Culto
Junge Deutsche Philharmonie: frescura titánica

Junge Deutsche Philharmonie: frescura titánica

Inagotables, los casi 90 músicos se apostaron en el Teatro del Lago para presentaciones de gran calibre: un concierto educativo que aunó a cientos de atentos escolares; una actuación de cámara en el anfiteatro, y el plato final. Encuentros en los que recorrieron siglos de música y terminaron con dos poderosas sinfonías.

Son talentos promisorios. Jóvenes músicos de conservatorios alemanes elegidos para integrar la Junge Deutsche Philharmonie. La verdad es que no son muchos los muros que les quedan por romper. Porque ya rozan lo profesional y, más importante aún, concilian ideas y tendencias y le dan frescura y vigencia a lo que tocan.

Así lo demostraron este fin de semana en Frutillar, con eclécticos programas ejecutados con seriedad musical y capacidades interpretativas maduras y consistentes. Inagotables, los casi 90 músicos se apostaron en el Teatro del Lago para presentaciones de gran calibre: un concierto educativo que aunó a cientos de atentos escolares; una actuación de cámara en el anfiteatro, y el plato final. Encuentros en los que recorrieron siglos de música y terminaron con dos poderosas sinfonías.

Con la experta y rigurosa batuta de Jonathan Nott, el concierto de clausura terminó por constatar esta madura sonoridad amalgamada con un estilo jovial, con instrumentistas vigorosos, en cuyas manos las partituras adquirieron una especial corporeidad.

Impregnada de una melancolía otoñal unida a un carácter épico, la “Sinfonía Nº 4 en mi menor Op. 98”, de Brahms, marcó una atmósfera de verosimilitud en la que sus distintos temas y estados de ánimo fueron expuestos con trasparencia y claridad: la sensualidad, el vuelo lírico, la alegría y la fantasía se propusieron como ideas sutiles y con fuerza musical.

Pero fue la catártica “Sinfonía Nº 1 en re mayor Titán”, de Mahler, la que llegó con una inusual lozanía, en la que Nott delineó el recorrido dramático instrumental y la orquesta, con acertados solistas, respondió con brío, contrapesando el exangüe soplo del despertar de la naturaleza y del vigor de la danza con la lúgubre marcha fúnebre, los tintes irónicos y las melodías inspiradas en música judía, para culminar con emoción, en lo tempestuoso y en lo resplandeciente.

Pero si el concierto final voló alto, el de cámara del día anterior, en el que se mezclaron con el Ensamble del Teatro del Lago y que comenzó previo a la función con la impredecible red de cánones de In C de Terry Riley, fue entretenido y variado, y permitió apreciar la versatilidad de los músicos. Con distintas combinaciones instrumentales, se sucedieron piezas del siglo XVIII al XXI: desde el imaginativo Presto de un septeto beethoveniano y la claridad clásica y de fuerte arraigo romántico de Louis Spohr (Noneto), un juguetón Allegretto de un quinteto de Franz Danzi y un académico cuarteto de Mahler, hasta las reminiscencia folclóricas de Ginastera; las atmosféricas melodías de Nino Rota, y las composiciones dePiazzolla.

Una conformación que permitió la convivencia, el primordial acto educativo y un concierto con tal seriedad profesional, versatilidad y una mirada del pasado que la hacen digna de imitar y se merece todos los aplausos recibidos.

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