Culto
Eduardo Rabasa, escritor mexicano y editor de Sexto Piso: “Hoy el trabajo reemplaza a la vida misma”

Eduardo Rabasa, escritor mexicano y editor de Sexto Piso: “Hoy el trabajo reemplaza a la vida misma”

En 2002 Eduarda Rabasa (1978) creó junto a su hermano Diego la editorial Sexto Piso en México, que con los años ha ido adquiriendo prestigio en el mercado editorial de lengua castellana, traduciendo clásicos, libros raros y narrativa contemporánea. Quince años después de ese hecho fundacional, fue seleccionado por Hay Festival entre los autores de Bogotá 39, junto a otros 38 escritores latinoamericanos, entre los cuales se encuentran los argentinos Luciana Sousa y Mauro Libertella, el chileno Diego Zúñiga y su compatriota Emiliano Monge. De pasada por Buenos Aires, donde participó de una mesa en la Feria de Editores, presentó además Cinta negra, la novela que acaba de editar Ediciones Godot. De Bogotá 39, dice que hay más cosas en común entre los autores seleccionados que la Bogotá del 2007, como el hecho de que hay mayor preocupación política que puramente estética.

Cinta negra se aleja de las novelas mexicanas cuyo tema central es la violencia producida del narcotráfico, e indaga en un cliché actual, el ejecutivo que persigue el éxito. Pero Fernando Retencio, su protagonista, no sólo quiere ascender social y económicamente, sino que cree que una vez conseguida la meta, esa enigmática cinta negra, su vida completa dará un vuelco, de ahí la importancia de conseguirla. Este deseo de éxito se desenvuelve en una empresa que soluciona problemas a todo tipo de personas que tienen el suficiente dinero para pagar por sus servicios.


-El protagonista de tu novela quiere ascender dentro de la empresa y quiere obtener esta enigmática cinta negra, pero no quedan claros cuáles son los requisitos para lograrla.

-En el comienzo no sabía muy bien a qué se iba a dedicar el protagonista, en todo caso descarté que fuera publicista, porque toda novela que plantea un conflicto con el capitalismo el protagonista es publicista. Un día con un primo mío fuimos a tomar una cerveza, íbamos él, yo y un empleado de mi primo, que era un imbécil, y en un momento de la conversación salió esto de que él era cinta negra, y ahí me enteré que existía este sistema de managment que calificaba a los empleados por cintas y los que tenían la cinta negra eran los que tenían la mayor capacidad para resolver problemas. Lo que me llamó la atención fue que ni ellos sabían explicar qué era ser cinta negra, era más una cosa aspiracional, una medalla que se cuelga y que da estatus pero que se desconoce en qué consiste. Y parte del chiste de esta novela es que no quede muy claro qué es ser cinta negra, cómo se accede, porque a mí me parece que lo que está ocurriendo con las corporaciones tiene un alto grado de dominación mental, de tenerte en un estado de ansiedad e insuficiencias perpetuas.

-Antes a nuestros abuelos, pasados unos años, les regalaban un reloj. Hoy parece que estamos en otra fase del capitalismo y se entregan intangibles, como esta cinta; de hecho el protagonista cree que con esta cinta solucionará toda su vida.

-No me gustan los discursos de que los tiempos pasados fueron mejores, pero si uno piensa en el trabajo teóricamente es el medio de subsistencia, aquello que haces para pagar la renta, comer y vestirte, hoy creo que estamos viviendo una cierta transformación del trabajo, ya no es lo que hacía tu abuelo para obtener el reloj, hoy el trabajo reemplaza a la vida misma. La otra vez estaba leyendo que en Francia han aumentado mucho los suicidios relacionados con causas laborales, por esta cosa de que el jefe te escribe a las once de la noche y le tienes que contestar: hay como una invasión de lo laboral en la vida privada, y por eso la gente vive empastillada, si no sería insoportable. El trabajo ya es todo.

-En la novela aparece la figura del doctor que reparte tranquilizantes en esta empresa a los trabajadores.

-Hay un psicoanalista británico llamado Darian Leader que dice que los antidepresivos y los tranquilizantes son un insumo de producción, sin los cuales la gente no podría funcionar, entonces aquí está llevado a la ficción. Uno de los libros que leí para esta novela fue uno de un tipo que había trabajado en Google y contaba un poco como la filosofía Google, muy autocelebratorio, donde contaba prácticas horrorosas, como que calificaban a la gente con tres o cuatro decimales. Nadie puede calificar así seriamente, pero entiendo que son métodos de vigilancia y control, y la consecuencia de esto es que si la gente no vive empastillada o con algún otra escapatoria sencillamente no lo aguanta.

-En tu novela drogarse está naturalizado. ¿Cuál es tu relación con la droga?

-A mí me gustan las drogas, pero nunca he tomado antidepresivos ni tranquilizantes, me gustan más las drogas sicodélicas, y cuando las tomo lo hago recreativamente. No creo que las drogas sirvan para algo, pero en casi todas las distopías políticas las drogas y el alcohol juegan un papel de adormecimiento, y creo que es un poco innegable que en términos de potencial cuestionamiento al sistema estas drogas tienen ese efecto de generar adhesión, obediencia a un sistema, suena un poco orwelliano, pero me parece que es así, porque si la gente se detuviera a pensar el papel de por qué está ahí, por qué hace lo que hace, probablemente no lo haría más.

-Hay ciertas partes de Cinta negra que tiene algo de Un mundo feliz, Aldous Huxley, y también de George Orwell, del que hiciste tu tesis. ¿Qué influencias reconoces?

