Culto
En la séptima Feria de Editores de Buenos Aires: la tribu independiente

En la séptima Feria de Editores de Buenos Aires: la tribu independiente

Hoy ya no es la tribu del bar, hoy esa tribu son varias tribus, dentro de la que destaca la chilena, de ahí que algunos expositores trasandinos digan que hay “una bocha de chilenos” para referirse a que hay muchos compatriotas.

La Feria de Editores (FED) es una instancia que reúne al mundo de la edición independiente y que nació en 2013 en un bar de Villa Crespo por iniciativa de Ediciones Godot, un sello principalmente dedicado al ensayo y luego a la narrativa. El lugar se llamaba La Tribu, y los primeros años fue eso, una tribu que se apretujaba en un espacio pequeño y difícil de transitar. Las primeras convocatorias no fueron grandes, así que los años siguientes se siguió haciendo ahí, conformando y madurando esa tribu hasta que terminó por explotar en el 2015. Algo había cambiado, y es que las iniciativas culturales en una ciudad como Buenos Aires necesitan de tiempo, y si los organizadores persisten y hay un poco de suerte y de gestión no resulta extraño encontrarse con el éxito. Desde ese año, la FED dejó el bar y fue buscando lugares más amplios. Colegiales, Chacarita y ahora El Abasto han sido parte de su camino en busca no sólo de espacios más amplios, sino de convocatorias que excedan la escena editorial argentina.

Víctor Malumián es uno de los editores de Godot y por tanto uno de los organizadores. Hoy circula de un lado para otro en los amplios galpones del Ciudad Cultural Konex, lugar donde se suelen hacer recitales de música. Malumián charla con los expositores de distintos países (Brasil, Ecuador, España, México, Perú, Uruguay, Venezuela y Chile) y saluda a algunos periodistas que han ido a cubrir el evento, que este año promete reunir diez mil “lectores”, como él dice; la cifra representa un crecimiento alto en relación al año pasado, donde se congregaron alrededor de seis mil “lectores”.

Hoy ya no es la tribu del bar, hoy esa tribu son varias tribus, dentro de la que destaca la chilena, de ahí que algunos expositores trasandinos digan que hay “una bocha de chilenos” para referirse a que hay muchos compatriotas. Y es que hay veinte sellos presentes, entre más de doscientos, es decir casi el diez por ciento. Alquimia, Hueders, Montacerdos, Del Cardo, Narrativa Punto Aparte, La Mujer Rota, entre otras. Según Malumián, la presencia nacional es natural, “al menos por dos razones. Por un lado la cercanía, pero por otro, quizás el más interesante es que Chile atraviesa un momento espectacular a nivel calidad de edición, basta con prestar atención a editoriales como La Pollera, Hueders, Oxímoron, Libros del Laurel. Es usual el trabajo de co-edición entre editores de ambos países, con estupendos resultados a nivel prensa y costos”. La única delegación que se le compara a la chilena es la uruguaya con ocho sellos, los sigue Perú con seis.

Es una tarde fría sobre Buenos Aires de un invierno que promete que será largo y húmedo, pero eso no es obstáculo para que escritores como César Aira, Federico Falco, Ariana Harwicz y Luciano Lamberti se paseen por los stands y conversen con los expositores. Aira, que ha sonado incluso para el Premio Nobel, camina despeinado, con una bolsa de supermercado donde va echando los libros que compra o le regalan. Se detiene en el puesto de Caleta Olivia, un sello de poesía argentino, para preguntar por un libro del poeta Mario Arteca. No, le responde el editor, se acabó, o esperá, creo que me queda uno, mañana te lo puedo traer. Mañana va a haber mucha gente, observa Aira, más desilusionado que despeinado. Justo en este momento alguien interrumpe para decir que hay otro libro de Arteca en otro puesto. Activado por una enigmática fuerza, Aira se despide y se pierde entre los lectores, que a esa hora ya recorren la feria.

A diferencia de lo que se pudiera creer, el ámbito de la edición independiente no le es ajena al candidato al Nobel: cuando empezó a publicar regularmente en los 90 lo hizo en un sello de este tipo, Beatriz Viterbo. Y desde esa fecha son muchas las editoriales que han publicado sus libros: Bajo la Luna, Mansalva, Blatt & Ríos, Iván Rosado, Teatro Rioplatense de Entidades; estas cuatro últimas tienen en esta séptima FED varios títulos suyos: Actos de caridad, Un filósofo, El gran misterio y César Aira, un catálogo, que si bien no es un libro escrito por él, sino por Ricardo Strafacce, da cuenta de todos sus libros desde que comenzó a publicar hasta el primer semestre de este año. Puede decirse que aquí se respira Aira.

Volviendo a la “bocha de chilenos”, hay que confesar que resulta difícil circular por los pasillos del recinto ferial, porque a cada tanto uno se encuentra con algún editor que conoce y que en muchos casos es a la vez escritor. Diego Zúñiga, Juan Manuel Silva Barandica y Luis López-Aliaga, de Montacerdos, se vinieron directo del aeropuerto, de ahí que a uno de ellos se le note cara de cansado. No dormí nada, se queja Silva Barandica, de hecho estoy con el equipaje bajo la mesa. Cerca de ahí aparece Rafael López, de Hueders, quien dice que contrató a una persona para atender el stand, porque solo no se podía, y tiene razón, porque el horario de atención es de dos de la tarde a nueve de la noche, y entre muchas cosas hay que ir al baño, conversar con autores (el mismo Aira está en su catálogo) y editores. Guido Arroyo, de Alquimia, sale presto a saludar y atender su puesto que está al lado del de La Pollera. Julieta Marchant, de Cuadro de Tiza, es lo opuesto a Arroyo, ya que se mantiene tranquila, a la espera de que los lectores le hagan una pregunta. Marcela Kupfer, de Narrativa Punto Aparte, y Tania Encina, de Das Kapital, están contentas, como si venir a esta feria más que una oportunidad para vender, que lo es, fuera además una oportunidad para generar lazos y conocer lo que la edición independiente trasandina hace.

Este año la FED contó con un salón de derechos los días previos en la Casa de la Lectura, allí editores se pusieron en contacto con traductores y libreros locales. En fin, puede decirse que cada vez esta feria es más profesional, que tiene una variada oferta cultural, donde las charlas y los debates son centrales. En este sentido se ha consolidado a tal nivel que ya tiene auspiciantes y la entrada sigue siendo gratuita, como cuando se hacía en La Tribu. Una de las consecuencias de esto último fue que en la versión del año pasado los lectores hicieran una fila que daba vuelta la manzana para poder ingresar. Hoy esas aglomeraciones aún no se han visto. Pese a este éxito, Víctor Malumián cree que hay cuestiones pendientes, como “generar un espacio de relacionamiento entre los editores de distintas geografías, entre libreros y estos editores, cursos intensivos pero específicos”. En momentos donde la industria editorial trasandina vive una crisis que se ha prolongado por casi tres años, desde la asunción de Mauricio Macri en el gobierno, estos eventos –y este en particular– son oxígeno para los sellos pequeños y medianos. A muchos les permite seguir publicando y otras existiendo.

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