Culto
David Rieff: “En Chile hay que pensar en las víctimas y sus familiares; no es momento de olvidar”

David Rieff: “En Chile hay que pensar en las víctimas y sus familiares; no es momento de olvidar”

El autor de Elogio del olvido, hijo de Susan Sontag, dice que el Museo de la Memoria cumple su tarea “de manera ejemplar”. En cambio, es un crítico de la labor de la ONU en Derechos Humanos.

Regresó al hotel en silencio. En agosto del año pasado David Rieff (1952) visitó por primera vez el Museo de la Memoria. Luego de presentar su libro Elogio del olvido en el ex Congreso Nacional, el escritor americano recorrió los tres pisos del edificio de Av. Matucana. Se detuvo también ante la instalación luminosa de Alfredo Jaar, ubicada en el subsuelo de la explanada. El ensayista que suele criticar los memoriales, salió del museo eventualmente conmovido. “Fue una experiencia de dolor”, dice hoy Rieff.

Hijo único de la escritora Susan Sontag (1933-2004) y del crítico cultural Philip Rieff (1922-2006), el autor nacido en Boston registró su primera visita al país en los años 90. Licenciado en Historia en Princeton, Rieff ejerció como corresponsal de guerra en Bosnia, luego de trabajar en el sello Farrar, Straus & Giroux, donde era el editor de Joseph Brodsky, Philip Roth y Elías Canetti.

En aquella época en Bosnia vino a Chile por primera vez; de aquella época proceden también sus primeras reflexiones en torno a la memoria. Rieff creía con certeza que “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Pero en Bosnia y luego en Kosovo y Ruanda comprendió que obstinarse en recordar puede atraer riesgos.

Admirador del rumano Emile Cioran, crecido en el ambiente de la izquierda intelectual neoyorquina, Rieff es un autor controversial: contrario a las utopías y sentimentalismos, sus tesis en torno al absolutismo de la memoria y la necesidad de olvido son discutidas.

Tras su visita de 2017, recibió una invitación para volver este año. El miércoles estuvo en la UDP y el martes en el Museo de la Memoria junto a Arturo Fontaine, a dos semanas de la salida del ex ministro de Cultura Mauricio Rojas por sus palabras contra el museo (“Más que un museo”, dijo en el libro Diálogo de conversos, “se trata de un montaje”).


– Ud. es contrario a la idea de una memoria colectiva, pero en este caso algunos proclamaron el triunfo de la memoria…

– La memoria colectiva no quiere decir nada, en términos neurológicos no existe; entonces ¿de qué hablamos cuando hablamos de la memoria colectiva? Hablamos de un consenso de una sociedad en torno a un evento o una época o a catástrofes del pasado. Como escribió L.P. Hartley, el pasado es un país extranjero. Cada época llega a su propio consenso hacia el pasado. La memoria colectiva es una metáfora, no es un hecho; es una idea que se transforma en cada época. Un político del siglo XIX que fue honrado en su época puede parecernos hoy alguien condenable. Durante gran parte de la historia de EEUU, Jefferson fue visto como héroe, pero hoy reparamos mucho más en su racismo.

– ¿Piensa que la memoria en este tema podría variar?

– Desde luego, la pregunta es cuándo puede variar. No estoy de acuerdo con el señor Rojas, pero coincido en que cada museo es un documento político; cada manifestación para pensar el pasado es política. Para mí la pregunta adecuada es si dice o no dice más o menos la verdad. Yo estuve en el museo y no veo ese problema.

– ¿Qué opinión tiene del museo?

– Me parece que finalmente el primer deber de un monumento de este tipo es memorializar a quienes han sufrido, y me parece que el Museo de la Memoria cumple esta tarea de manera ejemplar. No me parece propaganda del MIR.

– Se le ha criticado que no ofrece contexto, ¿está de acuerdo?

– Creo que cada museo simplifica, eso es inevitable. La pregunta importante es si son simplificaciones morales o inmorales. Al parecer, para el señor Rojas los daños de las simplificaciones son demasiado importantes para dejar en paz el museo. Yo no lo creo. Cuando pienso en los museos de memoria en el mundo, ellos no representan la última palabra del asunto; hay historiadores. ¿Las eventuales simplificaciones del Museo de la Memoria impiden el trabajo histórico? No lo creo: el señor Rojas puede publicar sus libros, no lo van a perseguir en la calle; es un poco diferente a la situación en dictadura, no?

– Ud. subraya la diferencia entre historia y memoria…

– Hay que distinguir entre historia y memoria. La historia es la materia de la cual se construye la memoria, pero esta no es historia, la historia es crítica. En la Argentina, un asesor del gobierno de Macri insistió que no hubo 30 mil víctimas de la dictadura, sino solo 3 mil… Es posible, pero ¿él lo decía por amor a la verdad? Tengo mis dudas… Es muy probable que los judíos exterminados por los nazis no hayan sido 6 millones. Pero cuando alguien dice eso, en un 99% de los casos se trata de un negacionista y se sirve de ciertos problemas con la historia para dar fuerza a su propio negacionismo. Yo creo que en este momento hay que pensar en las víctimas y sus familiares; cuando toda esa generación ya no esté, sus familias e hijos, podemos pensar en otros términos, después de la memoria. En Chile no es el momento de olvidar. Podemos hablar del Museo de la Memoria como una representación importante del presente, no solo del pasado.

– Su elogio del olvido para superar conflictos sociales no es aplicable, al menos no aún, en Chile…

– Yo nunca he planteado la idea de que es siempre mejor olvidar, pero digo que en casos específicos, en los cuales la memoria sirve como arma de guerra, hay que pensar en el silencio. Porque no hablo literalmente del olvido sino del silencio público, pero me parece que aquí no está ese problema. ¿Hay hoy un partido verdaderamente de la dictadura? No. Cuando hablo de conflictos en los cuales el olvido podría ser preferible, hablo de casos en los cuales ambos lados quedan preparados para seguir con la guerra. Hablo de Irlanda del Norte, por ejemplo. Yo creo que hay un consenso anti Pinochet en este país; imagino que aún quedarán algunos defensores suyos, pero son minoría. En cambio, imaginemos que por milagro regresa la posibilidad de una paz entre Israel y Palestina, es imposible imaginar un acuerdo sobre lo que pasó en el pasado. Si quieren lograr la paz, van a tener que suspender el recuerdo público.

– Ud. suele reírse de la cosigna “Nunca más”, ¿no cree en las lecciones de la historia?

– La historia no enseña nada, es una fantasía. La frase “nunca más” viene del campo de concentración de Buchenwald, en 1945, donde presos la escribieron sobre un cartel. Pero ¿qué quiere decir? El genocidio y el exterminio de los judíos no ha impedido la exterminio de los tutsi…

– Europa occidental se ha mantenido libre de nuevas masacres…

– Pero nada es permanente. De todos modos soy muy escéptico de la posibilidad de aplicar una lección. Cuando hay una masacre o una dictadura, ocurre por razones específicas de un momento histórico de un país o una región. En Birmania, con la deportación y la masacre de la minoría musulmana, no piensan en Ruanda; tampoco los verdugos chilenos pensaron en sus propias crisis… Vivimos en un mundo donde no hay un gobierno mundial; eso es un sueño, un sueño agradable pero no existe, entonces sin un gobierno global…


-Existe la ONU

La ONU no existe… Hace muchas cosas buenas en cuanto al cambio climático, pero en términos de asegurar un mundo sin genocidios, sin guerras, es un fracaso. Eso no quiere decir que hubiera sido mejor que no existiera, pero fue una ilusión pensar que la ONU podía servir de contrafuerza de la guerra y la tortura.

– ¿Su madre, que fue activista, compartía su escepticismo?

– Es difícil de contestar. Creo que de temperamento mi madre fue mucho más optimista e idealista que yo, pero no sé… Tal vez mi madre compartió más la frase de Gramsci: “Pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad”. Seguramente no compartió mi pesimismo tan profundo.

– ¿Conoció sus tesis del olvido?

– No, murió antes, pero conoció bien mi trabajo sobre la ONU. Escribí dos libros sobre la ayuda humanitaria, muy focalizados en la ONU. Ella también conoció la ONU en Bosnia, y para ella era un fracaso, sin duda. Yo tengo mucha simpatía por Michelle Bachelet, pero tomar esa posición (Alto Comisionado de Derechos Humanos) en este momento es…

– ¿Un riesgo político?

– Ah, no sé, ella sabe más de política que yo, pero cada persona que ha tenido este cargo ha fracasado, y no veo por qué va a ser diferente con Michelle Bachelet.

– ¿Por qué?

– Porque no hay voluntad. No hay una comunidad internacional, no existe: solo existe en los pasillos de la ONU. No me refiero solo a un grupo de países: no hay un consenso internacional. ¿Cuál es el consenso moral entre Filipinas y Uruguay? No existe. Es una fantasía.

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