Culto
Filarmónica de Dresde: sonidos nuevos

Filarmónica de Dresde: sonidos nuevos

Después de cuatro años, la agrupación regresó a la sala CorpArtes con un programa dedicado a Beethoven y Shostakóvich, en el que se desplegaron partituras no para puristas, de miradas actuales, transparentes y efectivas, con mucho vigor, suspenso y clímax y donde volvió a quedar en evidencia la calidad de sus músicos.

Puede que la Filarmónica de Dresde esté próxima a cumplir 150 años y que suene como una orquesta de época. Pero hoy su gran mérito es su reinvención. Su mirada futurista con lecturas modernas.

Después de cuatro años, la agrupación regresó a la sala CorpArtes con un programa dedicado a Beethoven y Shostakóvich, en el que se desplegaron partituras no para puristas, de miradas actuales, transparentes y efectivas, con mucho vigor, suspenso y clímax y donde volvió a quedar en evidencia la calidad de sus músicos. Y a ella se sumó la presencia del pianista Herbert Schuch, con un enfoque reflexivo y emotivo a la vez que vigoroso, y que siguió en la misma línea de actualización.

Dejando de lado las clásicas interpretaciones, la nueva y distinta sonoridad fue notoria especialmente en las obras de Beethoven. Ya desde su entrada con la “Obertura Coroliano Op. 62”, la que, como todas las del compositor, es un drama en miniatura y que escribió para preceder la tragedia del escritor alemán Heinrich von Collin. En ella, la Filarmónica de Dresde, dirigida por Michael Sanderling, desarrolló una versión distinta pero donde el fondo estuvo presente, con convincentes acordes en la introducción, cualidades suaves y apacibles, desarrollo agitado y majestuosa coda.

Pero fue el Concierto para piano y orquesta Nº 5 en Mi bemol Mayor Op. 73, del mismo compositor, el que rompió los cánones. La obra conocida como “Emperador” pareció distinta, con Schuch que le imprimió una muy personal interpretación, que transitó por una vertiginosa velocidad, delicadeza, una cadenza poética, una meditación introspectiva, coloridos lúdicos y efectos teatrales. Mientras la batuta de Sanderling condujo a la orquesta por un desarrollo de proporciones épicas, por el canto casi religioso y temas exuberantes.

Las grandes cualidades de Schuch, un pianista reflexivo, virtuoso, de rápidas y fuertes manos, le valieron los aplausos que trajeron un regalo extra, una íntima y desgarradora interpretación del Preludio Coral en Sol menor Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ, de Bach/Busoni.

Con muchas referencias a otras composiciones suyas, la “Sinfonía Nº 12 en Re menor Op. 112”, de Shostakóvich, El año 1917, y que se ejecuta sin pausa entre sus movimientos, dio cuenta de una Filarmónica robusta, con instrumentistas virtuosos, con culminaciones soberbias, gran artesanía y presión rítmica. La dirección de Sanderling, sin exageraciones, creó una atmósfera tensa, con crescendos que se desvanecieron en suaves murmullos, temas reflexivos y percusiones violentas. Una ejecución que reflejó el ambiente ruso previo y posterior a la revolución bolchevique. Tras las grandiosas dimensiones de la obra, que no dejaron indiferentes, vino como encore, y en contraposición a ésta, una conmovedora versión del Intermezzo de Cavalleria Rusticana, de Mascagni.

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