Culto
Dame la mano y nos destruiremos: María Paz Rodríguez presenta su primer libro de cuentos

Dame la mano y nos destruiremos: María Paz Rodríguez presenta su primer libro de cuentos

En Niñas ricas (Alfaguara) el lector se encuentra con cinco relatos unidos por temas como la familia, el deseo y la clase alta.

Dos amigas juegan a quererse: una es la narradora y la otra se llama Gabriela. Con el tiempo ésta última se convertirá en esa compañera que todas y todos tenemos. Una leyenda más que alguien de carne y hueso. Un nombre que por las noches googleamos. Un recuerdo colegial invocado en las reuniones de curso para hacernos sentir mejor (o peor).

“Estaba destinada a ser grandiosa. También a estar sola. Pero por mientras se fue rodeando de aficionadas como nosotras; de turistas que, como yo, la seguíamos y le copiábamos”, dice la narradora de “Todas queríamos ser Gabriela”.

Niñas ricas, el primer libro de cuentos de María Paz Rodríguez, contiene cinco relatos que tocan temas como el deseo, la clase alta y la familia. Ahí está el primer cuento, recién citado, el cual narra la amistad entre la protagonista y Gabriela, su misteriosa compañera que bien podría ser el fantasma de Gabriela Mistral, autora de quien, por estos días, se publica una antología que (por fin) le hace justicia. Aunque si aquella Gabriela nos llamaba a darle la mano para danzar; esta Gabriela tiene otros planes. Como sucede en la siguiente escena veraniega:

“Cuando salí a respirar, Gabriela se metió a la piscina y me volvió a hundir con ella. Sumergidas, me besó debajo del agua. Un beso raro, frío; un beso de pescado. Salió sin decir palabra, dejando una estela de agua por donde pisaba”.

Luego de Mala madre, novela publicada por Alfaguara en 2015, en Niñas ricas María Paz Rodríguez mantiene algunos temas que ya había tocado en aquella novela. Principalmente conflictos: familiares, de amistad y personales.



-¿Dirías que hay una sensación de envejecimiento que recorre estos cuentos? Una de las narradoras, por ejemplo, dice: “Tengo treinta, tengo veinte, tengo dieciocho, me repetí para adentro. Soy joven, soy joven, soy joven…”.

-¡Claro que sí! Para las mujeres el paso del tiempo es un castigo público y privado. De alguna manera, envejecer es un acto de resistencia. El sistema tiende a invisibilizar la vejez, y más la vejez femenina, como si en la juventud residiera nuestro único valor. Entonces, sí, crecer, madurar, contrastar la extrañeza de estas mujeres mayores frente a las más jóvenes, fue una idea que cruzó el libro.

-¿Y a qué otros temas te interesaba darles una nueva vuelta de tuerca con estos cuentos?

-Los estereotipos femeninos. Quería mostrar mujeres que se emborrachan porque no hay otra cosa que hacer; mujeres que se calientan; que explotan y hacen explotar lo que las rodea. Eso también fue un hilo que condujo estos relatos.

-¿Hay algo de ajuste de cuentas con la clase alta en Niñas ricas?

-Me interesaba representar el problema de la clase en Chile; la imposibilidad de diálogo en cierta clase, pero también, la tristeza que reside detrás del no-lugar. Todas estas protagonistas son unas desclasadas por voluntad propia, por ende, parias sociales de su entorno, porque fueron criadas en la regla, en las convenciones de “qué” y “cómo” tiene que “ser” una mujer.



Desborde y obsesión

Es el verano del 2017 y los incendios forestales arrasan. Pero Chile, ese pueblo épico como dice la narradora del cuento “Mi destrucción”, es una nación acostumbrada a remezones geográficos y psíquicos.

“Cada dos o tres años nos terremoteamos, nos pasa una ola gigante por encima, nos quemamos vivos o nos viene un aluvión que nos empantana. Y lloramos. Es como un ciclo que se continúa en otra desgracia: tabula rasa en repeat, el eterno retorno en un espiral, el grado cero de un país que no dura. Un país de arena que fue ese verano un país de fuego”.

Con eso de fondo, una mujer –intelectual y escéptica de casi todo– es invitada a pasar un verano en la casa de su hermana. Está pasando por una crisis de la mediana edad; odia en lo que se ha transformad su vida y así, en medio de un lago pacífico (y leyendo una biografía de Susan Sontag), conoce a un chico menor.

“Había algo en la torpeza de Vicente, algo pequeño, frágil, moldeable”, dice del chico, con quien finalmente pasa una noche sin pensar ni mediar consecuencias. Y claro: lo que para él es un simple fling veraniego, para ella, en medio de una crisis, significa algo más. De esa manera Vicente se convierte en “un monstruo invisible que se iba apoderando de mis horas”, como confiesa. Y ella hace lo posible para estar al alcance de Vicente y reparar su propia adolescencia desclasada. Entre eso asistir a una fiesta de beneficencia (para los afectados por los incendios), llena de millennials y pre-millennials con “los cuerpos hinchados de juventud y la fibra tirante”, como sacados de una publicidad de Banana Republic o GAP.

“Nunca pensé en publicar ese cuento”, dice María Paz Rodríguez. “Lo pasé bien escribiendo y ya. Pero al final, cuando leí el conjunto entero, me hacía sentido que estuviera con los otros. También hay niñas y niños ricos que atraviesan por el desborde y la obsesión”.

“Mi destrucción” es un cuento que escarba un núcleo específico de la clase alta: esa hippie y alternativa. Y la cual, reconoce la autora, ella conoce de cerca: “Por ahí se cuelan todas las clases de yoga a las que he ido; las terapias de sanación en los que he participado. Estos nuevos paradigmas de lo espiritual, post New Age, post-Osho, que dan tanto material literario”.


-Me pareció que en este relato hay una narradora que se destruye y sabe que se está destruyendo (y hasta lo pasa bien). No es una persona, digamos, ejemplar. De hecho, ve a las cabras chicas como enemigas; no como aliadas por ser mujeres.

-Creo que las cabras chicas funcionan más como espejos temporales que desde la rivalidad. Ahí quería mostrar a esas nuevas generaciones que vienen más liberadas; más absueltas de los estereotipos que mi generación u otras. En ese sentido, las protagonistas compiten, se comparan, pero no se odian. Las mujeres mayores de estos cuentos están buscando ese diálogo. Necesitan formar parte de esos cambios. Entonces las niñas jóvenes vienen a soltar “eso” en lo que están atrapadas las mujeres que las observan. Me interesaba que “Mi destrucción” fuera un cuento incómodo. Duro, por cómo somos percibidas algunas mujeres.

-“Lo común detecta lo extraordinario, lo necesita”, dice la narradora del primer cuento. ¿Qué es lo común, para ti, de la literatura chilena?

-“Lo común”, tal vez, es un tipo de escritura tímida, tibia. Sin mucha voz, sin mucho proyecto, sin mucha profundidad, sin mucha apuesta.

-¿Y lo extraordinario?

-Me interesa leer voces más arriesgadas, por lo cual asumo que “lo extraordinario” es la capacidad que tienen ciertos autores y autoras para resetearse; para reinventar sus proyectos narrativos. También, me vuela la cabeza quienes proponen nuevos imaginario que, espero, sigamos leyendo: Simón Soto, la Catalina Infante, Bruno Lloret o la Isabel Bustos. Creo que es bien interesante lo que está pasando con las nuevas generaciones que se publican, pues hay interés —tal vez, por primera vez— de leernos más.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo