Culto
Match point: Foster Wallace y el tenis

Match point: Foster Wallace y el tenis

El tenis fue una escuela poderosa para el escritor de Illinois. Wallace no solo fue tenista junior; también desplegó su pasión por el tenis en la ficción y en algunos de los mejores ensayos sobre el deporte que se han escrito.

En el Court de Montreal juegan los tenistas Michael Joyce, de EEUU, y el canadiense Dan Brakus. Es la una de la tarde del sábado 22 de julio de 1995, y el partido es parte de las rondas clasificatorias para el Abierto de Canadá. Desde luego, los jugadores no pertenecen a la élite del tenis, y deben ganar en la cancha el derecho a ingresar al cuadro de honor. En el estadio para 10 mil personas hay poco más de 90 espectadores, la mayoría amigos o familiares del tenista local. No hay periodistas ni cámaras. Pero en las gradas está David Foster Wallace, quien dejará un testimonio espléndido de un partido eminentemente anónimo.

“La acústica en el estadio casi vacío es increíble: puedes escuchar cada respiración, cada chirrido de una zapatilla, la punzada autoritaria de la pelota contra cuerdas muy apretadas”, escribe Foster Wallace en el que es con toda seguridad su ensayo más logrado sobre tenis, El talento profesional del tenista Michael Joyce como paradigma de ciertas ideas sobre el libre albedrío, la libertad, las limitaciones, el gozo, el esperpento y la realización humana.

El tenis era una materia que Foster Wallace conocía: era parte de su vida. El escritor fue tenista junior entre los 12 y los 18 años. Según escribe en Tenis, trigonometría y tornados: una niñez en el medio oeste, fue un “tenista casi genial”. Crecido en la Illinois rural, acostumbrado a jugar y entrenar con vientos fuertes, tenía cierta ventaja frente a rivales habituados a condiciones más favorables. De este modo, a los 14 años alcanzó el puesto 17 en su región y fue segundo en la zona de Illinois.

Según su biógrafo DT Max, a Foster Wallace le gustaba “calcular ángulos y tener en cuenta la velocidad del viento”. Era un jugador cerebral que disponía, además y según su testimonio, de cierta resistencia.

Al parecer, todas esas virtudes pierden gravitación en la medida que los jugadores crecen, se hacen más fuertes y rápidos, y adquieren resistencia. Lo excepcional a los 14 se volvería una condición eventualmente básica a los 18. De tal manera que, pese a sus vagas ideas de ser profesional, a esa edad Foster Wallace ya no figuraba en los rankings. Y, por el contrario, disfrutaba de fumar marihuana en los buses que lo trasladaban a los torneos universitarios, como escribió DT Max en la biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas.

Pero el tenis fue una escuela poderosamente formadora para el futuro escritor. “Lo más interesante de competir en deportes cuando se es niño es que uno se ve forzado a enfrentar las propias limitaciones temprano en la vida”, escribió. En ocasiones, el esfuerzo, la lucha y la disciplina son insuficientes; para enfrentar a los mejores es necesario algo más: ir más allá de las limitaciones físicas y mentales.

“Quizás no sea descabellado imaginar que Wallace se dio cuenta desde el principio de que el tenis es un buen deporte para tipos y propósitos literarios. Atrae a los obsesivos y meditabundos. Es quizás el más aislador de los juegos”, dice el escritor John Jeremiah Sullivan en el prólogo de String Theory: Foster Wallace on tennis, volumen publicado por la American Library que reúne sus textos sobre el deporte.

En la medida que dejó el juego competitivo, Foster Wallace se interesó más en la lectura y la literatura. La escritura le dio la oportunidad de abrazar sus pasiones y obsesiones.

El tenis y su vida como materia literaria: en su obra maestra, La broma infinita, Foster Wallace se proyecta en Hal Incandenza, el adolescente prodigio del tenis. Hal es un genio herido: tiene problemas para comunicarse. Es admirado por su talento y su inteligencia, pero carga dificultades emocionales y suele refugiarse en la marihuana. No soporta bien la presión, lo que lo gatillará en él estados depresivos y bipolares.

Una especie de arte

El volumen El tenis como experiencia religiosa reúne dos de sus ensayos más conocidos sobre el tema: Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos y Federer, en el cuerpo y en lo otro. El primero describe el match entre Pete Sampras y Mark Philipossius en Flushing Meadows, en 1995: “Atenas contra Esparta”. Y describe también, con su habitual agudeza y humor, el comercio y el marketing que rodea al torneo.

El segundo es una lectura metafísica y casi poética del juego de Federer contra Rafael Nadal en la final de Wimbledon 2006: “la virilidad apasionada contra el arte intrincado”.

“La belleza no es un objetivo de los deportes competitivos, pero los deportes de alto nivel son escenarios privilegiados para la expresión de la belleza humana. La relación se aproxima a la que existe entre la valentía y la guerra”, escribe. “La belleza humana de la que hablamos aquí es una belleza muy particular; la podríamos llamar belleza cinética. Su poder y atractivo son universales. No tiene nada que ver con el sexo o normas culturales. Pero si pareciera tener relación, en el fondo, con la reconciliación del ser humano con el hecho de tener un cuerpo”.

La crónica sobre Federer es, por descontado, un relato mayor. Pero su ensayo en torno al desconocido Michael Joyce y los jugadores marginales del circuito es de un nivel excepcional. A través de Joyce, un tenista que se mueve entre el 79 y el 100 del ranking, Foster Wallace retrata el ambiente, las giras, las luchas y los sinsabores de los tenistas que no son estrellas. “Todos tienen el aspecto infeliz y cerrado de personas que pasan grandes cantidades de tiempo en los aviones y en los vestíbulos de los hoteles, esperando”, anota.

“En la cancha del estadio, Joyce parece infantil y extremadamente adulto al mismo tiempo. Y a diferencia de su oponente canadiense, que tiene aspecto bronceado y la sonrisa Pepsodent del estereotipo del jugador de tenis, Joyce parece terriblemente real jugando: suda por la camisa, se sonroja, grita para respirar después de un punto largo”, observa el escritor.

El ensayo despliega no solo pasión y perspicacia; también erudición y una comprensión del juego y del medio de primera mano. Foster Wallace habla del desarrollo de las raquetas, de los distintos estilos de juego (McEnroe, Lendl, Agassi), así como de las abismantes diferencias de nivel entre tenistas.

“El tenis es el deporte más hermoso que hay y también de los más exigentes. Requiere control del cuerpo, coordinación ojo-mano, rapidez, velocidad, resistencia y esa mezcla extraña de precaución y abandono que llamamos coraje. También requiere inteligencia”, escribe. “En otras palabras, el tenis serio es una especie de arte”.

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