Culto
La sonrisa triste de David Foster Wallace

La sonrisa triste de David Foster Wallace

El autor de La broma infinita se quitó la vida el 12 de septiembre de 2008. Desde entonces su obra ha crecido en influencia; pero hoy se ve afectada por el recuerdo de sus conductas agresivas hacia las mujeres.

Fue en mayo de 2008 cuando David Foster Wallace dio la que se considera su última entrevista. La publicó The Wall Street Journal a propósito de la edición, esta vez como libro individual, de una crónica sobre la campaña presidencial del recientemente fallecido John McCain. El texto, encargado por la revista Rolling Stone, había sido parte de la colección de relatos Hablemos de langostas. Sin embargo, ahora brillaba por sí mismo con el título McCain’s Promise, y Wallace contestaba las preguntas con entusiasmo, como si se tratara de una obra nueva.

No es una entrevista extensa. Las respuestas del autor abordan lo esencial, aunque hacia el término, el periodista Christopher Farley deriva el diálogo hacia La broma infinita (1996), en específico a la copia de la novela que recibió firmada con el dibujo de un smile. Farley quería saber si lo había hecho él. Wallace contestó que sí, que la editorial le mandó un fajo de hojas del tamaño del libro para que las autografiara. Luego ellos las adjuntaron a los ejemplares promocionales.

“Me pasé todo el fin de semana firmando”, le confesó, agregando que escribir su nombre una y otra vez lo hartó y comenzó a reemplazarlo por pequeños dibujos. “Lo que llamas carita sonriente es una caricatura que acostumbraba a dibujar cuando estaba en la escuela. Era divertido. Me he topado con algunas de esas ediciones especiales en sesiones de firma de libros y ver esa cara dibujada siempre me hace sonreír”.

Así terminó la entrevista. Cuatro meses después, el 12 de septiembre de 2008, David Foster Wallace se suicidaría en el patio de su casa, vencido por una depresión con la que luchó la mitad de su vida. Tenía 46 años y en palabras de su biógrafo D.T. Max, “se había convertido en un hombre que temía quedarse solo con sus pensamientos”.

Luego de su muerte, la figura de Wallace y su obra no ha hecho más que expandirse. Por sobre el éxito y el debate en torno a La broma infinita, aquella novela de 1.208 páginas en su edición en español, calificada como una “alteración oceánica” y “la más grande y valiente” en su intento por resumir el mundo en el cambio de milenio, lo que deja el autor es bastante más: David Foster Wallace ha sido el novelista y narrador de no ficción que mejor supo retratar el torbellino de insatisfacciones y tristeza que acechan en la vida diaria.

Allí está Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, su reportaje personal como turista en un crucero por el Caribe y que relata, con detalle y mirada ácida, todo cuanto ocurre durante siete noches a bordo. Profesor de escritura en diversas universidades, Wallace siempre se cuestionó esa clase de textos. La mayoría de las veces aceptó los encargos por el dinero y siempre instalando una barrera inflexible entre periodismo y literatura. “No soy periodista ni pretendo serlo. Dejé de escribir para revistas porque es una excusa para no trabajar en la ficción”, dijo al Boston Phoenix en 1998.

La imagen de David Foster Wallace fue asociada rápidamente a la escena grunge. La revista Times hizo todas las conexiones posibles entre el autor y Kurt Cobain. Su biógrafo destaca que “ambos mostraban una sinceridad torpe, compartían su alergia a las poses”. Pero esto es apenas un aspecto. Su obra es analizada de forma permanente por las nuevas generaciones. Este año, de hecho, se realizó en Estados Unidos la quinta versión de la Conferencia Anual David Foster Wallace, cuyo énfasis está orientado al modo en que los nuevos lectores entienden su obra.

Aunque el recuerdo del novelista también ha tenido pasajes controvertidos. En mayo último, la periodista Megan Garben publicó en The Atlantic un artículo que traía de regreso los pasajes más oscuros de Wallace en su trato a las mujeres, en especial con la poeta Mary Karr, con quien su relación incluyó episodios de violencia que si bien están relatados en la biografía de D.T. Max, publicada en 2012, de todos modos ahora son revisados bajo la sensibilidad del movimiento #MeToo.

“Una noche Wallace trató de empujar a Karr desde un coche en marcha. Poco después se enfadó tanto con ella que le tiró la mesa de centro a la cabeza. Luego le envió cien dólares por los desperfectos”, relata Max, quien cita una carta en que poco antes Wallace le decía a su amigo Jonathan Franzen que ella era propensa a sufrir “estallidos terribles de furia”. El título de la investigación del periodista de New Jersey hoy se carga de nuevas lecturas: Todas las historias de amor son historias de fantasmas.

Pero los modos agresivos de Wallace no se vinculan sólo a su relación de pareja. El artículo de The Atlantic revela que en las giras promocionales, el novelista se refería a las fans que lo rodeaban como “audience pussy”. A esto se suman las observaciones de Megan Garber: “Es lo que le hacemos a las mujeres en un mundo de idolatría sesgada. Son tratadas como notas al pie, la marca registrada de Wallace: decorativas, diestras, caprichosas, triviales”.

La relación entre el novelista y Mary Karr se hizo más intensa y conflictiva a medida que se acercaba la publicación de La broma infinita. Incluso ella inspiró uno de sus personajes. “A veces la gente habla y habla sobre David Foster Wallace como si mi contribución a la literatura fuera que me lo cogí un par de veces a principios de los 90”, dijo ella el año pasado. “Si es así, entonces todos en Estados Unidos me deben un dólar por leer La broma infinita”.

Durante ese tiempo los escritores intentaron vivir juntos varias veces. Después de los episodios de violencia, él le regalaba lencería y perfumes caros que enviaba de manera anónima. Incluso compró el derecho a ponerle su nombre a una estrella y le mandó el certificado. Para él era muy importante el certificado.

Sobre el autor: