Culto
La narrativa argentina que se viene: los gauchos jóvenes

La narrativa argentina que se viene: los gauchos jóvenes

La narrativa argentina en los últimos años ha sabido dar muchos ejemplos de estar gozando de buena salud: Samanta Schweblin (finalista del Man Booker Prize en 2017), Mariana Enríquez (traducida en un año a casi diez idiomas), Federico Falco y Luciano Lamberti (dos cordobeses, que deben ser los mejores cuentistas de su generación), Carlos Busqued (que este año impactó en España y Argentina con su novela de no ficción Magnetizado), Selva Almada (un fenómeno en sí mismo con El viento que arrasa), Pablo Katchadjian (y sus procedimientos literarios con El Aleph engordado y sus relatos de El caballo y el gaucho), Gabriela Cabezón Cámara (que el año pasado casi refundó la literatura argentina con Las aventuras de la China Iron, una especie de lado B queer del Martín Fierro). Buena parte de ellos han sido publicados en Chile por editoriales independientes: Falco, Almada y Enríquez en Montacerdos, Katchadjian en Narrativa Punto Aparte y Cabezón Cámara en Alquimia.

En 2014 a propósito de la presencia trasandina en la FIL de Guadalajara, en un breve ensayo publicado en la revista mexicana Letras Libres Damián Tabarovsky aventuró una continuidad entre lo que se escribía en los 60 en Argentina con lo que se escribía en la actualidad; para él, eran los herederos de la mejor narrativa argentina, aquélla que a la par de discutir con otras tradiciones se cuestionó a sí misma y se planteó “como lo arruinado, como el vestigio de lo que pudo ser y no fue”. Era un poco la idea de Ricardo Piglia en el sentido de que la novela argentina había nacido con la publicación en 1967 de Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández, un texto hecho en base a prólogos; de ahí en adelante esta nueva novela, observaba Piglia, sería, tal como los prólogos de Macedonio, un tipo de relato que se estaría permanentemente anunciando, y en ese sentido sería una novela de futuro, y por tanto de vanguardia.

Macedonio Fernández

Pero desde la novela de Macedonio ha pasado más de medio siglo y de la caracterización de Tabarovsky algunos años, por lo que cabe hacerse la pregunta de qué está pasando con los narradores más jóvenes, aquellos que rondan los treinta años, y que recién ensayan sus primeras armas. ¿Existe esta continuidad planteada por Tabarovsky, hay algo de esa novela que permanentemente se está anunciando como caracterizó Piglia, o hay un corte? No resulta tan fácil responder esto desde Chile, hace falta de un contexto, que como estableció también Piglia es la tradición. Por eso antes hay que señalar que la publicación de autores de este rango de edad se multiplica en un sinfín de sellos, en su mayoría independientes, y más encima algunos de provincia, por lo que el panorama que se podría entregar sería sesgado, pero no por ello incompleto. Como dijo Beatriz Sarlo, “la crítica debe inventar, sobre todo la del presente que es como dibujar un mapa mientras todavía no se ha llegado del todo al lugar representado”. Y quizá este es el principal desafío.


Leonardo Sabbatella

1. El interior

Lo primero que llama la atención es que hay narraciones que abordan cierto interior, como manifestación de desconfianza hacia el mundo, hacia lo exterior o el afuera. Como bien señala Juan José Mendoza en un texto reciente aparecido en revista El Matadero, dependiente del Instituto de Literatura Argentina Ricardo Rojas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, “no es ya el exterior –la calle, la política, lo público– el escenario en el que necesariamente acontecen las cosas que le suceden a los narradores o a sus personajes, sino que en muchos de los nuevos escritores aparece el interior –la habitación, la casa, el patio– como lugar predilecto entre las ambientaciones de los nuevos relatos”. Este rasgo salta a la vista en la producción reciente y modestamente ya lo había detectado con anterioridad en el prólogo que escribí para la parte argentina de la antología Degenerados: narrativa chileno-argentina hipercontemporánea, que en un par de meses aparecerá en Chile. En esta antología seleccioné a seis autores argentinos que habían abordado ese cierto interior. Dos ejemplos son la novela El pez rojo (Mardulce), de Leonardo Sabbatella (1986), donde un sujeto observa lo que pasa afuera de su casa sin salir; observa al vecino, al paisaje que incluso imagina porque debe hacer un viaje que nunca hace, y también La vi mutar (Wu Wei), de Natalia Rodríguez (1984), donde una niña cree que su madre se está transformando en un ser monstruoso; al igual que El pez rojo la historia se desarrolla en la casa y no es que la madre mute, sino que está siendo víctima de violencia intrafamiliar, pero la narradora, que es esta niña, prefiere ver otra realidad.

En cuanto a si existe un corte con la tradición o una continuidad como señalaba Tabarovsky, puede decirse que es más lo segundo, ya que, por ejemplo, tanto Emilio Jurado Naón (1989) como Michel Nieva (1988) –dos de los mejores de su generación– se conectan deliberadamente con los 60. El primero con un gesto, al poner un personaje que se apellida Ossorio, como el personaje de Respiración artificial, de Ricardo Piglia, en su libro de relatos A rebato (Blatt & Ríos), aunque en su caso lo mezcla con la tradición surrealista. Por su lado, en ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?, Michel Nieva hace otra mezcla, entre ciencia ficción y gauchesca, poniendo al final de su novela un poema gauchesco, en donde advierte que no tiene la rima de esos poemas, pero de igual modo es un gesto deliberado; algo similar ocurre con uno de los textos incluidos en Degenerados, ‘Don Segundo Asombra’, en el que dialoga con el texto canónico de Ricardo Güiraldes.


Leila Sucari

2. El afuera

Pero también hay textos en los que la historia transcurre afuera, en el mundo en el que los otros narradores desconfiaban o se habían abstraído. Tal es el caso de Adentro tampoco hay luz (Tusquets), de Leila Sucari (1987); aquí al igual que en La vi mutar, la protagonista es una niña (hay muchos niños en la última producción trasandina), pero en vez de quedarse adentro, ésta sale a la aventura, a inspeccionar los alrededores de la casa de su abuela en la provincia, y en ese afuera observa el comportamiento de su prima, el modo de vida de los vecinos, todo le causa curiosidad y quiere estar lo más cerca posible de eso. Hay algo en esta novela –tal vez por su relación con la perversa abuela– que hace recordar a El gran cuaderno, de Agota Kristof, pero también la mirada de la niña remite a Una muchacha muy bella, de Julián López. Otro texto que aborda el exterior es la novela Luro, de Luciana Sousa (1986), quien fue elegida el año pasado entre los 39 mejores narradores latinoamericanos por el Festival Hay de Colombia; aquí la acción acontece en un almacén de una estación de servicio de la pampa, lugar donde no pasa nada, pero que a partir de la aparición de un negro en el baño de esa estación la acción se precipita. En Luro hay algo que reverbera de El viento que arrasa, de Selva Almada: el descampado donde supuestamente no pasa nada, la detención del tiempo narrativo, la peripecia en medio de donde no debería volar ni una sola mosca. Si no fuera porque Luro fue escrita cuando El viento aún no había sido publicada, sería evidente señalar la lectura previa de Sousa. Por otra parte, la novela dialoga con la gauchesca, en especial con la plaga de langostas que se cierne sobre la estación de servicio. De hecho fue la misma autora que señaló en una entrevista que para contar la plaga de langostas había recurrido a un texto poco conocido de Güiraldes.

En Argentina no sólo la gauchesca entra a través de textos canónicos sino también a través de una reelaboración, como planteó la crítica Josefina Ludmer en El género gauchesco; para ella era posible determinar rasgos de este género en plena ciudad, en lo urbano y en la actualidad. Según Ludmer, para Borges el Palermo del poeta Evaristo Carriego era “una zona de mezcla, provisoria y doble, llanura y calle. Y a esa mezcla se le añade la mezcla de hombres: en Palermo vive el orillaje malevo y también lo que Borges llama la cosa decentita e infeliz”, por lo que tanto la tradición urbana como la pampeana pueden ser gauchescos, depende de si esa zona es provisoria y doble, o no. Aquí cobra sentido la frase de otro crítico, Daniel Link, cuando refiriéndose a Borges y a buena parte de la generación de los 60 afirmó que “en el contexto de la literatura argentina, cada movimiento estético supone necesariamente dos pasos: ignorar el escritor canónico y volver a la gauchesca”. Se regresa entonces a un tipo de gauchesca reelaborada.


Martín Felipe Castagnet

3. Realismo versus fantástico

Quizá en esta gauchesca pueda incluirse Cero gauss (Notanpuan), de Denis Fernández (1986), que mezcla el género fantástico con la representación del conurbano (que es toda esa extenso territorio que se ubica saliendo de Buenos Aires) y donde hay una “zona de mezcla” entre el realismo y lo fantástico. La historia de Fernández, al igual que la de Sousa, avanza gracias a la inminencia, es decir gracias a la sensación de que algo está por pasar; sin embargo, en Fernández la inminencia está dada por el realismo con que se inicia y desarrolla gran parte de la novela, pero a la vez ese realismo conduce hacia el fantástico. Si al cruzar la avenida General Paz se sale la ciudad y se entra en el conurbano, así también el conurbano sirve como esta zona de inminencia que indica que algo más allá del realismo va a ocurrir, es decir ese algo involucra a la forma. Y eso es novedoso, porque buena parte de la narrativa del conurbano anterior –Juan Diego Incardona, Leo Oyola, Germán Maggiori, por nombrar a algunos– tendía más hacia el realismo. En este sentido Fernández apela más a novelas como Berazachussetts, de Leandro Ávalos Blacha, y a Choripán social, de Sebastián Pandolfelli, ambos discípulos de Alberto Laiseca.

Otro autor que ha abordado el fantástico es Martín Felipe Castagnet (1986) que el año pasado publicó su segunda novela, Los mantras modernos (Sigilo), y que también está dentro de los seleccionados por Bogotá 39. En esta novela indaga en el género con un matiz, por así decirlo, académico o de lectura académica, ya que recuerda el ensayo Los prisioneros de la torre, de Elsa Drucaroff, en el que planteó que toda la narrativa de la postdictadura estaba, de algún modo, escrita en cuanto a su representación sobre los treinta mil desaparecidos. Para ella, una muestra de esto son los textos donde hay desaparecidos, o un pariente que aparece después de una larga ausencia, o los relatos fantasmagóricos. Los mantras modernos trata precisamente de un tiempo donde la gente acostumbra a desaparecer por tiempos limitados y luego por siempre, entonces parece hecha deliberadamente para ser leída desde el ensayo de Drucaroff. Pese a ello, la voz y el manejo narrativo de Castagnet son incuestionables, y es junto a Luciano Lamberti uno de los escritores más sólidos del género.

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