Culto
Henry Rousso, historiador francés: “La memoria ha pasado a ser un valor fundamental, un derecho humano”

Henry Rousso, historiador francés: “La memoria ha pasado a ser un valor fundamental, un derecho humano”

Uno de los creadores del Instituto de Historia del Tiempo Presente aborda el “peso de la memoria”, a propósito del incidente que desbancó al ex-ministro Rojas. Recién llegado a librerías con La última catástrofe, advierte: “Si se trata de dejar en evidencia cuestiones de memoria, debe ser fundamental la dimensión histórica”.

“Derribado por el peso de la memoria”, tituló el pasado lunes un vespertino. Grande, la foto de Mauricio Rojas, el ministro que duró 90 horas en el cargo, después de que reemergieran sus dichos sobre el Museo de la Memoria. ¿Qué tanto pesa la memoria?

“Al menos en los países democráticos o que aspiran a serlo, la memoria ha pasado a ser un valor fundamental, un nuevo derecho humano”, dice Henry Rousso (El Cairo, 1954), como quien esboza una respuesta. Acto seguido, el francés precisa conceptos:

“Por memoria entiendo un conjunto de obligaciones morales y una serie de dispositivos políticos tendientes no solo a perpetuar el recuerdo sino, sobre todo, a desarrollar el conocimiento, el reconocimiento y la reparación de los crímenes del pasado. Se trata de acontecimientos que han dejado huellas muy vivas y constituyen traumatismos históricos, ‘pasados que no pasan’”.

Entre los dispositivos ya señalados, agrega el ex-director del Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS) y co-creador del Instituto de Historia del Tiempo Presente (IHTP), están los juicios a ex-gobernantes, las conmemoraciones, los monumentos, memoriales y museos que con frecuencia reviven una “memoria negativa”, que no destaca el heroísmo patrio, sino la culpabilidad estatal y la situación de las víctimas. “Por ello, toda posición pública en torno a estos dispositivos de memoria -en particular a propósito de los museos de la memoria, puede provocar alboroto y transformarse en noticia”. Finalmente, “la memoria alude más al presente que a la historia”.

Nombre familiar para quienes estudian la memoria colectiva y los usos del pasado, Rousso publicó en 2015 un libro de reciente traducción local: La última catástrofe. La historia, el presente, lo contemporáneo (Universitaria). Consejero de museos y memoriales, piensa que en las sociedades abiertas de hoy, donde las tradiciones locales y nacionales han perdido fuerza, “la memoria estructura más que nunca la identidad de individuos y grupos, con frecuencia a través del recuerdo de una experiencia traumática”.

Hubo quienes hablaron, a propósito del Museo de la Memoria, de “memoria sin contexto”. ¿Puede exigírsele contexto?

No conozco ese museo, así que no me pronunciaré sobre su contenido. Sin embargo, he participado en varios y creo que, incluso si se trata de dejar en evidencia cuestiones de memoria, debe ser fundamental la dimensión histórica. Con “dimensión histórica” me refiero a una explicación lo más exhaustiva posible del contexto en el que se produjeron los acontecimientos, una cierta toma de distancia y la consideración de que un museo se dirige con frecuencia a un público numerosos donde las opiniones son diversas, a veces antagónicas. No hay nada más difícil que explicar una guerra civil o una lucha intestina en un museo nacional: hay que describir -incluso denunciar- los crímenes cometidos y al mismo tiempo dar explicaciones objetivas (y entonces dar también, en cierto modo, el punto de vista de los criminales).

“La memoria puede ser la demostración de un alto grado de madurez democrática”, dice Ud., pero también “el síntoma de una fragilidad enorme”…

En esa entrevista pensaba sobre todo en el caso europeo, donde la memoria de las dos guerras mundiales ha tomado una importancia considerable en las últimas tres décadas, mientras las amenazas de guerra se multiplican. Por un lado, el reconocimiento tardío de los crímenes cometidos por los nazis y los colaboracionistas en la mayoría de los países europeos, fue un gran avance democrático. Por el otro, es posible que la presencia obsesiva del pasado haya sido un freno para encarar el futuro y, en particular, para entender las nuevas amenazas de guerra sin evocar las guerras del siglo XX. Sin embargo, es normal preguntarse por ciertos excesos de las políticas de la memoria, como falsear los hechos históricos para defender una causa justa, con la condición de que se adquiera un conocimiento del pasado y de que se establezcan procesos de reparación.

En una entrevista de hace cinco años, su colega -y compatriota- François Hartog decía que si la memoria, la identidad y el patrimonio se han convertido en conceptos claves de nuestro tiempo, es “porque la Historia, la divinidad mayor, ha visto desvanecerse su magisterio”. ¿Está de acuerdo?

Sí. Hoy se da una relación más emotiva e identitaria que antes con el pasado, cuestión que puede verse en las polémicas en torno a monumentos y museos. Pienso que esto corresponde a una crisis del futuro, una dificultad de apreciar el porvenir, de mantener viva la idea de un progreso constante de la humanidad. Por el contrario, parece que vivimos tiempos cuyo único horizonte son las catástrofes inevitables: la guerra, el terrorismo, el calentamiento global. Por eso, parece más cómodo buscar una forma de estabilidad y de referencia en el pasado, pero siempre que este haya sido blanqueado. Es impresionante ver hasta qué punto nuestras sociedades invierten mucho más temas de memoria que en aprehender el futuro.

En febrero de 2017 usted vivió la historia del tiempo presente, por así decirlo, cuando estuvo diez horas retenido en un aeropuerto de Texas [alguien lo creyó equivocadamente una amenaza por su origen egipcio]. ¿Qué le dijo esta experiencia acerca de los EE.UU. de Donald Trump?

Durante la mitad de un día, y sin esperármelo en absoluto, viví la experiencia de un poder arbitrario. Pude advertir durante unas horas hasta qué punto era difícil ver lo que pasa, y actuar en consecuencia, cuando una sociedad democrática parece entrar de golpe a un universo liberticida.

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