Culto
El viejo, el mar y los gatos: la casa de Ernest Hemingway en Key West

El viejo, el mar y los gatos: la casa de Ernest Hemingway en Key West

Situada al sur del estado de Florida, en este hogar el autor estadounidense pasó por uno de sus periodos más prolíficos: terminó su novela Adiós a las armas y escribió varios de sus mejores cuentos. Y también comenzó su afición por los gatos.

Podría ser un doble de Ernest Hemingway. O uno de los tantos turistas bronceados que caminan por Key West. Stan lleva una barba canosa, el mentón cuadrado y una actitud templada, masculina y un poco distante. Viste una camisa hawaiana y unas bermudas beige, además de calcetines de algodón y unas New Balance blancas. Cuesta entender si el guía de la casa de Hemingway en Key West realmente quiere parecerse al autor estadounidense ganador del Nobel, o simplemente viste el look que casi todo el mundo lleva en esta isla al sur de Florida, Estados Unidos. Como sea, hay una sola cosa que lo diferencia totalmente del autor de Fiesta: Stan lleva el pelo largo y amarrado y un jockey blanco con letras rojas que dice Key West. Mientras que Hemingway, en la gran mayoría de fotos, siempre aparece con el pelo corto.

Uno entra a la Ernest Hemingway Home and Museum y luego de pagar la entrada (14 dólares, solo efectivo), hay una figura levemente hemingweyana en el porche. Stan saluda y ofrece una hoja informativa con los fatos básicos de la casa/museo.

“Esperemos que llegue más gente”, dice con esa controlada cordialidad de los estadounidenses que a veces los latinoamericanos confundimos con frialdad. “Por mientras, si deseas, puedes recorrer el primer piso”.

Sucedió por accidente: cuando llegaron a Key West desde París, vía La Habana, el 7 de abril de 1928, Ernest y la muy embarazada Pauline Hemingway no planeaban quedarse en la isla por más de dos días. La idea era recoger el automóvil que el tío de Pauline había encargado para conducir hasta la propiedad de su familia en Piggott, Arkansas, y de ahí a Kansas City, donde daría a luz a Patrick, su primer hijo y el segundo de Hemingway.

Pero como bien le había advertido su amigo y también escritor John Dos Passos, Key West era un pequeño paraíso. Algo que eventualmente encantó tanto Hemingway como a Pauline, ya que la vida en el remoto Cayo Hueso era como estar en un país extranjero pero a la vez en Estados Unidos.

“Es el mejor lugar en el que he estado; hay flores, tamarindos, guayabos y cocoteros”, dijo Hemingway, quien tenía 29 años cuando pisó Key West. “Anoche me tomé una absenta y terminé haciendo trucos con cuchillos en un bar cercano”.


Ernest antes de Hemingway

Minutos más tarde Stan nos reúne a todos. Somos un grupo de turistas muy poco heterogéneo, no más de 15. La mayoría son blancos, rubios, bronceados, pasados de peso y un poco bovinos. Aunque también hay una pareja de jóvenes y delgados asiáticos. Y quien escribe.

Por fuera la casa de Hemingway es imponente; parece una pequeña mansión, pese a que por dentro es más bien estrecha. Construida en 1851, Stan asegura que está hecha de piedra colonial española. Por fuera la casa tiene ventanas francesas con persianas verdes y exuberantes jardines cubiertos de sagú de hojas grandes, palmitos, palmeras datileras y banianos de tronco grueso.

Caminamos por el primer piso, el cual se divide en cuatro ambientes. Un living con distintos muebles y objetos de safaris, otra pieza con las murallas llenas de afiches de varias adaptaciones cinematográficas de libros de Hemingway, una estrecha cocina con muchas baldosas, y un pasadizo con escalera de madera que cruje y da al segundo piso.

Stan nos dice que muchos de los muebles son antigüedades europeas recolectadas durante el tiempo de los Hemingway en París, ya que ahí el autor conoció a Pauline Pfeiffer. Que los trofeos y las pieles fueron recuerdos de los safaris africanos y numerosas expediciones de caza en el oeste de Estados Unidos. Y que a lo largo del tour veremos muchos gatos.

Lo cual se cumple rápidamente: ya en el primer piso, sobre un sillón de madera antiguo y con un cordón de seguridad para impedir que la gente se siente, un gato gris y ancho duerme. Los asiáticos son los primeros en sacar una foto. Luego sigo yo. Y entonces una señora pálida con bermudas, camisa calipso y pelo canoso lo acaricia. Sorprende la actitud del gato. No le importa que la gente lo toque ni le saque fotos. No hace nada.

“Ya están acostumbrados”, explica Stan.

La historia de los 54 gatos que hoy viven en la casa de Hemingway se remonta a la década en que el autor vivió acá. En esos tiempos se necesitaban gatos para que cazaran ratones. Pero no solo eso, ya que algunos capitanes en Key West seguían una vieja superstición. Según ellos, los gatos de seis dedos gatos –los cuales sufren una enfermedad genética y se llaman polidáctiles– traían suerte. Y de ahí que un día Hemingway recibiera un regalo de un capitán: un pequeño gato llamado Snow Ball (Bola de Nieve). De aquel, al parecer, provienen los 54 gatos que actualmente pululan por la casa. Lo más divertido son sus nombres. Hemingway los bautizaba con nombres de escritores, estrellas de Hollywood, artistas y hasta familiares muertos. Y la tradición, en todo caso, aún continúa.

“El del sillón”, dice Stan y se queda pensativo por unos segundos. “Si no me equivoco es Marilyn”


Key West era una fiesta

“La vida de cada hombre termina de la misma manera,” dijo el autor de Por quién doblan las campanas. “Son solo los detalles de cómo vivió y cómo murió que distinguen a un hombre de otro”.

Las casas de escritores nos dan acceso a ese tipo de aspectos mínimos y mundanos. Justamente esos detalles que ayudan a complejizar –y a veces a confirmar– los clichés y matices de una figura, por ejemplo, tan totémica como la de Hemingway.

Lo cual en este caso es complejo, especialmente porque para muchos Hemingway representa la imagen del escritor macho y violento, de barba canosa y cuerpo fornido. Y es aquí en Key West, de hecho, donde se alimenta eso mismo, el cliché más hemingweyano de los hemingweyanos. El último fin de semana de julio se celebra el concurso anual dobles de Hemingway. Son cientos de hombres blancos y barbudos (como Stan) que corren por la calle central de Key West y beben sangría o ron.

Stan habla mientras subimos al segundo piso. En el paso de la escalera a la habitación principal hay algunos libros de Hemingway resguardados tras un cristal. Alcanzo a ver títulos de guerra, atlas, historia, geografía, África, pero no hay mucha ficción. Según Stan, la mayoría de los libros están en la Finca Vigía, el hogar cubano de Hemingway. A pocos pasos de los libros hay un dormitorio con una cama de madera antigua y cubierta con sábanas blancas y radiantes: sobre éstas duermen dos gatos. Uno persa y otro completamente negro; uno se llama Orson (Welles) y el otro es Capote (Truman). En una de las murallas, además, cuelga una réplica de un cuadro de Joan Mirò, La Granja. Y al costado una puerta que conduce a una habitación extra, en la que hay fotografías del tiempo de los Hemingway en Paris. Por ahí se ven Gertrude Stein y Alice B. Toklas, Francis Scott Fitzgerald, su esposa Zelda. Y Hemingway y Pauline, jóvenes y felices.

Bajamos nuevamente por las escaleras, salimos de la casa y caminamos por la parte trasera de esta. Stan dice que es el recorrido que todas las mañanas, a las seis, Hemingway hacía para llegar a su estudio y ponerse a escribir. A lo largo del camino se ven más y más gatos. Todos de seis dedos y con nombres de famosos: Dillinger, Al Capone, Djuna, Getrude.

El estudio es amplio y está acordonado, por lo que solo se ve a lo lejos; hay un escritorio de madera, una máquina de escribir, estantes con libros, la cabeza de un venado en una muralla y, por supuesto, algunos gatos desparramados.
“Ese es Humphrey y esa es Zelda,” dice Stan.


Hasta el último centavo

Si uno mira la bibliografía de Hemingway, se nota que el tiempo con Pauline en Key West fue tal vez el más prolífico de su carrera. Acá terminó Adiós a las armas, así como escribió Muerte en la tarde, Tener y no tener y Verdes colinas de África. Hemingway escribía por las mañanas y por las tardes salía a recorrer Key West; iba a los bares, a pescar y a ver u organizar peleas de box. Por lo mismo, como él confesó muchas veces, no era el mejor de los maridos ni padres. Hacia fines de los años 40 la relación entre Hemingway y Pauline no estaba en su mejor momento. Llevaban nueve años casados cuando en su bar preferido de Key West, Sloppy Joe’s, conoció a Martha Gellhorn. Dicen que fue un encuentro breve pero aún así lo marcó: el autor estadounidense quedó flechado y por eso en 1937 Hemingway hizo planes: organizó un viaje a España, país que pasaba por una guerra civil. Su coartada era que escribiría artículos para diarios estadounidenses. Y que así ayudaría a los republicanos. Pero su motivo secreto era otro: juntarse con Gellhorn, quien lo estaría esperando en Madrid.

Al bajar del estudio donde Hemingway escribía todas las mañanas, Stan nos lleva a recorrer el jardín de la casa. Es justamente en esta parte donde, a su vuelta de España, el autor estadounidense se encontraría con una sorpresa: una piscina. “De hecho”, dice Stan, “la primera piscina en todo Key West”.

El problema fue el precio: $20,000 dólares, lo cual era más del doble de lo que habían pagado por la casa (8 mil dólares). Hemingway se sintió desagradablemente sorprendido por el costo y gritó: “¿Acaso me quieres dejar sin dinero? Pues bien, acá tienes mi último centavo” y acto seguido sacó una moneda y la tiró al suelo. Pauline la recogió y años más tarde la incrustaría dentro de un cuadrado de concreto, a un lado de la piscina, y el cual permanece hasta la actualidad.

No muy lejos del centavo, nos indica Stan, hay otra curiosidad. A primeras parece una pequeña fuente de la cual cae agua. O algo parecido a una vasija de cemento. Pero no. Obtenido después de una renovación en Sloppy Joe’s, Hemingway convirtió un orinal en una fuente de agua para mojar el terreno. Y donde hoy los gatos toman agua.

En 1940 Hemingway se divorció de Pauline. Esta se quedaría a cargo de Patrick y Gregroy, quienes eventualmente crecerían y se irían a la universidad. En 1951 Pauline moriría y la casa quedaría sola por un buen tiempo. Para entonces Hemingway estaba instalado en la Finca Vigía, casado con Martha Gellhorn y camino al Nobel. Volvería un par de veces a Key West, aunque solo para cuidar de la propiedad, o cuando necesitaba conseguir víveres antes de partir a Cuba. Hacia fines de los sesenta, luego de subidas y bajadas de ánimo, Ernest Hemingway sería internado en un hospital, donde le harían terapia de shock. Algunas fotos de entonces lo muestran viejo, serio y demacrado.

Fue en Key West donde Hemingway se terminó de convertir en Hemingway. En los siguientes años viviría en Cuba (desde 1939 a 1960). Y luego, causa de su depresión, volvería a Estados Unidos. De vez en cuando visitaba su casa en Key West.

Hasta que la madrugada del 2 de julio de 1961 –en su hogar en Ketchum, Idaho–, Hemingway abrió la bodega del sótano donde guardaba sus armas y subió las escaleras hacia el vestíbulo de la entrada principal de su casa. Consigo llevaba su escopeta favorita. Y ya nada sería como antes.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo