguiente- y donde Pinochet había dejado el gobierno para seguir ejerciendo como Comandante en Jefe del Ejército.

Por eso el paso de Rodríguez fue tan politizado.


La Moneda y la Cárcel Pública

En las horas previas al concierto, Silvio Rodríguez visitó dos lugares emblemáticos: La Moneda y la Cárcel Pública.

En la sede de gobierno fue recibido por Enrique Correa, por entonces ministro Secretario General de Gobierno donde, además, aprovechó de compartir con los periodistas acreditados. Al día siguiente, el cubano encaminó a la desaparecida Cárcel Pública, por entonces ubicada en General Mackenna, donde tuvo un encuentro con presos políticos -400 de ellos en huelga de hambre-, a quienes incluso les interpretó dos canciones: “Pequeña serenata diurna” e “Historia de la silla”. Saliendo del recinto, Silvio fue inquirido por un periodista, quien le preguntó si haría lo mismo con los presos políticos en la isla. “En Cuba no hay presos políticos… un besito”, respondió evidentemente incómodo.

Luego vendría la conferencia de prensa en el Hotel Galerías, centro capitalino. “Quiero decirles que el sueño de este país, y mío en particular, comienza a hacerse realidad en el momento en que Silvio Rodríguez pisa tierra chilena”, partió diciendo Fernando Meza, el “conductor” de aquel encuentro con los periodistas, actual diputado por el Partido Radical. “Cuando regresé a Chile en el 89, me di cuenta que había una efervescencia en torno al trabajo de Silvio, con quien había establecido una amistad mientras fui becado en medicina en Cuba en los años 70. Así que cuando me di cuenta de cuánto habían impactado sus canciones, fui a verlo a la isla y le propuse la idea del concierto”, rememora el legislador, quien se anotó el acierto de ser uno de los productores del evento.

En la conferencia, Rodríguez fue abordado por los detalles de su presentación, pero también tuvo que entrar en las complejas honduras políticas, tanto de Chile como de Cuba.

“Defiendo a Fidel porque es defender la dignidad de mi pueblo. Un cubano que no defienda a Fidel, es no defender a la patria misma. Y yo me siento patriota, por eso defiendo a Fidel”, dijo el trovador quien, pese a su compromiso con la revolución, reconoció que el régimen castrista -que se aprestaba a entrar en la fase denominada “Periodo Especial” tras el inminente colapso soviético-, tenía “deficiencias”, por lo que se encontraban en un proceso de “rectificación”.

También habló de la perestroika, el futuro del socialismo, además de sus impresiones al cantar en un lugar de detención masiva como lo fue el Estadio Nacional en los días posteriores al Golpe de Estado de 1973. “Es una de las cosas que le agrega un peso específico”, respondió. Según registró la prensa de entonces, parte de las dos horas de conferencia también las dedicó a responder dudas mundanas como el futuro de la institución del matrimonio, si pescaba en río, si mentía, si dibujaba, si hubiera asistido a la proclamación presidencial de Francisco Javier Errázuriz…


Víctor Jara, Irakere

Con todos estos antecedentes, Silvio Rodríguez saldaba una deuda desde que estuviera en Chile en 1972, donde compartió con los músicos de la Nueva Canción Chilena como Víctor Jara. De ahí se entiende que apenas terminada la primera canción, Rodríguez saludara al público en un tono de representante diplomático. “Buenas noches, Santiago de Chile. He pensado tantas cosas… creo que esta es la primera vez que uso el nombre de mi pueblo para decirle algo a otro pueblo. No corro el riesgo ante mi pueblo si les digo en nombre de toda Cuba, que les doy un gran abrazo solidario y una gran felicitación por la democracia”, dijo, antes de recitar el poema introductorio de “Yo soy de donde hay un río”, a lo que siguió “Cuando llora un enano”, ambos del disco Oh, Melancolía.

Luego, los músicos acompañantes dejaron al artista sólo con su guitarra. “Creo que acá gusta el trabajo trovadoresco. Pensé que querían un poco de guitarra también”, advirtió con curiosa modestia. Vendrían “Historia de la silla”, “El dulce abismo”, “Óleo de mujer con sombrero” y “Pequeña serenata diurna” donde, tras finalizar, el músico dedicó el concierto “desde lo más hondo de mi corazón a Víctor Jara”. Fue aplaudido de pie. Después aparecería en escena la cantautora Isabel Parra, amiga del cubano, quienes cantaron a dúo “Generaciones” y “Sólo el amor”.

Tras una hora de recital, volvieron los músicos acompañantes con un arreglo especial para “Por quién merece amor” y “Canción en harapos”, canción crítica hacia la propia izquierda -“desde un mantel importado y un vino añejado se lucha muy bien”, dice uno de sus versos-, interpretada con la compañía de los tambores batá, instrumento sagrado en los cultos Yoruba del sincretismo afrocubano.

Este fue el momento en que Silvio Rodríguez dejó espacio para el lucimiento de su banda, Irakere, con quienes venía trabajando -primero con AfroCuba- desde que el trovador orquestara sus canciones desde el álbum Causas y azares. Acaso en un gesto por sintonizar con la identidad chilena, la banda tocó “Concierto andino”, composición instrumental del director Chucho Valdés, donde el público, angustiado por seguir cantando junto al trovador, emitieron pifias contra la banda. Lamentable bochorno para un colectivo de prestigio mundial en el latin jazz, semillero de músicos referentes en el género como el trompetista Arturo Sandoval, el saxofonista Paquito de Rivera y el mismo director de la banda, Chucho Valdés, y que contó incluso con la admiración de figuras de la talla de Dizzy Gillespie y Jaco Pastorius. Ni la prevención del extinto diario La Época, quienes dedicaron una página completa a la agrupación con el título “No todo es Silvio, fíjese en Irakere”, sirvió para apreciar a lo que perfectamente sería una selección nacional de músicos de Cuba.

Ya entrando en la fase final del concierto, otro momento muy aplaudido fue “Santiago de Chile”, canción donde Rodríguez defiende sus recuerdos del Chile que visitara en los años de Unidad Popular. Y tras casi dos horas y media de presentación, Silvio Rodríguez y Chucho Valdés en piano de cola larga, finalizaron con una versión intimista de “Unicornio”.

El concierto fue transmitido en señal abierta por TVN. El director fue Vicente Sabatini, el mago de las teleseries en el Chile de la transición.

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