Culto
Sumar: metáforas dentro de metáforas

Sumar: metáforas dentro de metáforas

A través de un sinnúmero de alegorías, Diamela Eltit plantea aquí una crítica al capitalismo de nuestros días. Sin embargo, la intención se difumina entre tanta significación oculta.

Sumar, la última novela de Diamela Eltit, transcurre a lo largo de una marcha cuyo objetivo es llegar hasta la moneda, así, con minúsculas. El sentido intencional del recurso es primero abarcar, y luego diluir y confundir en un solo término, los significados que les damos a esas dos palabras: palacio de gobierno y dinero. Éste es uno de los tantos juegos metafóricos presentes en el libro: a veces surgen a partir de los quejidos de cuatro nonatos, del exceso de sueños narrados o de las improbables divagaciones de un grupo de vendedores ambulantes; y en ocasiones, pueden llegar a constituir enigmas infranqueables.

Antes de involucrarse en “la interminable peregrinación hacia la moneda” -12.500 kilómetros en 370 días-, la protagonista y narradora ofrecía, sobre un paño en la vereda, muñecas chinas a los peatones. Aurora, madre de cuatro nonatos, es vendedora ambulante y avanza junto a sus compañeros de oficio a la cola de una multitud, “un lugar humillante y casi imperceptible” entre una cantidad incierta de marchantes: “Somos miles, no, no, millones, los que esperamos o aspiramos a tocar la moneda para retorcerla. Millones o billones, no sé, aún no termino de procesar el incremento exponencial de los números”.

Aurora y sus más cercanos camaradas, los cinco personajes que cobran voz en la novela, manejan un insólito repertorio de conocimientos propios de la alta cultura. Se trata de vendedores ambulantes que si bien hablan como tales, son al mismo tiempo capaces, de algún modo inexplicado o simplemente mágico, de entreverar sus pensamientos cotidianos con citas y alusiones sumamente sofisticadas.

Así, sin titubeos, Aurora y los suyos se refieren a “la secta del Loto Blanco”, “a interminables cantos provenzales dramáticos (escritos en idioma occitano)”, “al modelo de la alcantarilla que se construyó en la ciudad de Neppur, en la India”, a “una varilla japonesa encontrada en la tumba Chú de Hunan”, al “ballet nacional de Surinam”, al “Teatro de la muerte creado por Tadeusz Kantor”, al siquiatra inglés Henry Maudsley, a Antonio Gramsci, a la médium Eusapia Palladino, al geólogo y paleontólogo Louis Lartet, al “polémico filósofo Kitarō Nishida”, a Carlos VI de Francia, a Giordano Bruno, al fundador del mormonismo, Joseph Smith, y a Zenón Torrealba Ilabaca y su asesino, el diputado Luis Correa Ramírez.

Las alusiones caen de nivel cuando hacia la mitad de la novela entra en escena el Lalo, un tipo obsesionado con las carreras de autos. Consecuente con su pasión, el Lalo solía pregonar un mantra que invoca al ingeniero alemán considerado uno de los padres del automovilismo: “Se repetía Karl Benz, Karl Benz, Karl Benz, Karl Benz unas cien veces, mientras se acercaba al auto que iba a correr”. La irrupción del Lalo marca, a su vez, el decaimiento irreversible de Sumar, pues si hasta antes de su aparición las menciones cultas y ocultas podían producir perplejidad o curiosidad en el lector, ahora es una encendida cháchara en torno a cuatro ruedas la que pasa a ocupar largos pasajes del libro.

Sumar es un relato que formula, a través de un número excesivo de alegorías, una crítica al capitalismo de nuestros días. Las referencias insistentes a los drones y a la nube de Internet refuerzan la noción de que se nos habla desde el hoy mismo. Pero, ¿qué importa la temporalidad cuando aquí casi todo es una metáfora dentro de otra metáfora, cuando los personajes comparten un discurso demasiado parecido, cuando, en el fondo, la queja se lanza desde un elevado balcón en donde predominan, por sobre los trazos más o menos distinguibles del realismo, ciertos artilugios sostenidamente esteticistas e ineficaces? Al convertirse en el símbolo de una piedra, la piedra deja de ser piedra y pierde su capacidad de golpe. Algo similar le ocurre a esta novela escrita con corrección, aunque estrepitosamente desafinada en sus alcances.

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