Culto
Michael Jackson polisémico

Michael Jackson polisémico

No contento con modificar la predominancia racial en los rankings y de usar la peor combinación histórica entre calcetines y zapatos, Michael Jackson también se dio el lujo de ser aquel símbolo que disparaba todas las posibles significaciones. Bajo la dirección de Mark Fisher, el libro Jacksonismo recopiló, luego de la muerte del cantante, algunas impresiones radicalmente opuestas.

“Esto no es una pipa”, pintaba el surrealista René Magritte y ahí se quedaba tan campante mostrándonos, efectivamente, una pipa en su famoso cuadro. Claro, porque no era una pipa, sino que un símbolo de una y, para hacerlo todo más confuso, nada mejor que decir lo contrario. Y luego irse a pintar otras cosas por ahí, dejándonos con la eterna duda a nosotros y un empleo de por vida a los profesores de estética.

Bueno, Michael Jackson es nuestra pipa. Por una parte, fue el autor de varias gemas de la música popular del siglo pasado, un innovador a nivel estilístico y quién rompió las barreras de raza en el estrellato a nivel masivo. Pero también será recordado por las acusaciones de pedofilia, la decoloración de piel y música luego de sus años creativos, y por una desmesura en vida a la Willy Wonka. Al final, Jacko es un símbolo que nos provoca. Y que puede hacernos bailar, emocionar, morir de vergüenza o pedir la hoguera, según sea el caso.

Esa disparidad de criterios animaron Jacksonismo: Michael Jackson como síntoma, un volumen de ensayos editado en 2009 por el fallecido Mark Fisher, crítico cultural inglés dedicado a desmontar las lógicas de poder tras los fenómenos de masas. En un ejercicio que tiene menos aburrimiento del que se podría suponer por el nombre, Fisher dedicó su vida (sus 3 libros, las crónicas en The Wire y el blog de referencia K-Punk, también) a darle una vuelta demás a tanto fenómeno que consideramos aceptado a priori.

Mark Fisher

A los ojos de Fisher en su artículo personal “El fin del Jacksonismo. And when the Groove is dead gone”, el cambio de fisonomía del cantante entre Off the wall (CBS, 1979) y Thriller (CBS, 1982), no fue el mero complemento al paso del clásico sonido Motown al lujoso pop de la nueva década. Hay bastante más en esa modificación desde la factoría de sonidos a escala industrial a una omnipresencia visiva en todos los espacios posibles. A juicio del autor, lo que surgió fue “una nueva forma de control (que) emergió cuando los centros comerciales, los VHS (…) y la publicidad televisiva, se volvieron aspectos intercambiables del mismo paisaje de mercancías mediáticas”.

Ese es el momento en que Fisher recurre a la figura de Greil Marcus, crítico cultural estadounidense, quien afirmó en su clásico libro Rastros de Carmín que los Sex Pistols y el punk eran el resultado final de las vanguardias artísticas y sociales del siglo XX. Ellas, a juicio de Marcus, fueron oscurecidas por fenómenos como el del marketing salvaje de Michael Jackson en la década del capitalismo desbordado de Reagan. Para Fisher la gran diferencia entre la alegría real (y negra, aún) de “Don’t stop ‘til you get enough” y la alteración digital de sonido, baile (“Smooth criminal” y la relativización de la ley de gravedad) y de cara de Jackson; es la imposibilidad de sustraerse del espectáculo masivo. ¿Acaso no te recuerdas con claridad qué estabas haciendo cuando murió Jackson? ¿También entraste caminando para atrás a tu lugar de trabajo/oficina/sala de clases?

En todo caso en este libro, editado a la par de la primera obra en solitario del autor (el alabado y tristemente incisivo Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?) conviven visiones variadas sobre la figura de Michael Jackson. Es así como Steven Shaviro condena el racismo implícito de Marcus al tratar la obra del cantante sólo como un producto de marketing comparándola con otros fenómenos similares como The Beatles o Elvis Presley. Mientras que Suhail Malik se centra en los riffs de guitarra de “Beat it” o “Black or white” como intención (no lograda) de superar la división anterior entre las escenas soul y disco negras y el rock de consumo blanco de clase media.

Dentro de los 20 ensayos también destaca Sam Davies quien plantea la muerte física de Michael Jackson sólo como una confirmación del carácter post-humano que ya poseía éste en su representación visual. O Simon Reynolds quien habla de cómo la grandeza del pop se transformó en “totalitarismo kitsch” en las estatuas y la autopromoción exagerada del “rey del pop”.

Una pipa compleja este Michael Jackson, quien permitió juntar en una misma frase moonwalking y posible pedofilia. Neverland, Thriller y el chimpancé mascota Bubbles. Y, por qué no, una niñez pública, una adolescencia desexualizada y una adultez decolorada. Coño, Micky. ¿Es que acaso, nos olvidamos que la canción con el bajo más infeccioso de la historia nos quiere poner del lado del truhán que NO quiere reconocer un hijo ilegítimo?

En ese sincretismo, no estamos hablando sólo de un cantante pop, sino más bien de un relato de nuestra vida moderna. Por ello es que, coherentemente, en las páginas de Jacksonismo conviven Baudrillard, zombies, Debord, Lady Di, ONG, “We are the world”, Pinocho, David Lynch y todo lo que orbita cuando se habla de una figura central de nuestros recuerdos mediáticos. Porque se puede bailar a Jackson (es imposible no hacerlo, realmente), pero también es necesario hablar de él. Como lo hacemos estos días a propósito de su confirmada participación en un clásico episodio de The Simpsons de 1991 en el papel de un enfermo mental que, justamente, cree ser Michael Jackson. Poética manera de recordarnos su despersonalización final.


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