Culto
La ópera saca la voz

La ópera saca la voz

De acuerdo a la última Encuesta de Participación Cultural, la ópera es la actividad artística menos vista en Chile y un 84,6 % de la población nunca fue a un espectáculo lírico en su vida. Sin embargo, la cifra es una moneda de dos caras: en el país hay sólo un teatro lírico, imposibilitando la llegada a más público. Cantantes, directores y gestores creen que hay que hacerse escuchar, derribar la ignorancia y llevar la ópera más allá del Teatro Municipal.

Una pequeña escena de ópera en el Congreso: el mismo 22 de agosto en que el director del Teatro Municipal Frédéric Chambert desató la ira de la soprano chilena Cristina Gallardo-Domâs al hablar de su carrera profesional, el barítono valdiviano Javier Arrey (1982) llegó al Poder Legislativo chileno con una carta del director del Metropolitan de Nueva York que instaba a los parlamentarios chilenos a incluir la ópera en la nueva Ley de Artes Escénicas. El cantante también traía argumentos para poner sobre la mesa. ¿Por qué la ópera es importante? ¿Por qué la fama de elitista la precede? ¿Por qué debería estar más en regiones?

“Hay un desconocimiento en general con respecto a la ópera”, comenta Arrey, uno de los chilenos con mejor carrera en el extranjero, con habituales presentaciones en el Metropolitan de Nueva York, la Opera de Viena o la Opera Nacional de Washington. “Cuando discutimos el tema en el Congreso nos dijeron que no es mucha la gente que va y nos daban los datos de las encuestas. Sin embargo, que no vayan no significa que no guste. Simplemente no la conocen”, explica el barítono.

Las cifras a las que se refiere Arrey pertenecen a la Encuesta de Participación Cultural 2017 del Ministerio de las Culturas, donde efectivamente un 84,6 % de la población consultada dice nunca haber asistido a una ópera en su vida, un 13,5% alguna vez y el 1,9% durante los últimos 12 meses.

La voz de Arrey es en realidad la de un solista importante en un coro con muchos integrantes. Se trata de la palabra de toda la comunidad lírica chilena, que comenzó a hacerse escuchar con fuerza en junio cuando el Senado rechazó incluir la ópera dentro de la nueva Ley de Artes Escénicas, donde sí se contemplaba al resto de las disciplinas, desde el teatro a los títeres. Tras las protestas de los cantantes y la insistencia desde el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, la ley entró de nuevo a la discusión legislativa.

A este tira y afloja de argumentos fue al que llegaron Frédéric Chambert y Javier Arrey aquel 22 de agosto. El proceso va bien encaminado, pero aún no hay ley. Las razones cualitativas de la ópera tienen años de historia a su favor, pero sus intenciones chocan con una realidad que para muchos debe ir más allá del Teatro Municipal.

“El único gran oferente de ópera en el país es el Teatro Municipal, que debe llevar cerca 60 mil personas al año”, dice el director de orquesta Eduardo Browne (53), quien en agosto condujo La traviata en el Teatro Municipal de Las Condes. “Ese es el gran problema: no hay más alternativa que esas butacas del Municipal. Es decir menos del 1 por ciento de la población de Santiago. El resto de la gente, aunque tenga ganas, no puede ir. Y eso sin considerar que gran parte de aquel público está abonado y es el mismo de siempre”, agrega Browne, y recalca: “En esas circunstancias, es lógico que la gente no conozca la ópera”.


Por Las Condes y por La Legua

Pero más allá del número de asientos disponibles en el Teatro Municipal, la ópera se enfrenta al evidente desafío de conquistar una audiencia bombardeada por otros entretenimientos. “Hay que hacer la labor de prekinder, llevar a escolares a una ópera o ir a los colegios. Nadie está acostumbrado a la voz impostada ni a tres horas, considerando que en el cine sólo películas como El señor de los anillos duran eso”, dice Eduardo Browne, que en La traviata trabajó junto a la directora de escena Miryam Singer (63).

Justamente esta régisseur nacional es una de las que ha logrado desarrollar más producciones fuera del tradicional Teatro Municipal. Su Traviata en Las Condes contó con nada menos que 10 funciones a tablero vuelto.

Singer es de las que considera que en Chile hay más público y se hace más ópera de la que se cree. También realiza un singular análisis comparativo con otras artes: “La ópera es un emprendimiento costoso. ¡Pero también lo es el cine! No obstante, hace más de 10 años el país decidió desarrollar esa industria, y hoy tenemos un Oscar. La estrategia de desarrollo funcionó y hoy da sus frutos”.

Pero el campo de acción futuro del género lírico no es un insonsable salto al vacío. Hay viejas experiencias que para algunos golpean la memoria y podrían desenterrarse. Patricio Sabaté (45), el barítono chileno que protagoniza El barbero de Sevilla que estará en Municipal desde pasado mañana, recuerda cuando en 1996 cantó en poblaciones de Santiago.

