Culto
1988: el año que murió el rock latino

1988: el año que murió el rock latino

En el documental 80s, el soundtrack de una generación (2005) de Eduardo Bertrán, el ex manager de Cinema, Jorge Mackenna, sentencia que “el 90% de estos grupos son como el yogurt, tienen fecha de término”. Su analogía láctea tiene sentido.

Recuerdo el momento en que el rock latino dejó de existir para mi. Fue en el verano de 1988, cuando me di cuenta que sabía de memoria “Mi novia se cayó a un pozo ciego”, de Los Fabulosos Cadillacs, canción que odiaba. Ese año el Festival de Viña incluía a Los Enanitos Verdes, Álvaro Scaramelli, Nadie y Pancho Puelma, lejos del fervor y la consistencia de Soda Stereo y G.I.T. en la edición previa.

Seguía el veto para Los Prisioneros en TVN y radio Concierto, y la dictadura había boicoteado la gira de La cultura de la basura. La emoción en el ambiente por escuchar pop rock en español había cedido a la fomedad de Debbie Gibson, los 25 singles de Def Leppard sacados de Hysteria, y que “Patience” de Guns N’ Roses se convirtiera en el “Stairway to heaven” de la época. De golpe, el intenso reinado en FM del rock latino, la permanente presencia televisiva y una generosa oferta de conciertos, conjunción que obligó a reaccionar a una prensa de espectáculos acostumbrada a vedettes y patilludos cantantes españoles, había desaparecido.

Teníamos medio oficial, la revista Súper Rock. Por cien pesos te enterabas “del color de ojos de Cerati y de las letras de The Cure”, recuerda el periodista Eduardo Sepúlveda, que en octubre del 86 redactó completo el primer número. La revista, que alcanzó un tiraje de 60 mil ejemplares, dejó de circular aquel verano por una razón simple: el rock latino ya no era negocio.

Tres años antes, rito diario llegar apurado del colegio para escuchar Hecho en Chile de Sergio “Pirincho” Cárcamo en radio Galaxia, donde esas bandas que grababan casets en humildes portaestudios tenían muchas posibilidades de salir al aire junto a clásicos como Los Jaivas y Congreso. “Pirincho” fue clave en propagar grupos como bomba casera plagada de miguelitos. Escuchar “Nunca quedas mal con nadie” de Los Prisioneros, incluyendo puteada al canto nuevo, era adrenalínico. Recuerdo a Jaque Mate donde cantaba una chica, lo mismo en la primera encarnación de Emociones Clandestinas también con voz femenina, mientras en la radio Recreo de Viña pasaban el original de “Niña engreída”, mucho más dark que la versión oficial en el primer caset de Viena.

El ingeniero de ese debut, Hernán Rojas, había regresado a Chile desde EE.UU. en el duro invierno del 86 para hacerse cargo de estudios Horizonte. Su nombre figura en los créditos de los grupos más reconocidos, como Upa!, Bandhada, Aterrizaje Forzoso, Valija Diplomática, Electrodomésticos, Aparato Raro y Nadie. Del rock latino, cree que desapareció por expectativas desmesuradas en una escena precaria. “Había una dimensión poco realista del mercado chileno esperando grandes retornos, y el resto de la infraestructura no estaba preparada para proyectar al movimiento”.

La trascendencia del plebiscito de 1988 copó prácticamente la agenda nacional y fue una de las causas para la pérdida de relevancia mediática del rock. Eduardo Sepúlveda de Súper Rock coincide y suma una crisis creativa. “Faltó evolución en las propuestas. La gente se dio cuenta que había un vacío”.

“Pirincho” se fue de Galaxia el 89. “Me quedé sin material. Creí que tras el plebiscito surgirían radios y revistas. No pasó nada. Se demoró tres años en salir Rock & Pop. Faltó creatividad, entraron los megaeventos, se destruyó el Manuel Plaza y muchos músicos se retiraron”.

No fue el caso de Álvaro Scaramelli. La jardinera a rayas y Cinema habían quedado atrás en 1987. Al año siguiente, con el dedo de Lagos como gesto rockstar anticipando el triunfo del No, asumió que haber integrado el elenco del rock latino no era la mejor credencial. “La música de los 80 queda enmarcada como un fenómeno en dictadura y la tendencia de la prensa fue pasar a la democracia haciendo un borrón con lo acontecido antes del plebiscito”.

Mauricio Clavería, que tocaba con Pancho Puelma, cree que el entusiasmo de los sellos cayó muy rápido pero también considera al rock latino como link para la escena de los 90. Fue su caso. “Salieron individualidades que después tuvieron éxito. La Ley es una junta de varias bandas. Andrés (Bobe) y Luciano (Rojas) venían de Paraíso Perdido, ‘Coti’ (Aboitiz) desde Aparato Raro e Iván Delgado del grupo Nadie. Esa fue la primera alineación antes de que yo llevara a (Beto) Cuevas. Luego (Pedro) Frugone, que venía de Viena”.

En el documental 80s, El soundtrack de una generación (2005) de Eduardo Bertrán, el ex manager de Cinema Jorge Mackenna sentencia que “el 90% de estos grupos son como el yogurt, tienen fecha de término”. Su analogía láctea tiene sentido. El rock latino murió en 1988 vencido por circunstancias comerciales, creativas, mediáticas y políticas, para levantarse en la correspondiente ola nostálgica en el cambio de milenio. Para mi fue suficiente. Se tiene 15 años solo una vez y estuvo bien. Bailar con fantasmas, paso.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras