Culto
David Foster Wallace y su misión porno: el gemelo oscuro

David Foster Wallace y su misión porno: el gemelo oscuro

En 1998, David Foster Wallace asiste como periodista a cubrir los Adult Video News Awards. La crónica aparecía por primera vez en la revista Premiere y forma parte de Hablemos de langostas, que compila el trabajo de no-ficción del escritor norteamericano.

Esto pasó y fue un poco perturbador. Estaba con mi familia almorzando en el mercado de San Javier. Una típica escena provinciana. Mantel cuadrillé, marraqueta y pebre, ají en botella. Un televisor pasando las noticias del fin de semana. De pronto se acerca una tipa. Dice: hola, tengo películas en DVD. Hay para niños y adultos. Tengo los últimos estrenos. También hay de esas pornográficas con animales. Son las que más se venden. Las piden harto.
Las piden harto.

Bien, pensé. Hay público para esto. Alguien viene a este lugar, come pollo al jugo con arroz y luego se encierra a ver una película donde, bueno, ya saben. Animales. Etcétera. Para nadie es novedad que el mundo tiene un reverso oscuro capitalizable en películas de esa clase. Me limité a mirar el pan en la mesa. El tenedor. A ninguna de las personas que acompañaba le pareció extraño. Quiero pensar que nadie la escuchó. En fin.

Así de freak y perturbador es también el paseo que Foster Wallace da en los Oscars del porno: los Adult Video News Award. La crónica apareció por primera vez en la revista Premiere y fue publicada bajo los seudónimos de Willem R. DeGroot y Matt Rundleet. Como si el pobre Wallace dijera: saquen mi nombre de ahí, no quiero que mis alumnos se enteren que estuve en ese antro de cuarentones tristes. No quiero que mis padres lo sepan. Por favor, no.

El inicio de la crónica es demoledor. O triste. Anota: “La Academia Americana de Medicina de Urgencias lo confirma: entre una y dos docenas de hombres adultos americanos ingresan todos los años en urgencias después de haberse castrado a sí mismos. Normalmente con utensilios, y a veces con cortaalambres”. Pueden ustedes imaginarse el inmenso dolor que eso significa. Pueden ustedes, con algo de resignada empatía, ponerse en el lugar de esos pobres individuos. Continúa: “A modo de respuesta a la pregunta obvia, los pacientes que sobreviven a menudo explican que sus deseos sexuales se habían convertido para ellos en una fuente de conflicto y ansiedad intolerables”.

Tengo la solución para esos problemas, nos dice Foster Wallace: transfórmese en jurado de los AVN Awards e intoxíquese de pornografía al punto de terminar inmune —si es que eso es posible— al placer voyerista en el que se sostiene la industria. La cobertura del evento se transforma en una indagación de una Norteamérica sórdida y DFW juega a ser un Cristo que padece en carne propia cada una de las perversiones de sus coterráneos. Parte de la lucidez de su mirada parece residir en una extrema conciencia —extrema a niveles dolorosos— del mundo que lo rodea. No es raro que gran parte de su trabajo como cronista termine situándose en lugares donde el capitalismo tardío —o como quieran llamarlo— se rebalsa a sí mismo en su producción de excesos: el crucero de lujo en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, la campaña del senador McCain y la política devenida mero espectáculo, el Festival de Langosta de Maine —y el horror de comer animales que padecen todos los sufrimientos del infierno para satisfacer el paladar exquisito del hombre promedio—, o este circo impudoroso donde el gemelo oscuro de Hollywood se celebra a sí mismo.

La ceremonia, en este caso, se lleva a cabo en Las Vegas. O sea, la ciudad pornográfica por excelencia. El templo donde el demonio del aburrimiento ha sido conjurado. Ese chispazo grotesco en medio del Desierto de Mojave. Y allí, Foster Wallace —o “los enviados especiales”, como suele decir para no deja huella—, mira a los ojos al Deseo. Mejor dicho: mira el vasto territorio del Deseo queriendo ser colonizados por estos empresarios con puro y pelo engominado. Se habla también de enfermedades extrañas como la “hernia de esfínter” que padece una actriz. O de lo que la crítica (!) ha denominado como “sleazy-bizarre”, un género que básicamente consiste en mirar a chicas siendo humilladas, golpeadas, escupidas. Sí. Esa clase de cosas retorcidas que uno tristemente ve en los ojos de un ex CNI o en ese amigo misógino que trata a todas las mujeres de putas.

Y Foster Wallace intenta llevarnos un poco más allá. En una nota al pie parece desnudar la anécdota que apunté al principio. Apunta: “Cuanto más aceptable se vuelve [la pornografía] dentro de la cultura moderna, más lejos va a tener que ir el porno a fin de preservar el sentido de no ser aceptable que es tan esencial para que siga resultando atractivo”. En esa dinámica, las películas “de animales” que la mujer vendía sin pudor serían la consecuencia natural de esa dialéctica. Parte de la dialéctica entre el amo y el esclavo en la que caen los contenidos de la pornografía.

Pero el trabajo no estaría completo sin encontrar un breve atisbo de genuina humanidad en ese torbellino de pervertidos. Ahí está la anécdota del policía de Los Ángeles que buscaba en la pornografía “aquellos momentos de orgasmo o de ternura accidental en que las actrices dejaban de lado sus muecas burlonas (…) y de pronto se convertían en gente de verdad” (sic). Como si de un acérrimo lector de Bataille se tratase, este personaje —que en realidad parece un personaje de ficción inventado por el mismo Foster Wallace—, encuentra en las películas una especie de desnudez esencial. Ensaya sin querer una teoría sobre el gesto. Encuentra, si nos permiten la siutiquería, el punctum del porno. Lean, por favor: “Se puede ver cómo toda la cara del actor o actriz porno cambia cuando la conciencia de uno mismo (en la mayoría de las mujeres) o la inexpresividad desquiciada (en la mayoría de los hombres) ceden el paso a un placer erótico sentido de forma genuina hacia lo que está pasando; los suspiros y los gemidos dejan de ser automáticos para volverse expresivos”.

“No culpes al porno”, dice Ron Jeremy en una entrevista, “cuando era joven, me masturbaba viendo La Isla de Gilligan”. Algo de eso intenta esbozar Foster Wallace. Habría que imaginar qué podría haber dicho de las actuales mutaciones de la industria. Del fin de la era del VHS y la proliferación de servicios vía streaming. De las filtraciones de videos íntimos de famosos. De los clips que circulan con profusión en los teléfonos móviles. Con qué clase de estupor miraría el crecimiento del gemelo oscuro de Hollywood hacia nuevos formatos o hacia esas musas no-humanas que tan ufana vendía la chica en el mercado de San Javier.
Nuevas formas para esa misma vieja obsesión.


Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández |
Es autor del volumen Junkopia (Bifurcaciones) y autor del blog Lacitadeunacita.