Culto
La Casa de las Flores: Six feet bajo Ciudad de México

La Casa de las Flores: Six feet bajo Ciudad de México

De La Casa de las Flores(Netflix) se ha dicho que es un inteligente tributo y parodia a la tradición de la telenovela mexicana pero releída y deconstruida en la alquimia de la generación HBO. Que la paleta de colores y los primeros minutos se parezcan tanto a Six feet under (el título no fue idea mía) no tiene nada de casual.

Había un chiste tan malo que terminó siendo bueno. En las parodias de las telenovelas (ojo, no teleseries) mexicanas que hacía el Jappening con Ja en los 80, protagonizadas por la eterna Eglantina Morrison; su socio, un abogado de bigote y peinado de galán latino solía golpearse en la cabeza y perder la memoria. Lo realmente divertido no era eso, sino el nombre del villano encarnado por Fernando Alarcón, el Licenciado de la Mora, así con la “L” en mayúsculas. Es que durante medio siglo, Televisa y sus clones nos educaron con una mitología donde las amnesias y las vueltas a la vida eran tan pan de cada día como los ciegos recuperando la vista. Pero además, con una variopinta fauna de millonarios con apellidos antecedidos por un “de la”. Sin querer una generación (o dos) entera de espectadores estábamos familiarizados con la familia de la Mora, los protagonistas de La Casa de las Flores, y no sólo por lo del Licenciado de Eglantina Morrison, sino porque así era la forma de la endogamia melodramática del continente. Ya saben, la endogamia de la aristocracia latinoamericana empieza en la ficción y termina en la política, vaya que sabemos de eso.

Hace algunas columnas atrás, respecto de la serie de Luis Miguel, reflexioné acerca de la épica latinoamericana, ese “santo grial” buscado por productoras de todo el continente con el fin de lograr un drama/comedia “tipo HBO”, pero desde esta parte del mundo. Cruzada obsesiva como pocas, que ha logrado desiguales resultados, pero nula respuesta al fin deseado. Eso hasta la llegada de Luis Miguel, cuyo legado fue vernos al espejo y entender que aquella era nuestra mitología pop, la de las estrellas de la canción romántica. Es decir, ¿quién necesita superhéroes Marvel cuando se tienen canciones como “La incondicional”? ¿O un Juego de Tronos en la Patagonia cuando existe Verónica Castro?

De La Casa de las Flores (Netflix) se ha dicho que es un inteligente tributo y parodia a la tradición de la telenovela mexicana pero releída y deconstruida en la alquimia de la generación HBO. Que la paleta de colores y los primeros minutos se parezcan tanto a Six feet under (el título no fue idea mía) no tiene nada de casual. Mas lo cierto es que La Casa de las Flores no es una buena serie sólo por ser un espejo del género que cita, sino por todo lo contrario, ser precisamente una telenovela sin vergüenza, con todos los ingredientes con los que Televisa educó a un continente entero, desde el look de los personajes y el choque de dos mundos hasta lo más certero de todo: la incomodidad. Porque si hay un motivo omnipresente en la mitopoética de Televisa, desde Los ricos también lloran (acaso el hombre lobo original de la especie), pasando por Guadalupe, Cuna de Lobos (El Padrino de las telenovelas) y terminado en esa joya cebollenta que fue Teresa, es la incomodidad del héroe/heroína ante el mundo que le tocó vivir. Y en esta definición de mundo la canción es amplia y subraya desde la propia sexualidad hasta la familia y la vecindad. Que en la serie haya dos “casas de las flores”, tan en las antípodas como espejeadas es una tremenda idea porque insiste en lo incómodo. Ciudad de México es una ciudad incómoda, las telenovelas son incómodas, la narrativa (y la poética) de este continente lo son. Mucho. Por eso nos gusta.

Se ha leído en diversos medios que este melodrama creado por Manolo Caro remixea al melodrama mexicano desde la vista de los nuevos tiempos. El tema amoroso acá es poliamoroso y el explícito/implícito machismo de las telenovelas clásicas es puesto en vilo con personajes masculinos frágiles y débiles, lejos del estereotipo del patriarca azteca de clase alta, mientras son las mujeres las que llevan el barco. Cierto, pero la serie es pilla y dentro de estos parámetros continúa siendo tan machista e incluso misógina como cualquier pieza protagonizada alguna vez por Lucía Méndez o los hermanos Capetillo, la diferencia es que asume y se hace cargo del machismo desde el humor y allí golea, al asumir que la vida, el presente, no es de blancos y negros, que sólo las risas nos pueden salvar de irnos al tacho de la basura.

Cierto, Eglantina Morrison y su Licenciado de la Mora lo hicieron antes, pero La Casa de las Flores a la larga lo ha hecho mejor, porque no es un placer culpable, es una buena muy buena serie y otro eslabón en la certeza de que así como el realismo mágico reinventó el género fantástico para la literatura latina, Televisa y Verónica Castro construyeron nuestra mitología pop continental. Siempre estuvo allí, a la vista de todos. Quizás en Chile deberíamos aprender y desempolvar viejos guiones de Moya Grau y sus colegas. REC de Canal 13 esta repitiendo Vivir así de Egon Wolf, algo hay ahí, nuestra propia Casa de las Flores quizás.

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