Culto
Rolling thunder: llega el libro sobre el circo ambulante de Bob Dylan

Rolling thunder: llega el libro sobre el circo ambulante de Bob Dylan

Escrito por Sam Shepard, en Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama) se muestra la gira que en 1975 el cantautor llevó por todo Estado Unidos y Canadá. Un circo andante que también contó con Joni Mitchell, Joan Baez, Allen Ginsberg y Muhammad Alí, entre otros.

“Llamó Dylan”, le dijeron, una tarde, al dramaturgo y escritor Sam Shepard.

“¿Dylan?”, respondió éste. “¿Por qué me llamaría Dylan? Ni siquiera lo conozco”.

Y la respuesta de Shepard, claro, tenía dos lados: por un lado que Shepard efectivamente no conocía a Bob Dylan. Con suerte se habían topado en una que otra fiesta o evento contracultural. Y por otro lado que Bob Dylan estaba muerto. O bueno: no muerto, pero desaparecido.

Era el otoño de 1975 y Dylan llevaba ocho años sin tocar.

De ahí la llamada: Dylan quería a Shepard para que filmara su regreso. Y no solo eso: quería que hiciera una película (inspirada en Los niños del paraíso de Marcel Carné y Disparen sobre el pianista de François Truffaut) sobre la gira, la cual llevaría por nombre Rolling Thunder Revue.

En ese entonces Sam Shepard era un dramaturgo alternativo. Un miembro más de esa contra-cultura que, a mediado de los setenta, comenzaba a envejecer. Así que Shepard aún no era el mito contemporáneo en que más tarde se convertiría; es decir, amigo y colaborador de los Rolling Stones, pareja de Patti Smith, actor en películas como Elegidos para la gloria y Días del cielo, coguionista de Zabriskie Point y Paris, Texas, casado con Jessica Lange durante casi treinta años.

“Salen de Nueva York el fin de semana”, le dijeron a Shepard, apenas un día luego de esa misteriosa llamada de Dylan. Y así fue cómo el dramaturgo aceptó y terminó subiéndose a la Rolling Thunder Revue, esa gira mezcla de happening y circo ambulante.


Primero tocaron en pequeños escenarios de Nueva Inglaterra. Ciudades medianas y poblados que parecían estancados en los cincuenta. El público era en su mayoría campesinos, pueblerinos, a veces gente que ni siquiera sabía quién era Dylan. Y menos aún los otros músicos que se subían al escenario para acompañarlo: Joni Mitchell, T-Bone Burnett, Allen Ginsberg, Mick Ronson, Joan Baez, Arlo Guthrie, Ramblin’ Jack Elliot y Roger McGuinn.

Desde su primera fecha quedó clara la intención de Dylan: que Rolling Thunder Revue fuera tanto un concierto como una obra de teatro. Y lo mismo cuando estuvieran de gira: un bus lleno de músicos y artistas que pasa de ciudad en ciudad y, de alguna forma, desarregla el status quo. “Dylan quiere mantener el aspecto gitano a toda costa”, escribe Shepard en Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama), el libro que finalmente salió de su experiencia en esta gira. “Todo sucede al mismo tiempo en un millón de direcciones distintas. Lo único que se puede hacer es dejar que este circo se desarrolle de la manera que quiera y simplemente correr con él. Es como una carrera de caballos”.


Un show promedio de Rolling Thunder Revue incluía tanto canciones de los otros miembros como canciones de Dylan (quien se pintaba la cara de blanco y al final del show, debido al calor y el alcohol, ya no la tenía pintada). Eran casi tres horas en que ante la perplejidad de públicos mayoritariamente de provincias, la banda de Dylan reinventaba la tradición musical americana. Por ejemplo, al inicio el poeta Allen Ginsberg salía a escena y leía un poema a su madre (“Kaddish”), luego Joan Baez tocaba una canción, entonces era el turno de Mick Ronson, el ex guitarrista de David Bowie, quien de hecho jugueteaba con una versión de “Is There life on Mars?”.

De fondo, a veces sucedían episodios como este.

Baez y Dylan discuten frente a la cámara de Shepard.

“¿Por qué me mentías tanto?”, dice Baez, en referencia a sus años juntos.

“Yo nunca he mentido. El que te mentía era otro”, responde Dylan.

Ella viste con un traje de novia que le ha regalado una vieja camarera gitana y él está “empapado en coñac”, según Shepard.

“¿Qué hubiera pasado si nos hubiéramos casado, Bob?”, continúa Baez. “Me casé con la mujer que amo”, responde Dylan. Y Shepard, en el libro, dice sobre la situación: “Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se haya filmado nunca”.

Por esos mismos día, además, Dylan estrenaba un single nuevo: “Hurricane”. Era en referencia al boxeador Rubin Carter, acusado injustamente de un triple homicidio. Tanto Bob Dylan como otros famosos lo habían tomado como caballito de batalla. Y por eso el autor tras “Like a Rolling Stone” decidió organizar una parada especial como parte de Rolling Thunder: el Madison Square Garden en Nueva York.