-De Orwell sí, porque estudié ciencias políticas y, como dices, hice mi tesis sobre el concepto de poder en Orwell, entonces lo tengo leído. Mucha gente cuenta que cuando era adolescente leyó a Borges y le voló la cabeza, a mí eso me pasó con Orwell y 1984. Suena cursi lo que te voy a decir, pero no volví a ver el mundo igual, sobre todo en términos políticos, porque él era un genio para encontrar cómo se generaban las instituciones y para ver los mecanismos más sutiles, más intangibles, de dominación mental, y los usos políticos del odio. Cuando ganó Donald Trump se fue al número uno de ventas 1984, ¡y es un libro que se escribió hace setenta años! Yo creo que pocos libros explican el fenómeno Trump que ése.

-A la vez que se observa la ambición de Retencio también se observa el mundo de la pobreza, en estos talleres que trabaja la esposa donde la precariedad se exhibe como si fuera una instalación en museo. ¿Cómo se te ocurrió mostrar así la pobreza?

-Yo creo que la pobreza es un componente muy importante del sistema productivo actual. Ya el hecho de que en un país como México haya cincuenta millones de pobres tiene un efecto laboral muy claro: el salario mínimo es muy bajo, la gente tiene que trabajar en condiciones muy precarias. Es como una especie de mano de obra de reserva que juega un papel productivo, lo que pasa es que la pobreza le hace mala publicidad al sistema.

-Mala publicidad porque entre otras cosas es visible…

-Exacto. Entonces a nivel discursivo siempre es el reto pendiente, pero no es tan cierto; por eso en países como México la filantropía juega un papel importantísimo. Ahora con eso se puede ayudar a dos o tres mil niños pobres, pero la filantropía no va a solucionar la pobreza, se trata solamente de ponerle un parchecito. Y es que ninguna sociedad ha solucionado la pobreza vía filantropía, donde sí tiene un efecto es en las relaciones públicas, es como la cara amable del sistema. Y quiénes son los mayores filántropos, ¡pues los magnates! La fortuna de Carlos Slim, el hombre más rico de mi país, equivale a los ingresos de los diecisiete millones de mexicanos más pobres, y podría ser fácilmente tachada de inmoral, pero como tiene este rostro filantrópico y se toma la foto con un niño pobre, es como una forma de lavar la imagen.

-Por otro lado, tu novela tiene un parte familiar, que me parece fuerte, y es que el protagonista está reproduciendo todo lo malo de su padre: le gusta el whisky aunque aún no demasiado, es un obsesivo del trabajo. Y parece incapaz de cambiar, de detener el destino trazado.

-Esos flashback con las infancia con el padre son muy muy autobiográficos, son situaciones específicas: mi padre era alcohólico y muchas situaciones ocurrieron, pero lo digo sobre todo por mi familia paterna, el alcoholismo es una cosa transgeneracional, e incluso a nivel discursivo. Realmente me horroriza mi familia paterna y para mí representa todo lo que yo quisiera no ser, de hecho el alcohol está asociado a la virilidad: un hombre es un hombre en tanto borracho, que luego se va de putas, y ese tipo de educación que recibí de alguna manera lo ves que se va heredando. Pero sólo los hombres, las mujeres no, eso está medio mal visto.

-¿En tu familia o en México?

-En mi familia, aunque en México también. Y sí, claro, el protagonista no aprende y es más reproduce lo que su padre era, y es que son mecanismos… No sé, pero si yo fuera adicto a la heroína y tuviera un hijo, trataría de que no fuera adicto, pero en mi familia pareciera que es al revés.

-Volviendo a Cinta negra, hay toda una mirada machista que coloca a la mujer como un objeto, me refiero al protagonista que ve a su mujer como parte de su ascenso social-profesional…

-Hay un mecanismo que existe y que es un poco paradójico y es que él quiere tener a la mujer objeto y siente que es reflejo de su virilidad o de sus capacidades el que ella sea guapa, es decir le gusta tener un objeto deseable, pero al mismo tiempo ésa es la gran fuente de su inseguridad. Es lo que creo que les pasa a los celosos patológicos. Ningún celoso patológico piensa que su pareja es una persona, sino que es algo que te van a venir a robar.

-Eres parte de Bogotá 39, ¿sientes cercanía con otros autores latinoamericanos?

-Con los de Bogotá sí, pero no con todos, porque somos muchos y ni siquiera te puedo decir que los he leído a todos, pero sí tenemos como un pequeño grupo en un chat. Dentro de ese grupo creo que tenemos muchas afinidades, incluidas las literarias: con Juan Cárdenas de Colombia, Mauro Libertella, Emiliano Monge, Claudia Ulloa de Perú. Creo que si lo comparas con los autores de Bogotá de hace diez años en nosotros hay una mayor preocupación política, aunque no necesariamente discursiva. Las novelas de Cárdenas, por ejemplo, abordan los estratos sociales de su país, el papel de la mujer puesto como objeto; son historias que tangencialmente están tocando estos temas. En cambio hace diez años había una mayor preocupación por cuestiones puramente estéticas o literarias, quizá porque la realidad se ha puesto un poco más convulsa. Ahorita en México, por ejemplo, es muy difícil encontrar a alguien de treinta o cuarenta años que no esté escribiendo de alguna manera sobre la violencia latinoamericana, ya sea de manera más estricta o sutil.

-Por último, ¿hay algún escritor chileno que te guste? Por ejemplo, ¿Roberto Bolaño ha sido importante en tu formación?

-Sí y no. ¿Es que sabes qué me pasa con Bolaño? No es que tenga problema con él, pero sí con el “fenómeno Bolaño”, que eso no es culpa de él obviamente. No sé, pero incluso se convirtió en una industria y mucha gente empezó a copiar una formulita que yo me encontrado muchísimo, incluso en los manuscritos que llegan a la editorial. Sí reconozco la destreza de Bolaño, pero no es un escritor que me llegue tanto.

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