Culto
El intenso concierto con que Nick Cave vuelve esta noche a Santiago

El intenso concierto con que Nick Cave vuelve esta noche a Santiago

Cuando ya han pasado dos horas de concierto, cincuenta fanáticos cantan y bailan junto a Nick Cave & The Bad Seeds arriba del escenario. No lo pueden creer. Están viviendo, seguramente, el mejor concierto de sus vidas, junto a ocho mil personas que corean en el Pepsi Center de Ciudad de México. Aquí ha comenzado la gira latinoamericana del australiano, que este viernes se presentará en el Teatro Caupolicán.

Quizá la vida se trate de escuchar y ver a Nick Cave en vivo, y no mucho más. De verlo moverse arriba del escenario como quien sabe que en ese lugar está todo: la posibilidad de la felicidad, pero también el único lugar donde se pueden redimir las culpas y donde se puede acabar —de alguna forma— con la tristeza.

Uno descubre todo esto en el preciso instante en que escucha la voz de Nick Cave —acompañada de forma portentosa por su banda, The Bad Seeds— adueñarse del mundo, del escenario, de la atención de las casi ocho mil personas que han llegado al Pepsi Center de Ciudad de México, el lugar que el australiano eligió para comenzar su recorrido por Latinoamérica: está presentando su último y elogiado disco Skeleton Tree (2016), marcado por la muerte de su hijo —quien cayó desde un acantilado en julio de 2015—, que tiñó el álbum de una inevitable oscuridad, y así empieza esto, el concierto, con Nick Cave cantando “Jesus Alone”: “You fell from the sky/ crash landed in a field/ near the river Adur”, susurra Nick Cave, susurra porque decir que canta sería una exageración: “With my voice/ I am calling you/ let us sit together until the moment comes/ with my voice/ I am calling you”.

Todo esto empieza con Nick Cave hablando, susurrando, pero luego se escucharán los acordes de “Do you love me?” y entonces aparecerá en escena otro Nick Cave, con una energía que inevitablemente se desbordará con “From her to eternity”: ya no son susurros, son gritos que tienen a todo el público saltando, desbordado, siguiendo su ritmo, sus movimientos. Nick Cave tira al piso un atril lleno de hojas, golpea el micrófono, la tristeza se convierte en rabia. Nick Cave es capaz de transitar por todos los estados de ánimo posibles en sólo unos segundos. Se lo permite su voz prodigiosa y también el sonido de los Bad Seeds, que están siempre a su disposición, que le permiten brillar en medio de toda esas letras oscuras y enigmáticas.

Cuando Nick Cave se sienta frente al piano, entonces todo ese desborde y esa locura se transforman en una intimidad salvaje, en una comunión que podría durar horas y con eso —con Nick Cave, su voz y el piano— bastaría para convertir todo esto en un concierto memorable. Se escuchan las primeras notas de “Into My Arms” y ya no hay nada que hacer. Es 2 de octubre en Ciudad de México y se conmemoran 50 años de la matanza de Tlatelolco. Nick Cave lo sabe y dedica, justamente, esta canción a las víctimas: “El 2 de octubre no se olvida”, dice y seguirá sentado frente al piano un par de temas más para luego volver a Skeleton Tree (“Girl in amber”, “Distant sky”) y entrar en la última parte del concierto, en que la locura se adueñará, una vez más, de todo. Ocurre, específicamente, cuando termina de cantar “Jubilee Street”: Nick Cave desaparece del escenario. Desde atrás del Pepsi Center no se sabe dónde está ese hombre alto y delgado que mide cerca de un metro noventa. Los Bad Seeds tocan un par de notas. Entonces, se escuchan los gritos: Nick Cave camina entre el público, los celulares lo apuntan, las luces, los flashes, la gente lo toca, y él avanza entre medio de todos con una tranquilidad que no se entiende. Camina hasta llegar a una tarima —donde están los sonidistas—, se sube y empieza a cantar “The weeping song”, uno de sus temas más conocidos. “Cuando Nick Cave se bajó del escenario y caminó como un dios sobre la marea de gente hasta llegar al otro lado y después regresar, nos enseñó a no tener miedo entre nosotros mismos”, va a escribir horas después un tuitero mexicano, explicando de forma perfecta lo que se vivió en ese instante. Pero faltaba el cierre, aquello que viene haciendo en la gira desde hace ya más de un año: de vuelta en el escenario principal, Nick Cave empieza a invitar al público a que suban y lo acompañen. Son cerca de cincuenta fanáticos los que están arriba del escenario junto a él. No lo pueden creer. Las cámaras los enfocan. Tratan de tocarlo, de darle la mano, de darle un abrazo. Él mantiene una calma imperturbable, el dominio de todo, nunca pierde el control de la situación aunque ahora estén junto a él esos fanáticos que saben que están viviendo, probablemente, el mejor concierto de sus vidas. Y entonces canta “Stagger Lee” y cierra con la bellísima “Push the sky away”. Una chica lo abraza fuerte mientras él canta: “And some people say it’s just rock and roll/ oh but it gets you right down to your soul/ you’ve gotta just keep on pushing/ push the sky away”.

Después de unos minutos, volverá para cantar tres temas más. Ahora sí todo va a terminar con la perfecta “Rings of Saturn” y, entonces, la ovación también dudará varios minutos. Lo que hizo Nick Cave es tan grandioso como único: convertir un puñado de canciones en una experiencia importante. Eso siente uno: que acaba de vivir algo importante.

Han pasado veintidós años desde que Nick Cave se presentara en Santiago, en una noche de terror —como bien lo contó hace un tiempo Jorge Acevedo en Culto, pero todo indica que este viernes 5 de octubre, cuando se presente en el Teatro Caupolicán, la historia será otra.

Sobre el autor:

Diego Zúñiga |
Editor y escritor. Es autor de las novelas Camanchaca, Racimo, Soy de Católica y el libro de cuentos Niños Héroes.