Culto
Todo héroe necesita un villano

Todo héroe necesita un villano

"Every heroe needs a villian" escuchamos en uno de los interludios de Czarface meets Metal Face, lanzado en marzo de este año. El disco, un paso más en la venganza del rapero americano Daniele Dumele contra la industria musical, consolida una carrera que lo ha llevado desde el underground neoyorkino a grabar con colaboraciones con J Dilla o Thom Yorke. A continuación damos un breve paseo por su particular biografía.

Imaginemos la siguiente situación. Es el año 2003 y estamos en París. Sergio Pitol, Margo Glantz, Salvador Elizondo y José Agustín viajarán a un pequeño congreso de escritores mexicanos en el Instituto de México. Ahí, en París. Entusiasmados –supongamos que somos entusiastas lectores de Pitol, rabiosos devoradores de la obra de Elizondo, fanáticos afiebrados de los textos de Glantz—, asistimos. Al entrar a la salita, vemos una mesa con cuatro micrófonos, vasos de agua y los nombres de los convocados. Vemos cuatro cuerpos –conocemos a los escritores, tenemos internet, ninguna imagen está a salvo de nuestro apetito voraz por saberlo todo— que no se condicen con la imagen mental que tenemos de los escritores a los que asistimos a mirar. Queremos que nos devuelvan la plata. Lo que escuchamos son, en efecto, las palabras de Sergio Pitol, las ideas de Margo Glantz. Pero ese no es Sergio Pitol. ¿Qué clase de estafa esta? ¿Dónde están mis escritores mexicanos cuando los necesito?

“El interés por saber hasta qué punto los textos pueden existir sin la presencia del autor creo que fue el origen del Congreso de dobles de escritores” dice, en un ensayo, Mario Bellatin. Como una broma tomada de un manual de sabotaje, Bellatin nos pone entre la espada y la pared. ¿Queremos personajes o queremos obras?

Ahora estamos en Long Island. Daniele Dumele, un chico inglés criado en Estados Unidos forma KMD junto a su hermano, DJ Subroc, y Rodan. Los tres chicos, provenientes de Long Island, van forjándose un nombre en la escena underground neoyorquina. Tres chicos negros en un país poblado de blancos racistas. El 91 graban un disco (Mr. Hood) con el sello Elekta. El 93 afilan los cuchillos: la portada de su segundo largo, “Black Bastards”, muestra a Sambo, mascota del grupo, colgado de una horca. KMD tiene un camino brillante por delante. Imagínenlo: dos hermanos tomándose las calles por asalto. Dos hermanos, probablemente, viviendo el sueño de los chicos de los barrios negros. Pero el viento cambia y el barco capota frente a un roquerío.

Ahora estamos con Daniele Dumele en 1993. Su hermano acaba de ser arrollado por un tren en Long Island. Rodan, el tercer miembro, escapa como una rata. Mientras Dumele, devastado, se preocupa de los pormenores de la muerte de su hermano, el sello Elektra corta relaciones comerciales con Daniel.

Destierro, muerte y derrota. Dumele vive su propia escenificación de las miserias de Job. Cae directo a un pozo. Duerme en la calle. Se pierde. Es muy probable que piense constantemente en su hermano. Es muy probable –yo lo haría— que la vida es una mierda. Una enfermedad ridícula sin antídoto.

Pero lo de Dumele adquiere ribetes de historieta. Premunido con una máscara y las ganas de poner en ridículo a la industria musical, MF Doom aparece en escena con su arsenal de voces y apodos. Se multiplica en discos con nicks como King Geedorah o Madvillian. Su sombra crece y un culto crece en torno a su figura. Si en las vertientes más mainstream del rap todo deviene culto a la personalidad, MF Doom juega a desaparecer. Se escabulle y siembra el territorio con minas antipersonales. Como un Dalton Trumbo durante las persecuciones macarthistas, Doom lanza discos con distintos seudónimos para sabotear el mercado de personajes que tantos réditos le da a la industria cultural: Neruda como el 50 Cent de la poesía y viceversa. Como anota Yourcenar en su biografía sobre Mishima: “Ya se acabó el tiempo en que se podía saborear Hamlet sin preocuparse mucho de Shakespeare: la burda curiosidad por la anécdota biográfica es un rasgo de nuestra época, decuplicado por los métodos de una prensa y de unos media que se dirigen al público que cada vez sabe leer menos”.

Lo más entretenido es que ese plan de sabotaje ha llegado lejos. Dumele, probablemente, se hacelas mismas preguntas que Bellatin al convocar su Congreso de Dobles: ¿queremos obras o personajes?



El mismo Doom declaró en una entrevista que una de sus mayores ambiciones es estar entre el público mientras un doble performa grabaciones de sus canciones. Imaginemos la escena: somos convocados por una ambiciosa productora a un concierto de nuestro rapero favorito. Asistimos al concierto, entre otras cosas, para cerciorarnos de que todas esas composiciones que nos volaron la cabeza fueron creadas por un ser humano que se para en un escenario a interpretarlas. Queremos el acontecimiento. La obra no basta. Falta el espectáculo.

De pronto, en ese concierto, a tu lado, riéndose, el autor de las obras se mira a sí mismo –a su doppelganger— en el escenario interpretando sus textos. Sin su máscara, desnudo, como un perfecto ser humano, te dice: “quería saber hasta qué punto mis canciones existían sin mi presencia”. Y luego se larga. Como un villano.


Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández |
Es autor del volumen Junkopia (Bifurcaciones) y autor del blog Lacitadeunacita.