Así lo narra Shepard:

“Esta noche Dylan aparece con una máscara de Dylan de goma que había recogido en la calle 42. La multitud está estupefacta. Una especie de silencio de pánico cae sobre el lugar”.

“¿Ha tenido otro accidente? ¿Cirugía plástica?” ¿O es esto una especie de engaño? ¡Un impostor! La voz suena igual. Si es un reemplazo, está haciendo un buen trabajo”.

El Dylan enmascarado toca tres o cuatro canciones y luego busca la armónica. Pero hay un problema: intenta tocarla con la máscara, aunque no puede, así que en un ataque violento la arranca y arroja a los reflectores.

“Es un acto aterrador incluso si no se calcula por esos motivos”, apunta Shepard. “La audiencia está totalmente desconcertada y todavía se pregunta si realmente es él o no”.

Por varias razones el show en NYC fue mítico. No solo porque tuvo invitados de lujo (Stevie Wonder, Roberta Flack y Ringo Starr) que se sumaron al ya exuberante line up de Rolling Thunder, sino porque acaso la ayuda de Dylan no sería suficiente para ayudar la causa de Rubin “Hurricane” Carter. De hecho, para muchos este episodio no sería más que otro rockstar más ensimismado con una “causa justa” (la cual, una vez ya deja de importarle al músico, desaparece del radar de los medios de comunicación).

Luego del Madison Square Garden Dylan repetiría la idea de un concierto benéfico para el boxeador. Esta vez en Houston, Texas. El gasto económico fue tanto que nada de dinero le llegó a Carter.

Y además sería la última ocasión en que tocaría “Hurricane” en vivo.


Luego del concierto en Nueva York la gira rocambolesca seguiría. Sucederían muchos más episodios. Y Shepard, en silencio, los recordaría todo con su cámara y luego los pasaría al papel.

Por ejemplo, ahí está el momento en que Dylan y Ginsberg visitan la tumba del escritor beat Jack Kerouac (En el camino). O cuando Patti Smith visita la gira (“Patti luce como una guerrera samurái con problemas financieros”).

“Al dejar la carretera sentía que veía doble”, dijo Dylan al final de Rolling Thunder. “Pero seguro que fue un viaje fenomenal”.


Luego de Rolling Thunder vendrían años extraños para Dylan: su época religiosa, su regreso como motoquero ochentero, sus giras con Tom Petty, su matrimonio secreto con una de sus coristas, su saludo al Papa, su conversión en un músico blusero, su gira eterna o The Never Ending Tour, su premio Nobel de Literatura (y su ausencia de la ceremonia de entrega).

Pero claro: Dylan es Dylan. Y los mitos alrededor de su persona se multiplican como las muñecas de una matrioska sin fin.

“Algunos mitos son venenosos para creer, pero otros tienen la capacidad de cambiar algo dentro de nosotros, incluso si es solo por un minuto o dos”, dice Shepard en torno al mismo tema. “Dylan crea una atmósfera mítica de la tierra que nos rodea. Y es la tierra en la que caminamos todos los días y la cual nunca vemos hasta que alguien nos la muestra.”

Y en cuanto a la película: al final, la película resultó tan improvisada que apenas hizo falta un guion: se llama “Renaldo y Clara” y fue dirigida por Dylan, en 1978, y no es tanto una cinta como un diario en crudo de lo que sucedió en la gira. No existen copias en el mercado, pero en las catacumbas de Internet se puede hallar.


Lo cierto es que al lado de Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Rolling Thunder Logbook, 1977; Anagrama, 2006 y ahora reeditado en versión bolsillo), la película palidece. El libro de Shepard es un diario de gira ingenioso y emocionante. Contiene collage de poemas, extractos del fallido guión e imágenes firmadas por Ken Regan. Más allá del retrato certero de Dylan en la carretera, también es una prueba de cómo Shepard –quien murió el año pasado– sabía extrar el núcleo de una persona a través de pocas palabras, ya fuera en teatro como en cine como en ficción.

En todo caso este no sería su último encuentro entre Shepard y Dylan.

En 1987 se vieron las caras nuevamente. Sucedió a partir de un artículo para la revista Esquire. Aunque éste resultó más una obra de teatro que una pieza periodística. Se basaba, aparentemente, en una visita que Shepard hizo a la casa de Dylan en California. Cuando el artículo salió publicado, en julio de 1987, muchos lectores la leyeron como una entrevista, aunque tanto Dylan como Shepard la pensaron como una obra de teatro (incluso tenía instrucciones escénicas).

“¿Entonces finalmente sientes que sabes quién eres?”, le pregunta Shepard siguiendo la idea de que “Bob Dylan” es una máscara (o varias) tras la cual el cantautor se esconde. “Siempre he sabido quién soy”, le responde Dylan, quien hace poco había pasado por una época góspel. “Lo que no sé, es en quién me convertiré a continuación”.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo