Culto
Nicanor Parra: “Para qué comer si uno va a hacer caca… para qué nacer si uno va a morir”

Nicanor Parra: “Para qué comer si uno va a hacer caca… para qué nacer si uno va a morir”

La periodista Leo Marcazzolo comparte una de sus últimas tardes con el hombre de Poemas y antipoemas, en una de esas conversaciones que tienen principio pero no final, sobre mujeres, vino, cueca, Shakespeare y Chillán.

Esta conversación fue realizada en Las Cruces el verano de 2015. Por ese entonces Nicanor Parra almorzaba cazuela, tomaba jugo de naranja recién exprimido y desayunaba unos huevos tan naturales que eran de un amarillo fluorescente que encandilaba. Su casa olía a campo, flores y humitas, no a agua salada o brisa. Era de ladrillos y tenía una vista amplia al mar. Daba la sensación, tal vez, más de una casa de campo que de balneario. Como su casa de La Reina o la de Huechuraba; en realidad todas las casas de Parra han sido Parra; libros, fruteros, frazadas cocidas a mano por su hermana Violeta y muchos cuadernos universitarios desperdigados hasta en los rincones más insospechados. Parra no se separaba nunca de sus cuadernos porque eso era él; sus poemas, ideas, proyectos y hasta sus máximas elucubraciones allí estaban. Eran territorio prohibido.

Estuvo echándoles el ojo, de hecho, durante toda esta conversación. Se mostraba rápido, lúcido pero un poco sordo. Hablaba de Portales, Shakespeare, la cueca chora, su hermana Violeta, sus nietos, Dios y su pasado en el campo. Todo al mismo tiempo y sin tregua. Código Parra; concretizar en dos palabras, una imagen, que al mundo le cuesta un párrafo.

En ese entonces se llegaba a Las Cruces desde Valparaíso en unos buses interurbanos que eran como micros de número. De carrocería abollada y cobrador humano. Los cobradores humanos habían tenido su resurrección allí. Se deslomaban dando alaridos, manipulando plata y subiendo a decenas de pasajeros llenos de paquetes a empujones y saltos. Paraban en cada pueblo, roca o letrero, y lanzaban unos bocinazos tan feroces que a veces hasta los potenciales pasajeros preferían irse de a pie. Se aseguraba asiento, únicamente, si se tenía suerte y se ocupaba hasta el último centímetro. El hálito del otro se sentía tan cerca como tu propio hálito. Luego, el bus te dejaba cerca de un retén, en mitad de una carretera, que conducía a donde estaban todos.

Quedabas literalmente varada, decidiendo si el mejor camino era volverte o quedarte, e imaginando el graznido de las gaviotas, el movimiento del viento y el sonido de tu propio eco. Ese día no había sol. Las nubes estaban gruesas y anunciaban la tormenta. En los propios huesos se sentía eso. Una dama de pronto pasó. Tenía unos surcos profundos en la frente. Los tenía rojizos por unos engañadores rayos de sol que apenas calentaban entre las nubes. Tenía varices, vestido floreado, sandalias celestes, y pupilas color esmeralda. La mirada dilatada por el sueño. Supo decir de inmediato dónde quedaba la casa de Parra. Allí, todos sabían dónde quedaba la casa de Parra. Quedaba en una loma. Todos lo habían visto, oído o vendido algo. Muchos llegaban por un encargo o en peregrinación; a veces abría y a veces no. Durante el verano que se llevó a cabo esta conversación, sin embargo, ya casi no estaba abriendo. No estaba ni triste ni feliz, solo cansado. Cansado y un poco sordo. Pero vivo, muy vivo.

Flotaba dentro de su chaqueta de cotele y suéter gris pese a que el pijama de franela a rayas se le asomaba por el cuello. No debe de haber pesado más de 55 o 60 kilos. En uno de sus poemas decía que la vejez tenía alas de insecto, pero a juzgar por cómo se veía, aún no le salían esas alas. Creía en la vida y no quería morirse. Creía en la transfiguración de las mariposas y en esas conversaciones que tienen principio pero no final.

Comenzó hablando de mujeres, vino y cueca. Contó que una vez había ido a un lugar, (no precisó coordenadas pero sí que se bailaba cueca) donde era obligación tomar ponche. “Recuerdo que sin ponche no se entraba. Me sirvieron un borgoña con muchas frutas y apenas me trajeron el vaso llegaron las niñas. Eran muchas. Una me sacó a bailar cueca y comenzó a desvestirse. Y usted sabe cómo soy yo… había que hacerlo”, cuenta y después se pone aún más serio. Relata la historia de una Ana María que le caló los huesos.

“Yo a la Ana María le pedí matrimonio y ella me dijo: ¡Cómo te atreves a pedirme matrimonio! Te contesto que no por cuatro razones:

1- Primero porque me doblas la edad.

2- Segundo porque tú eres un roto y yo soy de la aristocracia viñamarina. Mi apellido es Vergara y mis
descendientes eran los dueños de la Quinta Vergara.

3- Tercero porque no te ganaste el Premio Nacional de Literatura y eso te convierte en un ordinario.

4- Cuarto: porque eres comunista.

Ella no se casó conmigo. Se tiró de un octavo piso. Hizo lo que yo iba a hacer”.



La Violeta y el pasado

Nicanor Parra era tres años más grande que su hermana Violeta. Siempre hablaba de ella y, en más de alguna entrevista, estableció que siempre fue la más temeraria. “A la Violeta le gustaban los amores platónicos. Los de la cabeza (se toca la cabeza). De los hombres que más se enamoró fue de los hombres que no tocó… esos eran los que más le gustaban a ella”.

-¿Entonces a usted no le gusta tanto el vino?

-Nunca me he tomado más de dos copitas… no, no, no. Imagínese, yo lo aprendí de mi papá, que mi papá era el borracho. Llegaba todos los días a la casa, borracho, dando vuelta todo, haciendo. Y mi mamá todos los días le sacaba la ñoña por borracho, pero él nunca le devolvió ningún golpe porque sabía que era borracho.

-¿Y qué más pasaba en Chillán?

-En nuestra casa allí había un lugar donde hacíamos caca toda la familia. Era fuera de la casa. No tenía nombre el lugar. Le decíamos “atrás”. Voy atrás. Era una casucha y los perros esperaban afuera de la casucha para comerse la caca. Y cuando uno terminaba se la comían toda… a esos perros les gustaba la caca.

-¿Y por qué?

-Imagínese por qué… si nosotros no teníamos nada qué comer, qué iban a comer ellos. Yo siempre fui arribista. Nunca dije voy en la escuela Barros Arana, siempre dije voy en el Liceo Barros Arana.

-¿Está hablando en serio?

-Muy en serio.


La cueca

“Después de la cueca qué…”, pregunta, parándose sorpresivamente para poner un disco. Le pone play a una cueca brava. Al lado de sus cuadernos, y una biografía de Portales tiene una pila de discos.

-Dígame usted, qué viene después de la cueca.

-Qué Shakaspare, ni Hamlet, ni Rey Lear. No existe “to be or not to be”, al lado de la cueca.

-¿Cómo se baila?

-Con la lengua afuera. Las chanchitas, (que son las que cantan) se comen a los hombres. Se los devoran. Ellas son más fuertes. Los hombres ni se escuchan. Para qué comer si uno va a hacer caca… para qué nacer si uno va a morir.

-¿Usted parece que no va a morir?

Se queda pensando. Esta última pregunta, al parecer, no la escucha. Son las once de la mañana y comienza a salir un sol que derrota las amenazas de tormenta. Junto con el sol, el olor a almuerzo: la cazuela hierve en la cocina. “Todo es imaginario. Nada existe. Ni la literatura existe. Lo que más vale es el ‘epistolario’. Las cartas. Las cartas dicen la verdad porque es lo que uno le dice a otro. Esto dice la verdad, (señala un libro epistolario de Diego Portales)”.

-¿Y qué le interesa de Portales?

-Usted sabe que Diego Portales vivía en el puerto e iba a un lugar donde había mujeres a las que les decía: “no me haga cosas de señorita, porque no me interesan las señoritas”.

-No, no sabía, ¿y de quién se enamoró Portales?

-Se enamoró de la mujer Z y la mujer Z le mintió. Le dijo que era virgen y no lo era. Lo había hecho con otros dos más antes. Era bravo el puerto. Todavía es bravo el puerto, yo una vez fui a la Plaza Echaurren y vi pura gente tomando y drogándose. DO-GRÁN-DO-SE.



Shakespeare

Ahora sí comienza a bailar cueca, toma agua y se refriega los ojos. “Estuve 20 años traduciendo el Rey Lear. Shakespeare. Hamlet hace chistes sexuales. Ese cabro está loco. Yo hablaba tanto de Hamlet, que el Tololo, decía que se llamaba Hamlet. Y si uno le decía Tololo no venía. En el colegio tampoco. Si le decían Cristóbal Ugarte, no atendía. Él decía que se llamaba Hamlet. Y entonces yo le empecé a decir Hamlet. Pero después, un día le dije: “Hamlet, ven” y no vino. Dijo que se llamaba Laertes.

-¿Cuál es el tema de Shakespeare?

-La codicia… el gran tema con el Rey Lear es que él reparte todo para que no se lo terminen comiendo a él, pero cuando todo está repartido, igual se lo terminan devorando.

-Entonces no hay remedio…

-No… mire, después de lo que uno les escucha hablar a los niños qué Shakespeare ni qué Shakespeare, ni 8/4… mire las cosas que dicen. La Lina Paya el otro día vino y le dijo al Barraco: “Tú no hables porque eres tonto”. Otro día también le dijo: “Tú anda a ver tele porque eres tonto”.

-Descontextualizan…

-El hijo de un amigo vino el otro día y me vio lavando el auto y dijo: “Está regando el auto”. Otro día este mismo niño se paró en una mesa y dijo: “Cállate tú desubicao.” ¿Dígame si eso no es más increíble que Shakespeare?

-Puede ser…

-Sabía usted que la gente que vivía en la isla de Creta, le decían a la gente: “Créannos, aunque todo lo que nosotros les decimos sea mentira”.

-¿Y la gente les creía?

-Obvio que no, porque todo lo que decían era mentira. ¿Sabía usted que a mí me han visto en dos lugares a la vez? Existen dos versiones exactamente iguales de mí. Aquí hay una, pero hay un problema.

-¿Qué problema?

-El problema es que no sé dónde está la otra.

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