Culto
Cold war: las trampas de la percepción

Cold war: las trampas de la percepción

¿Gran película? No cabe la menor duda. ¿Gran cineasta? Seguro. ¿Obra maestra? Difícil decirlo. Los críticos saben que pocas cosas hay más persuasivas y a la vez más frágiles y traidoras que la percepción.

Quizás porque se haya vuelto cada vez más infrecuente la experiencia de ver una gran película, las pocas veces que eso ocurre el efecto es simplemente portentoso. Y no es muy fácil explicarlo ni transmitirlo, porque en estos temas es casi imposible hablar de una perspectiva que no sea la del yo. Perdónenme. Sentí la majestad de un gran cineasta cuando fui a ver Cold war, la mejor de todas las películas que vi en la última edición del Sanfic. Desde luego vi solo unas pocas, pero esta es la que con sobrada distancia recordaré por largo tiempo. Cold war, una cinta en blanco y negro y que remite a la dureza y frialdad de los años 50 en Polonia, pleno stalinismo, impone la autoridad de su factura desde el comienzo porque no hay plano de la cinta que no haya sido trabajado al detalle y con una profundidad visual, sonora, sicológica y moral que asombra. A pesar del título, del entorno, de las observaciones sobre lo que fue ese régimen político miserable, Cold war no es lo que habitualmente se llama una película política. Lo es solo incidentalmente, porque en lo básico esta es una historia de amor. Una de esas historias de amor imposible, de “amour fou”, en las cuales los franceses son maestros y a la que en este caso en particular Francia, París, presta algunos de los espléndidos escenarios de la trama.

Los amantes de la historia pertenecen a un grupo de música y bailes folclóricos polacos que el régimen quiere utilizar para blanquear imagen y como embajada cultural ante el resto de los países del Este. El protagonista es un músico instructor y ella una chica de voz prodigiosa y que viene del campo. Se conquistan, se enamoran, se sienten asfixiados por la instrumentalización política del grupo y deciden emigrar a Francia. Pero ella desiste a último momento. Entonces se separan. Pero la relación -agónica, dramática, cada vez más enferma y siempre inestable- va a continuar por momentos, por días, por épocas en París, en Varsovia, en otros lados, repitiendo una y otra vez la fatalidad de las rupturas porque él no puede vivir sin ella y ella a su vez no está feliz en ninguna parte ni quiere perder su independencia. En corto, ni contigo ni sin ti.

¿Gran película? No cabe la menor duda. ¿Gran cineasta? Seguro. ¿Obra maestra? Difícil decirlo. Los críticos saben que pocas cosas hay más persuasivas y a la vez más frágiles y traidoras que la percepción. Influye el entorno, las circunstancias, los estados anímicos. Así y todo, la percepción es lo único que tenemos para juzgar por nosotros mismos, aunque sepamos que las expectativas pueden jugarnos muy malas pasadas. Vi Cold war sabiendo que era una nueva película de Pawel Pawlikowski, el mismo realizador de Ida, que se llevó el 2015 el Oscar a la Mejor película extranjera. Obra tremenda, claro, hermosa, pero que no me preparaba para la paliza abrumadora, descomunal, inolvidable, que me pareció su nueva realización.

En cambio, fui sobrepreparado y cargado de ansiedad a ver el último Spike Lee, El infliltrado del kkklan. Es un cineasta que tiene títulos poderosos, aunque haya hecho muchas leseras. Y con lo que me encontré fue con una cinta ingeniosa y divertida a ratos, ondera, entre fácil y facilona, muy parloteada cuando no hay coreografía y muy coreográfica cuando no hay parloteo. Está bien: el caso real del policía negro que infiltra a una célula no muy lista del KKK es una historia increíble y que tiene combustión propia. Como espectáculo, salva. Como película, mirada o hallazgo, ciertamente defrauda. O al menos eso es lo que me ocurrió a mí. Malditas expectativas.

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