Culto
Sueños eléctricos o la selección imposible

Sueños eléctricos o la selección imposible

A propósito del nuevo libro del crítico español Eduardo Guillot sobre la historia de los films de música, bien podemos hablar de la dificultad de establecer parámetros en cualquier fenómeno actualmente. Sueños eléctricos: 50 películas fundamentales de la cultura rock es un compendio claro y bien justificado que pone a prueba el elemento central de nuestro consumo mediático: la importantísima e irrefutable opinión de quien lee.

Sean los 20 mejores discos del rock argentino, las 30 imperdibles series de televisión de este año o las 7 formas de preparar sopaipillas pasadas, las listas parecen ser la opción preferencial para informarse actualmente. Perfectas para resumir el exceso de información e ideales para generar discusiones y visitas; los rankings que pueblan los medios tienen, además, ese barniz de adjetivos urgentes y desproporcionados que tan bien se dan hoy. Ya se sabe, son cosas que escuchar/probar/viajar “antes de morir”, maravillosas en su carácter “épico” e ideales para compartir y olvidar con rapidez.

Por ello hacer una lista de lo que sea, actualmente, recuerda peligrosamente al pobre tipo que se ponía en los juegos de feria a recibir pelotazos hasta caer al agua. Seguramente no quieres estar ahí y te puedes salvar durante un rato si la gente es medio torpe, pero más temprano que tarde alguien acertará y volverás al mar de ignominia del que no deberías haber emergido. Jamás. Al final, las listas sirven para orientarse, pero también para demostrar la propia sabiduría en el ejercicio despiadado de enrostrarle al otro su “ignorancia”. Porque “¿en serio que no mencionaste esa buenísima serie policial de Kazajistán, éxito en el Netflix ruso? ¿Y el disco de lados B editado sólo en Japón? ¿Te presento a mi amigo Google?

Estando así el barrio, un libro como Sueños eléctricos. 50 películas fundamentales de la cultura rock (UOC, 2017) juega con el público en contra y con el mediocampo de la Selección Chilena de 2002. Eduardo Guillot, destacado periodista cultural español, colaborador en obras dedicadas al cine negro y a la música independiente, decide en esta ocasión complementar su trabajo de editor en ¡Rock Acción! Ensayos sobre cine y música popular (Avant Press, 2008), con esta selección acotada y de fácil lectura de las que, a su juicio, son las películas fundamentales de la música popular.

La idea de Guillot es, dentro del limitado espacio de 200 páginas, dar una visión panorámica de los films que mejor reflejaron diversos momentos dentro de la cultura rock, aunque en esto se amplíen los parámetros para incluir disco, country, reggae, hip hop, folk y música latina. Ello genera una selección que abarca desde Semilla de maldad (Blackboard Jungle,1955) de Richard Brooks que, a pesar de su tono alarmista contra la rebeldía juvenil, tenía como música de créditos el “Rock around the clock” de Bill Halley and the Comets hasta la mezcla entre ficción y realidad que presentan Iain Forsyth y Jane Pollard en 20.000 days on Earth sobre la vida de Nick Cave.

Con una introducción que establece los nexos entre cine y cultura rock en cuanto fenómenos masivos en la sociedad de consumo de los 50s, Guillot plantea cómo el desarrollo de nuevas expresiones en ambos campos ensancha constantemente los límites establecidos y refleja las modificaciones públicas y privadas de cada época. Que esas manifestaciones inéditas devengan luego en productos de venta masivos, no pareciera ser culpa de los autores, ni del público inicial. Digamos que es así como la industria se mantiene y, además, permite a los rockeros, mods, metaleros y hip hoperos tener dignas jubilaciones, lo que nunca está demás.

Un breve, pero contundente ensayo da inicio al libro y abre la curiosidad del cinéfilo y/o melómano con buen ancho de banda de Internet, explicando las diversas etapas en la relación entre el sonido y su correlato visual a través de 200 referencias. También sirve como clarificación/excusa para la selección de las 50 que conforman el cuerpo del texto. Subido a su banquillo de feria y atisbando el agua bajo sus pies, el autor explica lo amplio que son el concepto “cultura rock” que suscribe, el tipo de película mencionada (ficción, biopic, documental, etc) y el criterio de importancia histórica del que deriva el listado final.

Considerando que Guillot ha tenido la prudencia de hablar de películas “fundamentales” y no de las mejores (que ahí sí que se comienzan a amasar las pelotas para hundir en el agua al irresponsable), la selección se puede agrupar en ciertas categorías que ayudan a comprender a quienes fueron reseñados en el libro. Primero, se presentan las películas de ficción que incorporan la música como elemento central que contextualiza el relato (Blow up, American Graffitti, Saturday night fever, High fidelity), las que van decreciendo en importancia según avanza el texto y los años considerados.

Como un primer relevo, surgen los films que tienen a solistas y bandas como partícipes de la trama y objeto de promoción en los tiempos previos a los videoclips, ya fuera en una versión comunitaria con Rock, rock, rock (Will Price, 1956) o de vehículo directo de un solista como Elvis Presley (King Creole, Michael Curtiz, 1958) o de una agrupación como The Beatles (A hard day’s night, Richard Lester, 1964). Es, justamente, esta última referencia la que marca un punto y aparte en su estética novedosa que antecede al videoclip y que deja de lado la solemnidad de los retratos de la década anterior. Desde la misma vereda, pero aumentando la experimentación y los vapores lisérgicos, está Frank Zappa y 200 Motels (Tony Palmer y Frank Zappa, 1971) una obra que de tan mítica cuenta, incluso, con un documental sobre su caótica realización (The true story of Frank Zappa’s 200 Motels de 1987).

En lo alusivo a los documentales específicos sobre músicos, la selección comienza, como es pertinente, con la figura de D.A. Pennebaker y su periplo inglés tras el esquivo Bob Dylan (“Don’t look back”, 1967). Esta primera incursión en la trastienda de un artista es complementado en el libro con alusiones al, postergado por décadas, retrato sobre Leonard Cohen y su dificultosa gira de 1972 (Bird on a wire, Tony Palmer, 1974-2010); y en su versión más actual con la pesadilla mental de un icono indie (The devil and Daniel Johnston, Jeff Feuerzeig, 2005), la insobornable actitud de una banda como Fugazi (Instrument, Jem Cohen, 2003) o la segunda oportunidad para contar la historia de la mayor estafa del rock and roll, o no (The Filth and the Fury, Julien Temple, 2000, sobre The Sex Pistols).

Como en ocasiones separar la actividad de un grupo de su entorno es imposible, el libro considera las películas que remiten a escenas musicales y sociales, ya sea el festival más mitificado de la historia (Woodstock, Michael Wadleigh, 1970), Manchester en período ácido (24 Hour Party People, Michael Winterbottom,2002) o Seattle vs las garras de la industria discográfica (Hype!, Doug Pray, 1996). Tampoco se obvian los momentos en que directores establecidos han dado una pátina de respetabilidad a un género que recién se iniciaba, desde Jean Luc Godard retratando los conflictos del 1968 al ritmo de la grabación de “Sympathy for the Devil” de The Rolling Stones en la película del mismo nombre, Martin Scorsese documentando sobriamente el final de The Band (The Last Waltz, 1978) o Jonathan Demme haciendo lo contrario en el fantástico registro de Talking Heads en vivo (Stop making sense, 1984).

¿Qué más se encuentra en Sueños eléctricos? Bueno, todas las otras posibilidades que se han abierto y que el texto intenta abarcar, aunque con pocas alusiones a la última y muy interesante década de producciones audiovisuales. Aun así, se mencionan intentos de músicos de expandirse a otra áreas (Mick Jagger y Paul Simon en Performance y One trick pony, respectivamente); documentales falsos (This is Spinal Tap) y otros verdaderos que ojalá hubiesen sido mentira (Dig!), óperas rock de ayer y hoy (Phantom of the Paradise, Tommy, Edwig and the angry inch) y algunos escasos retratos alejados del predominio inglés y estadounidense (The harder they come, Buena vista social club).

Como ya planteamos, la tentación de leer el libro desde lo que falta es alta e idiosincrática. También la necesidad de buscar una visión más académica y con mayor profundidad (para el que le interese sirve el libro anterior del autor y una referencia nacional en el interesante Suban el volumen. 13 ensayos de cine y rock de 2016). Pero, quizás, la intención del texto va justamente en motivar a la elaboración, en cada uno, de ese canon personal siempre insuperable.

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