Culto
Una cita íntima con “el Jefe” en Broadway

Una cita íntima con “el Jefe” en Broadway

Bruce Springsteen protagoniza desde 2017 en EE.UU. un espectáculo único y memorable: en un teatro para 900 personas, va contando con gracia y emoción gran parte de su vida, mientras interpreta sus canciones más personales. Un hito que a fin de año llega a Netflix.

Los jefes tienen múltiples formas de llegar a su lugar de trabajo. La más común es ésta: la sola aparición de quien ostenta autoridad hace que sus subordinados imposten cierta compostura, reaccionen con súbita concentración, guarden al menos un segundo de seriedad frente a la mirada de quién llegó para mandar.

Con Bruce Springsteen, “the Boss”, el gran jefe de la música estadounidense en los últimos 40 años, ocurre lo contrario. Durante cinco días a la semana, el músico arriba una hora antes al teatro Walter Kerr, situado en pleno corazón de Manhattan, para dar vida a Springsteen on Broadway, el espectáculo superventas que inauguró en octubre de 2017, pero que debido a su fenómeno de taquilla debió extender funciones hasta diciembre próximo.

Cuando aparece por el recinto, el cantante baja de su camioneta, saluda, regala autógrafos, cede a un par de selfies improvisadas y agradece a los fans que lo esperan, separados en dos grupos que lo observan apretados tras las rejas de seguridad. La devoción, los abrazos y los aplausos -una forma bastante particular de llegar al trabajo- se condicen con lo que más tarde sucede en el escenario: Springsteen materializa uno de los espectáculos más singulares de la historia de la música popular. Él mismo que emitirá Netflix a partir de fin de año.

Una superestrella de estadios reducida a un hábitat minúsculo, en un teatro con capacidad para 970 personas. Un hombre con facha de Rambo, de contextura atlética y performances maratónicas, esta vez en un montaje reposado, sin vértigo, donde sólo camina de la guitarra al piano y viceversa, bajo una puesta en escena de máxima sobriedad. Un autor que siempre abordó su destino y el de su país desde sus canciones, pero que aquí cambia ese ropaje por el del veterano cuentahistorias que narra su vida en un entorno íntimo, ante un silencio absoluto, en un formato que lo acerca al stand-up comedy.

Show y lágrimas

Springsteen on Broadway es una apuesta inclasificable -concierto, teatro, musical, monólogo-, aunque en dos horas fusiona todo eso y más: es el cantautor más venerado de EE.UU. mirando en retrospectiva, asumiendo que el trayecto recorrido ya es muchísimo más extenso que el que aún queda por recorrer, abriendo los episodios medulares de su existencia en un relato donde hay humor e ironía, aunque mayormente se muestra como una figura vulnerable, que debió sacudirse de demasiados traumas.

Tiene mucho de libreto, claro -es una actuación que repite a la perfección cada noche-, pero si Springsteen aprendió de Bob Dylan el poder de la palabra, también tomó de Elvis el sentido del espectáculo y la teatralidad que debía adherir a esa retórica. Cuando describe los episodios más difíciles de sus 68 años, su voz áspera retumba fuerte y pareciera remecer el recinto, como si por años hubiera tenido tales dolores atorados en el pecho. Tal como en su libro autobiográfico de 2016, “el Jefe” no se sitúa como el rockero que dispara anécdotas de fiestas y excesos de millonario, sino que lo suyo es un ejercicio terapéutico donde vuelve una y otra vez al fango del que zafó. Todo ello va intercalado por sus canciones, aunque desarticuladas de su melodía original, desarropadas de toda estridencia, para que no eclipsen la narración que va trazando, la verdadera esencia del show.

En uno de los últimos libros acerca de su carrera, hay una frase destacada en mayúscula y con letras plateadas que sirve para contextualizar este proyecto: “Cuando era joven decía que no me haría pasar por alguien de 15 o 20 años cuando fuera adulto; simplemente porque no puedo”. Y en ese mismo texto hay otra que también ilustra su presente en Broadway: “La prensa siempre me pregunta por mis discos en solitario. Pero finalmente uno siempre está solo”.

Vestido con jeans y una polera gris, la sentencia adquiere una dimensión literal cuando salta al escenario. En un artista habituado a las lealtades que entregan las cofradías -su grupo de siempre, la E Street Band, es el mejor ejemplo-, resulta extraño observarlo tan solitario bajo las luces. Aunque esta vez la fraternidad está del otro lado: gran parte de quienes asisten al show son fanáticos de décadas, que compraron los tickets hace meses (están agotados desde fines de 2017) o que se hicieron de alguno a través de páginas de reventa que los ofrecen a precios imposibles.

Entre ellos está Susan, una seguidora de Jersey City que lo ha visto más de 40 veces en vivo, que compró el boleto de este espectáculo como un autoregalo de cumpleaños y que enfatiza que nada se parece a lo que tiene enfrente esta noche. Por eso, cada vez que Springsteen a través de sus palabras viaja a su niñez o a la difícil relación con su familia, Susan no puede aguantarse y sencillamente llora. Como casi todos los que están en la sala.

El ritual parte cuando el cantante habla de “Freehold”, en Nueva Jersey, la “ciudad de mierda” donde le tocó nacer y crecer, entre iglesias, escuelas y un barrio proletario, “el escenario de mis pecados de infancia” como definió alguna vez, para luego interpretar “Growin’ up”, de su debut de 1973, donde precisamente se presenta como un adolescente que tiene a la guitarra como su única carta de salvación.

Es una mirada sufrida de sus comienzos, aunque el espacio para los tormentos es poco. Springsteen se asume como un tipo con suerte, que jamás debió someterse a una estricta rutina semanal -como sí lo está haciendo ahora- para conseguirlo todo. Mientras interpreta a todo pulmón el tema, casi a capela, se detiene y dice: “Nunca en mi vida he trabajado cinco días por semana. Hasta ahora. ¡Y no me gusta! Nunca he visto el interior de una fábrica. He tenido un éxito absurdo escribiendo sobre algo de lo que no sé. Me lo inventé todo”.

Pero hubo algo que no se inventó y que constituye el instante más conmovedor del montaje: cuando llega el minuto de hablar de su padre, el vínculo más doloroso de toda su vida. “Un chofer de autobús que chocaba con mis sueños”, se lamenta, para luego rematar la historia en la muerte de su progenitor, en 1998, con su retoño hace rato consolidado como una estrella global, momento en el que pudieron decirse adiós en paz. Los sollozos entre los presentes secundan la escena -Susan ya no puede más-, interrumpidos por la interpretación de la apropiada “My father’s house”.

Pero si el estadounidense trata de ser honesto hasta lo impúdico, en la mitad de Springsteen on… llega la prueba más elocuente. Ahí invita al escenario a su esposa desde 1991, la cantante Patti Scialfa, parte también de su conjunto, la mujer que empujó al músico a adoptar un compromiso amoroso que había eludido por años. Por eso, estar juntos nunca fue fácil: Springsteen en los últimos años ha reconocido muchas veces un comportamiento virulento y grosero con su pareja. Ambos interpretan “Tougher than the rest” y “Brilliant disguise”, en una sincronía interpretativa que pocas veces antes habían lucido.

La segunda mitad del espectáculo es menos cronológica, aunque también hay tiempo para la emoción, como cuando tributa a los amigos que ya partieron, en especial al recordado saxofonista Clarence Clemons, compañero de casi toda su discografía, para quien regala otra frase que corta el aliento: “Clarence: te veo en la otra vida”.

También revela su faz política y comienzan las alusiones a Martin Luther King, los veteranos de Vietnam -el mismo Springsteen parece uno de ellos cuando camina lento con sus piernas arqueadas, como retornando de la batalla- y, por supuesto, Trump, a quien le dedica otra frase para poner en mayúsculas: “Lo que estamos viviendo hoy es sólo un mal capítulo en el desarrollo del alma de esta nación”. Para el final quedan sus hits mayores, Dancing in the dark y Born to run, casi irreconocibles en su nueva naturaleza acústica; tan frágiles que casi no parecen canciones que han sonado durante décadas en las radios de todo el mundo.

La cita periodística más asociada a Springsteen -y una de las más reconocidas en la historia de la crítica musical- la dijo en 1974 Jon Landau, hoy mánager del artista, cuando tras ver uno de sus conciertos profetizó: “He visto el futuro del rock and roll y se llama Bruce Springsteen”. Hoy nadie al asistir al show de Springsteen en Broadway ve el futuro del rock. Pero sí su costado más humano y descarnado.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.