Culto
El infiltrado del KKKlan: memorias de un infiltrado

El infiltrado del KKKlan: memorias de un infiltrado

Premiada en la última edición de Cannes, la cinta se basa en una historia real, por mucho que cuesta creerla. Su fuente son las memorias de Ron Stallworth, el primer detective afrodescendiente del Departamento de Policía de Colorado Springs.

En los primeros minutos de Malcolm X (1992), la bandera de EEUU se incendia al calor del odio, la rabia y la violencia, para dejar en pantalla la “X” del título y del protagonista. Al final de El infiltrado del KKKlan reaparece la enseña de barras y estrellas, que termina dada vuelta, como se usa ponerla en una situación de aflicción extrema. Que el protagonista de la segunda (John David Washington) sea hijo de su homólogo de la primera (Denzel Washington) ya es algo. Que una película dialogue desde la historia con la otra, así como con la restante filmografía de Spike Lee, director y coguionista de ambas, nos habla de un arte superior.

Premiada en la última edición de Cannes, la cinta se basa en una historia real, por mucho que cuesta creerla. Su fuente son las memorias de Ron Stallworth, el primer detective afrodescendiente del Departamento de Policía de Colorado Springs. A comienzos de los 70, Stallworth se decidió a infiltrar al Ku Klux Klan local. No pudiendo hacerlo cara a cara, por razones étnicas evidentes, recluta a un colega (Adam Driver) que hace las veces de un Stallworth que ni siquiera atinó a usar una “chapa” para esconder su verdadero nombre.

Antes de esta operación, en otra misión encubierta, asiste a un acto del “Poder Negro” en el que conoce a Patricia (Laura Harrier), una líder estudiantil que lo deja enganchado, culposo y atribulado: no puede contarle a lo que se dedica, pero puede usar sus dotes profesionales para salvarle el pellejo.

La película es todo lo insólita y entretenida que suena: Spike Lee tiene la virtud de operar en distintos registros sin desarmar el tono general de la propuesta. Encuentra, asimismo, modos ocurrentes e incendiarios de conectar pasado y presente (de “inventar la verdad histórica en el cine”, como dijo Rosenstone), de rebarajar el naipe identitario sin que las tesis se coman el relato. Así, cuando llega el momento en que Ron le habla a Patricia sobre lo difícil de ser estadounidense y negro al mismo tiempo, su discurso se funde con la mirada, el caminar y todo lo cool de su persona. De ahí que las escenas y los planos tengan el tiempo que necesitan. De ahí que la expedición étnica se pruebe funcional al statement político. De ahí que la película desconcierte, divierta e importe

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