“Hicimos varias óperas tempranas de Rossini junto al director teatral Andrés Pérez, que muchos sólo conocen por La negra Ester”, dice Sabaté en medio de uno de los ensayos de El barbero de Sevilla. “Son óperas portables, bufas, de un sólo acto. El director musical era justamente Eduardo Browne e íbamos a La Legua con una orquesta pequeña. Rossini no necesita tantos músicos”, precisa sobre la iniciativa que financió la ex Fundación Andes y ocupó a artistas del Teatro Municipal.

El cantante también hace alusión al inevitable y recurrente sesgo social asociado a la ópera. “En aquellas presentaciones la respuesta del público siempre fue muy buena. Había mucha identificación, cantábamos para personas más cerca de nosotros mismos. La mayoría de los que hacemos ópera no nacimos en cuna de oro y y las divisiones sociales de la lírica no las hemos hecho nosotros”, afirma el barítono.


La deuda en regiones

Patricio Sabaté, además, fue uno de los cantantes que se presentó en los históricos montajes realizados en el Teatro Regional de Rancagua entre el 2015 y 2016, cuando el recinto presentó la ópera Orfeo de Monteverdi y además estrenó en el país Platée y Les indes galantes de Jean-Philippe Rameau. El caso de la barroca Platée fue excepcional en la medida que además era primera vez que se daba en Latinoamérica.

Con menos recursos que otras instituciones, el Teatro Regional de Rancagua fue durante un tiempo un singular fenómeno de apuestas líricas y más de una vez salió de ahí el Premio de la Crítica a la Mejor Opera del Año. Hoy, con otra administración, ya no es plaza habitual lírica fuera de Santiago. Los que sí siguen dando óperas, aunque no más de una o dos al año, son el Teatro Regional del Maule (Talca) y en menor medida el Teatro Municipal de Temuco y el Teatro de la U. de Concepción. El imponente y recién inaugurado Teatro del Biobío no ofrece aún lírica en su programación.

A nivel de directores de orquesta, un protagonista destacado en los últimos años es Francisco Rettig, uno de los históricos y más importantes conductores nacionales junto a Juan Pablo Izquierdo y Max Valdés. Hoy está a cargo de la Orquesta Clásica del Maule. “El Teatro Regional del Maule logra, con un descomunal esfuerzo, financiar un título lírico al año”, afirma desde Colombia, donde es titular de la Filarmónica de Medellín. Pero Rettig también quiere enfatizar: “El Teatro cumple una labor social haciendo una función para comunas regionales. Además es un escenario regional para los artistas nacionales, desde el personal técnico hasta escenógrafos, iluminadores, directores de escena, coro, solistas, músicos, etcétera. Puedo afirmar que es un teatro regional de producción nacional”.

Desde el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio acusan la relevancia de las empresas operáticas fuera de Santiago y creen que su alto presupuesto siempre tendrá sus razones. “Los mayores costos que a veces implica montar una ópera, se ven retribuidos por el gran interés que despierta en la ciudadanía, sobre todo en regiones”, dice el subsecretario Juan Carlos Silva.


Gladiadores modernos

Es probable que aquel 84,6% de chilenos que declara nunca haber ido a la ópera en su vida sea una cifra intimidatoria, pero si la lupa se aleja y cambiamos a un gran angular, el panorama luce más auspicioso y Chile no queda mal en la tabla de posiciones. “El público chileno es importante y tiene opinión. Si comparamos con otros países de Sudamérica, tenemos más tradición operática que Colombia o Venezuela, donde hay muchos menos adeptos a la lírica”, sostiene Andrés Rodríguez, que dirigió el Teatro Municipal por más de tres décadas.

Desde el otro lado del continente, el Metropolitan Opera House de Nueva York es el modelo casi cliché de la compañía con dinero de sobra y mecenazgo aplastante. Es la casa de ópera más grande del mundo y más de 700 mil personas atienden sus producciones cada año. Sin embargo, problemas no le faltan y también ha debido reinventarse para ir en busca de más público. En el 2006 Peter Gelb se hizo cargo de la compañía e inauguró transmisiones en vivo a teatros y cines en cuatro continentes del mundo. Pasó de los miles a los millones de espectadores.

Gelb, un ejecutivo ambicioso, llegó al Metropolitan con la misión de ampliar las audiencias y entre sus iniciativas estuvo además la transmisión en pantallas gigantes en Times Square y el Lincoln Center en Nueva York, la creación de una radio, los ensayos de ópera con entrada gratuita y una política de precios reducidos. Cuando llegó al Met en el 2006 hizo su debut con Madama Butterfly, la impresionante producción que tenía a la chilena Cristina Gallardo-Domâs en el rol principal. Hoy, singularmente, el barítono Javier Arrey es otro chileno en su camino.

En la misiva que el cantante trajo al país, Gelb decía: “Los cantantes liricos son los gladiadores culturales de las artes, entrenados para cantar sin la ayuda de la amplificación, usando el poder de sus diafragmas para que sus voces se escuchen sobre la orquesta y el coro, buscando emocionar al público”. Hoy, como nunca, la ópera saca su voz para que se oiga sobre el ruido de la ignorancia y los prejuicios.


*Imagen principal: La ópera El Barbero de Sevilla, de Rossini, se presenta hasta el 28 de septiembre en el Teatro Municipal.