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Mauricio Rojas, los años desconocidos

Mauricio Rojas, los años desconocidos

Formado por una madre socialista en una casa llena de libros, destacó entre los universitarios de los 60 y los exiliados de los 70 en Suecia. Fue uno de los líderes del grupo que se radicó en Malmö y Uppsala, donde estudiaban a Marx y donde su madre murió de cáncer. En 1982 trajo sus restos a Chile y dio un breve discurso en homenaje a Allende. En los 90 comenzó su viraje hacia posiciones de derecha y poco acogedoras con los inmigrantes.

La actriz Loreto Valenzuela estaba emocionada. En 1970 el grupo Quilapayún estrenaba una obra épica y ambiciosa, que se volvería un himno de la Nueva Canción Chilena y un emblema de lucha revolucionaria: “la Cantata Santa María de Iquique”. Esa noche la narradora fue la actriz María Teresa Fricke, que solía reemplazar a Humberto Duvauchelle en el escenario. “Fue un momento histórico”, recuerda hoy Loreto Valenzuela, “un hito. Y quien me invitó fue Mauricio Rojas”.

El ex ministro de Cultura, cargo que ostentó durante cuatro días, era por entonces un ferviente partidario de la revolución. “Gracias a sus contactos políticos, él consiguió entradas y me invitó al concierto”, añade la actriz.

Nacido en Santiago en 1950, Rojas era el hijo único de Juana Mullor, profesora, sindicalista y militante socialista, quien votó por Salvador Allende en sus cuatro campañas presidenciales. Separada, ella crió a su hijo junto al abuelo, un inmigrante español, católico, franquista y fanático de la Unión Española. De él heredaría el sentido de la trascendencia y el sacrificio, según ha dicho; de ella, las convicciones políticas.

Con su madre se aproximó al pensamiento marxista: de acuerdo con su relato, a los 11 años El Manifiesto Comunista desplazó a los clásicos infantiles en sus lecturas.

Ya en el Liceo de Aplicación, Rojas radicalizaría su postura y se abriría a “un horizonte extraordinario donde todo era revolución, cambio total, salto cualitativo”, como relata en el libro Diálogo de Conversos. Una vez en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, a la que ingresó en 1967, se incorporó a la actividad política bajo el influjo del MIR.

La eventual militancia de Rojas en el movimiento liderado por Miguel Enríquez ha sido motivo de discusión desde la noche en que el Presidente Piñera lo designó en reemplazo de Alejandra Pérez. Y se ha extendido incluso más allá de su renuncia forzada por el rechazo mayoritario del mundo de la cultura y los derechos humanos ante sus palabras sobre el Museo de la Memoria (“Más que un museo (…), se trata de un montaje”, como dijo en el libro y reprodujo La Tercera el sábado pasado).

Andrés Pascal Allende y otros antiguos líderes y militantes de la época lo niegan. César Astudillo también estudió Derecho en la Universidad de Chile y asegura que Rojas no se encontraba entre los miristas. “Yo era del MIR, pero funcionaba en otro sector, al sur de Santiago; sin embargo conocí a los pocos militantes del MIR de derecho. Mauricio Rojas no pertenecía a esa unidad”, dice.

Al parecer, como publicó Alfredo Joignant en carta a La Segunda, Rojas funcionaba en el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), que adhería al MIR pero tenía una inclinación troskista. Uno de sus líderes habría sido Oscar Vallespir, “gran lector de Trotski y buen ajedrecista”, según Rojas.

“Yo no sé a qué grupo pertenecía, si era MIR o FER, no lo recuerdo, pero sí era muy activo políticamente”, dice Loreto Valenzuela. “Era un tipo muy estudioso, muy preparado, que destacaba sobre el resto”, agrega. No recuerda haber visto a Miguel Enríquez en su casa, como ha dicho Rojas, pero sí tiene algo muy claro. Pese a lo que él mismo Rojas afirma en el libro ya mencionado (“había sido polola mía”), la actriz asegura que solo fueron amigos un par de años. “Nunca fuimos pololos”, subraya.

De esta forma, la biografía que el ex ministro ha difundido a menudo entra en discusión con el testimonio de gente que lo conoció en aquella época o incluso después, en la Suecia de los años 70 y 80. Consultado por este diario, Mauricio Rojas no se mostró dispuesto a disipar las dudas: “No doy entrevistas ni respondo consultas”, dijo por WhatsApp.


Un mesías

En noviembre de 2011, época en que Rojas sí daba entrevistas, dijo a El Mercurio: “Yo me acuerdo de cuando tenía 15 o 16 años, del poder que sentía por mi intelecto, por mi pasión, por mi voluntad. Miraba a mis amigos del barrio, de la escuela, y pensaba que eran seres humanos chiquititos, que estaban al lado de un mesías y no se habían dado cuenta. Hasta que un día dije ‘todos esos seres chiquititos da lo mismo que los matemos, porque son pequeñitos’”.

Formado en una casa rodeada de libros, se saltó la sexta de preparatoria y a los 16 años ya había terminado la secundaria. En esa época vivía con su madre en una casa de dos pisos de calle Catedral. “Ellos vivían en el segundo piso y su mamá arrendaba piezas a estudiantes. Su casa siempre estaba llena de juventud, de actividades políticas y culturales”, atestigua Loreto Valenzuela, quien vivía en la misma cuadra.

Con su preparación intelectual, el hijo único de Juana Mullor transmitía convicción y un notorio liderazgo entre sus pares. “El había tenido acceso a muchas lecturas y era muy sólido intelectualmente”, dice un ex MIR que lo conoció en el exilio. “Gracias a él yo conocí libros y autores que de otro modo tal vez no habría conocido. En alguna forma él me hizo ver la realidad de otra manera”, dice Loreto Valenzuela.

En la Escuela de Derecho, según su relato, hizo un diario mural, “donde hasta colgaba mis poemas revolucionarios, como uno que se llamaba Bandera roja”. Más o menos en esas fechas, de acuerdo con otro amigo, volvió a ver a su padre, que fue la gran ausencia de su infancia. Al parecer, no resultó un encuentro grato. “Le ocurrió igual que a Vargas Llosa”, dice su amigo en referencia a una de las figuras más admiradas hoy por el ex ministro.

Después del Golpe de 1973 se exilió en Suecia, donde comenzaría su tránsito ideológico que lo llevó desde la extrema izquierda al liberalismo que también abraza el Nobel peruano.


Raíces latinas

Llegó a Estocolmo en enero de 1974, el año en que comenzaba la persecución del régimen contra el MIR. Un año después su madre era detenida y enviada a Villa Grimaldi, donde fue víctima de torturas. Arribó a Suecia muy maltratada. “La verdad es que nunca se recuperó de todo lo que había pasado”, dijo él.

Todo mirista que se exiliaba perdía la militancia: representaba una traición. Rojas intentó unirse a los GAM, grupos de apoyo al MIR, pero se alejó junto con un grupo hacia el sur, a Malmö y Uppsala. Allí comienzan un proceso de reflexión. Estudian El Capital de Marx. Rojas era el que mejor lo manejaba. Ya entonces algunos observan rasgos que incomodan al grupo: “Tenía un ego muy grande y una enorme ambición de poder”, dice un ex compañero. Para otros, exhibía cierta arrogancia intelectual, “particularmente con amigos y compañeros de baja escolaridad”, dice César Astudillo.

Y sin embargo, era uno de los líderes en el grupo. Se inscribe en la Universidad de Lund para estudiar historia económica y, de acuerdo con su versión, en 1979 escribe su primer paper con críticas al marxismo. Su madre lo leyó y nunca lo habría perdonado. Ella murió de cáncer en 1981, y un año después Rojas viaja a Chile con sus cenizas. “En el cementerio él dio un pequeño discurso de homenaje a ella y a Salvador Allende”, dice un amigo de la época.

Según dijo a Roberto Ampuero en su libro, el grupo de exiliados era “un micromundo absolutamente patológico, habitado por gente muy joven que vivía perseguida y aplastada por su traición y un deseo muy vivo, pero lleno de contradicciones, de purgar su culpa”.

Hasta inicios de los años 80 y de acuerdo a los testimonios, Rojas no rompía del todo con ese grupo. Tras doctorarse en la Universidad de Lund en 1986, publicó Historia económica y social de Latinoamérica. En el prólogo hace un reconocimiento a Eduardo Galeano y su libro Las venas abiertas de América Latina. El texto está dedicado a sus cuatro hijos: “Nada me agradaría más que un día Soledad, Vera, Antonia y Emiliano, niños latinoamericanos que crecen en Suecia, encuentren en este libro sus raíces”.

Por todo ello y por su propia historia, para muchos de sus conocidos sería una fría sorpresa la posición anti inmigrante que exhibiría en la década siguiente.


Giros y retornos

Marco Venegas es parlamentario del Partido Verde en Suecia. A inicios de los años 90 conoció a Mauricio Rojas durante una charla. “Intenté discutir con él antes de que comenzara su charla, pero no quiso contestar mis preguntas; se negó a hablar en español y me respondía solo en sueco, sabiendo muy bien que también soy chileno”, recuerda. En su exposición, Rojas planteó ideas muy poco hospitalarias con los inmigrantes.

Según versiones de chilenos en Suecia, Rojas transitó desde posiciones cercanas a la socialdemocracia y el Partido Verde al Moderado y finalmente al Partido Liberal, con el que llegó al parlamento en 2002.

Entre sus propuestas planteó restringir los beneficios económicos a los inmigrantes y sustituirlos por préstamos, así como exigir el dominio del idioma. Una de sus columnas más criticadas es de 2005: en ella sugiere que los problemas de inmigración podrían deberse al patrimonio sociocultural de los inmigrantes; es más, los inmigrantes tendrían responsabilidad colectiva por los delitos individuales.

La juventud del Partido Liberal pidió su salida. Y en 2008 “se va decepcionado de Suecia”, dice Marco Venegas. Viaja a España, donde conoce a Mario Vargas Llosa y comienza su acercamiento a Chile que lo condujo al gobierno con el Presidente Piñera.

Para sus antiguos camaradas, el nuevo Mauricio Rojas es irreconocible. “Es tan difícil entender su vuelco”, dice un exiliado que fue su amigo. “Ninguno de sus amigos de entonces podríamos pensar una cosa así”, dice Loreto Valenzuela. “Sus palabras sobre el Museo de la Memoria son tan insensibles, trato de entender y no lo logro, sobre todo con la experiencia de su madre; ella sufriría tanto de verlo ahora”, finaliza.

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