Culto
El día en que Jonathan Franzen dejó las cenizas de David Foster Wallace en Chile

El día en que Jonathan Franzen dejó las cenizas de David Foster Wallace en Chile

El plan era irse lejos. El escritor subió al avión con varios artefactos para acampar en zonas lluviosas. Una de las razones para elegir Alejandro Selkirk era divisar un pájaro endémico de la isla. Según contó, lo de llevar restos de Foster Wallace surgió a última hora. Y no fue su idea.

A fines de 2010, Jonathan Franzen quería desaparecer. Había sido un año agitado. Su novela Libertad se convirtió en un hito cultural sobre el Estados Unidos del siglo XXI que todos leían, desde el ex Presidente Barack Obama hacia abajo. Franzen, un aficionado a observar pájaros raros, pasó a ser un ícono que la revista Time ponía en la portada con la frase “gran novelista americano”. Cuando pasó el huracán, Franzen salió de escena: a fines de enero de 2011, figuraba en un acantilado del archipiélago Juan Fernández, empapado por una lluvia torrencial. Nadie lo sabía: en la mochila llevaba una cajita con cenizas de su mejor amigo, David Foster Wallace.

Su paso por Chile en aquella ocasión no fue silencioso. Por el contrario, Franzen llegó como la estrella que era para participar en el seminario La ciudad y las palabras, del Doctorado de Arquitectura de la Universidad Católica. Que viajaría a Juan Fernández, sin embargo, era parte de su agenda privada. Dos meses después, el escritor contó su travesía en un largo artículo en la revista The New Yorker. Ahí reveló que había lanzado al viento parte de los restos del autor de La broma infinita.

La crónica se llama “Más afuera”, el nombre original de la isla Alejandro Selkirk, y es el título del último libro de Franzen, un volumen de ensayos y textos dispersos que llegó en 2013 a las librerías chilenas. En sus 350 páginas, el autor de Las correcciones relata viajes a China y Chipre, recuerda su infancia, habla insistentemente de su pasión por observar aves y reitera su terror ante el avance de la tecnología. Pero la atención se la lleva la crónica sobre su viaje a Juan Fernández: solo, en un isla de 48 metros cuadrados del océano Pacífico, hizo el verdadero duelo por su amigo.


Jonathan Franzen y David Foster Wallace

El aburrimiento

El plan era irse lejos. Con la novela Robinson Crusoe como compañera de viaje, Franzen subió al avión con dirección a Santiago. En su equipaje iban varios flamantes artefactos para acampar en zonas lluviosas. Una de las razones para elegir Alejandro Selkirk era divisar al esquivo rayadito de Más Afuera, un pájaro endémico de la isla. Según cuenta en la crónica, lo de llevar restos de Foster Wallace surgió a última hora. Y no fue su idea.

Un día antes de viajar, Franzen visitó a la viuda de Foster Wallace, quien casi al despedirse, de la nada, le preguntó si llevaría algo de las cenizas de su cremación. Las puso en una pequeña y antigua caja de madera. “Me dijo que le gustaba la idea de que parte de David descansara en una isla remota e inhabitada”, escribe.

Autor ineludible de la narrativa de las últimas décadas de Estados Unidos, Foster Wallace se suicidó el 12 de septiembre de 2008. Tenía 46 años. Desde los 20 años, lo arrinconó una depresión que se trató con medicamentos. Franzen cuenta en Más afuera que tenían una “amistad de comparaciones, contrastes y (fraternalmente) competencia”. Muchas veces, dijo que terminó Libertad para evadir la tristeza de la muerte de su amigo.

Acompañado de un guía, el escritor hizo un primer campamento en un refugio de la Conaf. Luego cargó algo de comida, una carpa y unos binoculares, y salió a buscar al rayadito. Mientras relata los orígenes de Robinson Crusoe y se pasea por la vida de su autor, Daniel Defoe, intenta explicar por qué su amigo se quitó la vida. Llega a una idea muy precisa: “David murió de aburrimiento y desesperación por sus novelas futuras”.

Luego agrega: “En muchas de nuestras discusiones sobre el propósito de la novela, fue muy explícito sobre su creencia en que la ficción era la solución, la mejor solución, al problema de la soledad existencial. Cuando su esperanza en la ficción murió, tras años de lucha con una nueva novela (El rey pálido), no hubo otro camino más que la muerte”.

Isla Robinson Crusoe

Después de una noche en que el viento prácticamente destruyó su carpa, Franzen siguió buscando al rayadito. A media tarde, una lluvia torrencial detuvo su búsqueda y lo acompañó por dos horas hasta el refugio. “Y de pronto, en cosa de minutos, paró la lluvia, se fueron las nubes y me di cuenta de que estaba en el lugar más dramáticamente bello que jamás había visto”, anota.

En ese claro, Franzen decidió que debía lanzar las cenizas de su amigo. Se situó entre dos rocas ante el mar y tiró el contenido de la caja: “El viento tomó el polvo y se desvaneció en la bóveda azul del cielo, soplando por el océano”.


Sobre el autor:

Roberto Careaga |
Es periodista y autor de La poesía terminó conmigo: vida de Rodrigo Lira (Ediciones UDP).