Culto
Una tarde gris con Vicente Bianchi

Una tarde gris con Vicente Bianchi

En agosto de 2014, Reportajes de La Tercera publicó un artículo justo después de que el músico fallecido este lunes 24 no fuera elegido -como era tradición- en el Premio Nacional de Música, que finalmente se llevaría en 2016 tras 17 postulaciones. El pianista y compositor que musicalizó los versos de Neruda estaba molesto. Los apoyos que había pedido a Farkas, Don Francisco e Ignacio Walker, habían sido en vano.

Sentado en su silla de ruedas, espera el inicio del homenaje que le harán en el Centro Cultural de Carabineros.

-¿De pie o en la silla?, le pregunta una de sus acompañantes.

-De pie.

Hace ya dos décadas que viene diciendo en sus entrevistas que sólo le quedan un par de años. Vicente Bianchi -pianista, compositor, director de coro y orquesta-, nació un 27 de enero, cuando Juan Luis Sanfuentes Andonaegui era presidente, en 1920. El mismo día, 164 años antes, nació Mozart. “Yo creo que algo de Mozart hay en mí”, dice Bianchi, quien a mediados de la década de los 50 musicalizó los versos de Pablo Neruda, entre ellos “Tonadas de Manuel Rodríguez”.

Caminando con su bastón negro y escoltado por las compañeras de curso de uno de sus tres hijos, a Bianchi se le abre el paso para que pueda pasar por entre medio de las aproximadamente 500 personas que llegaron al evento. A uno de los tantos homenajes que le han hecho en sus 94 años de vida y que -como otras veces antes- buscará aliviarle el trago amargo.

Hace una semana dieron a conocer al ganador del Premio Nacional de Artes Musicales: León Schidlowsky, compositor y pintor radicado hace 45 años en Israel. Aunque avalado por los expertos, el nombramiento tomó por sorpresa a algunos postulantes y reflotó ciertas críticas. Bianchi está dolido. “No tiene nada de musical, nunca aquí lo querían tocar. El asunto es que a este hombre lo apuntaban, hablando maravillas de él para convencer al jurado, que son todos unos ignorantes, porque qué sabe el rector, qué va a saber el ministro”, dice quien escribió los arreglos para el himno de la Universidad Católica (1943) y las obras religiosas Misa a la Chilena (1965), Te Deum (1970) y Misa de la Cruz del Sur (1970). Esta fue la decimosexta vez que lo postularon al premio.

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“La tonada”. Así reza el clásico cartel que cuelga a la entrada de la casa estilo colonial de Vicente Bianchi en La Reina, la comuna cuyo Centro Cultural tiene su nombre y una estatua que intenta aparentar su busto. Hoy recuerda los inicios de ese centro. Había una casona con un gran patio, y allí vivía un hombre, solo, ermitaño, tanto que cuando falleció pasaron días antes de que alguien se percatara. El asunto es que como nadie reclamó el terreno, pasó a ser dominio de la municipalidad, la cual no sabía bien qué hacer con ella. Paralelamente también quedaron a disposición unos terrenos contiguos que durante la colonia habían pertenecido a Catalina de Los Ríos y Lisperguer, más conocida como La Quintrala, donde vivió la cantautora Violeta Parra, quien en varias ocasiones había compartido almuerzos y momentos con el pianista. “Ibamos a hacer una grabación en conjunto”, recuerda Bianchi, “pero se mató antes”.

Lleva más de 40 años viviendo en La Reina, junto con su hija menor Bernardita, uno de sus nietos y su perra mestiza, a quien le pusieron María Porota “para darle un aire más sofisticado”. Al interior de la casa, en el living, hay un piano y un arpa. Un piano probablemente similar al que su madre, Blanca Alarcón, alguna vez tuvo en su casa en Ñuñoa, cuando él era pequeño, y que empezó a tocar cuando tenía seis años.

Bianchi estudió 10 años de piano. A los 12 entró al Conservatorio de la Universidad de Chile y paralelamente realizó sus estudios en el Colegio Manuel de Salas. “Así que vienen a decir ahora que no hice academia”, se queja, refiriéndose a uno de los argumentos que han esgrimido para explicar por qué no le dieron el Premio Nacional de Artes Musicales. Realizó cursos de piano, teoría, composición y dirección orquestal. Bianchi veía cómo funcionaban los mejores pianistas y admiraba mucho a Claudio Arrau. Quería que le dieran una beca como se la habían dado a él, y su padre, Germán Bianchi, que era amigo del Presidente Arturo Alessandri Palma, trató de hacer realidad esa idea, pero jamás se concretó. “Arrau fue mandado por el gobierno, fue con la mamá y la hermana a Europa. Yo no podía ir con mi mamá y mi papá, así que no funcionó”, recuerda.

Sobre el piano de su casa hay una foto de su esposa, Hely Murúa, cuando era joven. Falleció hace cuatro años, justo cuatro días antes del terremoto del 27 de febrero. Ella provenía del norte, de una numerosa familia con 10 hermanas y cuatro hermanos. Todos cantaban en coros. Bianchi recuerda que un día lo llamó una amiga y le dijo que quería presentarle a una cantante. “Ella tenía una cultura musical fuerte”, dice Bianchi. En ese entonces él trabajaba en la Radio Minería. La escuchó y quedó trabajando en la radio. Tras unos meses de pololeo se casaron. Bianchi tenía 27 años.

En una esquina del living hay una repisa que tiene 35 de los premios que Vicente Bianchi ha recibido a lo largo de su carrera. Los muestra, aunque sabe que falta uno, el que no llegó la semana pasada. “Son más de 100, los otros están en cajas”, asegura. En la parte superior hay dos gaviotas, una de las cuales ganó en 1988, en el Festival de Viña del Mar, con la canción “La noche de Chillán”. De inmediato recuerda la historia: fue enero de 1973, un par de meses antes del Golpe de Estado, Bianchi fue a visitar a Neruda -con quien mantenía una amistad- un poco antes de que falleciera. Le fue a mostrar unos arreglos que le había hecho a los Cien Poemas de Amor. “El ya estaba en cama, liquidado, muy enfermo”, dice sobre el episodio. Fue en esa conversación que Neruda tomó un papel y comenzó a escribir unos versos. Cuando terminó, se los pasó y le dijo “para que los musicalices cuando quieras”. Esos escritos, inéditos, dieron paso a la canción que lo hicieron ganador de la competencia folclórica. “Y ahora dicen que lo mataron, mentira. Si yo estuve con él, y ya estaba pésimo”, dice.

Durante los años del régimen militar dice que estuvo muy activo, ya que lo llamaban para muchos eventos. “El coronel que era alcalde en ese tiempo acá siempre me decía Vicente, nosotros estamos trabajando muy bien, porque era verdad, yo nunca me metí en política”. Dice que estuvo una vez con Augusto Pinochet, pero que tuvo más trato con su mujer, Lucía Hiriart, debido a la conexión que había con los trabajos que hacían en el Templo Votivo de Maipú. “Yo era muy amigo de la mamá del cardenal Errázuriz, y ella siempre me pedía alguna cosa para el Templo”, dice. La recuerda como una mujer dura y muy perfeccionista. “Llegaba a revisar todo, hasta los baños por si faltaba jabón”, la última vez que la vio fue para el tercer matrimonio de la menor de las hijas de Pinochet, Jacqueline, ya que él fue el encargado de la música en la ceremonia religiosa.

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A pesar de su edad, Bianchi aún tiene proyectos que quiere concretar. Por eso le dolió no recibir el premio, ya que contaba con ese financiamiento. Incluso una vez trató que Leonardo Farcas lo ayudara, pero no hubo interés del empresario. El anhelo era tal que trató de hacer lobby con el presidente de la DC, Ignacio Walker, a través de su esposa, Cecilia Echenique, con quien ha trabajado. “Hablé con ella hace poquito y le dije que hablara con su marido para ver si me apuntalaba, ya que estaba viéndose a cada rato con ese hombre, con el ministro (Eyzaguirre)”. Don Francisco, otro con quien trabajó, envió también algunas cartas -dice- para apoyarlo en lo del premio. “Pero nada resultó”, vuelve a quejarse.

Ricardo Lagos fue el único que, cuando era presidente, le concedió una pensión de gracia que sumada a su jubilación le deja 900 mil pesos mensuales. Con la Presidenta Michelle Bachelet trató de agendar tres audiencias en su primer gobierno, pero jamás lo recibió. “Para este no le he pedido audiencia, hay un enredo tan grande, tanta gente joven que no tiene tanta experiencia”.

En el patio trasero de la casa de Bianchi hay una piscina, un parrón donde almuerzan en verano y en una muralla cuelga un letrero metálico con forma de flecha que dice “Manuel Rodríguez”, tal como sus famosas tonadas. “Lo encontré tirado”, dice, mientras da un sorbo a su copa con pisco sour, “Así que me lo llevé”.

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