Culto
La pasión según Kasabian

La pasión según Kasabian

Lo de anoche fue un concierto que corroboró todas las veces que la prensa británica ha declarado a Kasabian como la mejor banda para ver en directo.

Estamos coreando como si nuestro equipo hubiera goleado, los brazos arriba unidos en un mantra que dibuja la melodía de “L.S.F.”, temón psicodélico y bailable del disco debut de 2004 de portada icónica que sólo lleva el nombre de la banda. Tenemos un pitido en los oídos, el sudor corre, abundan las sonrisas. Kasabian ha dejado los instrumentos la noche del martes en un teatro Caupolicán con capacidad reducida -las galerías desaparecieron tras oscuros telones-, y aún así grandes claros en el recinto. La banda inglesa no convocó mucha gente pero qué importa, seguimos coreando, exigiendo el bis, metiendo bulla como si fuéramos más. Todo lo sucedido antes, trece cortes recorriendo la discografía de seis álbumes, ha sido un triunfo de la música en vivo con vocación festiva.

Kasabian funciona como un equipo que sale a ganar aunque el recinto no esté repleto con una táctica que exige la reacción del público para crear un solo cuerpo, una masa unida en voces y movimientos, una ola que va tomando forma y se retroalimenta de rock pendenciero, fiestero y narcótico, estilísticamente mucho más diverso y jugado que el vocabulario musical de Oasis, con quienes injusta e insistentemente se les compara. El vocalista Tom Meighan alienta, levanta los brazos, hace palmas, gesticula y recorre el escenario como el mandamás de una barra con un amplio arsenal de coros gancheros y fraseos esculpidos con métrica de hip hop. Cuando los temas rematan, suele chocar las manos con el capitán, el guitarrista y cantante Sergio Pizzorno, como si hubieran inflado la red.

Pizzorno lidera un equipo donde el bajista Chris Edwards y el batero Ian Matthews mantienen un segundo plano en términos escénicos, aunque funden una base rítmica formidable sin yerros al ataque en todo momento alternando tiempos como sucedió en “Empire”, una de tantas ocasiones en que el coro convocó saltos y puños en alto. En “Days are forgotten” armonizamos como si se tratara de un antiguo cántico, y “Club foot” fue celebrada con el Caupolicán transformado en discoteca, sensación que persistió en “You’re in love with a psycho”, del último e irregular álbum For crying out loud (2017).

Tocaron lo justo, hora y media, dejando fuera grandes títulos como “Shoot the runner” y “Processed beats”. Y así como tuvieron saltando a una audiencia de treinteañeros hacia arriba que no se ha renovado, también nos pusieron en cuclillas. En “Fire”, la última de la noche y un verdadero himno futbolero utilizado en un par de temporadas por la Premiere league y el Leicester city, equipo del que son hinchas, Sergio Pizzorno le pidió al público que adoptara esa posición a ras de piso para convocar un salto final, el broche de un concierto que corroboró todas las veces que la prensa británica los ha declarado como la mejor banda para ver en directo.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras