Culto
Pesadillas y Nescafé en Roma

Pesadillas y Nescafé en Roma

Dispuesto en 70 fragmentos unitarios, La caída de Roma es un poema relativamente largo que puede funcionar, sin lugar a dudas, como un fastuoso pórtico de entrada a la obra insoslayable de Anne Carson.

En La caída de Roma, la poeta canadiense Anne Carson explora con una inquietante profundidad la condición del viajero, del forastero que arriba a un lugar cuya lengua no domina y cuyos usos y costumbres, lejos de animar el embelesamiento o inducir a la admiración, le producen por lo general sensaciones relacionadas con el miedo, la distancia y los sueños tortuosos. También es probable que la protagonista manifieste un dejo de paranoia, pero el grado de la perturbación es difícil de estimar debido a que su voz tiende a ser convincentemente enfática: “Un extranjero es el mal. / Las llagas pueden estar tan juntas / que apenas logras ver // sus orejas y su cola, / pero no hay romano / que no se dé cuenta. // Si no fuera malvado / no sería / un extranjero / ¿no?”. La hablante de este libro visita Roma por primera vez. Allí vive una conocida suya, Anna Xenia, mujer misteriosa de quien llegamos a enterarnos que estudió en Oxford, que perdió a un hijo y que tiene un perro. “Ella es tan hermosa como una isla. / Se mece sobre pezuñas diminutas / y prepara Nescafé”.

Idea recurrente en La caída de Roma es la brecha, al parecer irreducible, entre nativos y afuerinos: “Enfrentado a un villano / un romano sabe qué hacer. // Declamar. // Historia papal. La / persecución de Tasso. / La pomposidad / de Séneca. / La hipocresía del secretario del Partido Comunista de Roma // (cuya esposa colecciona topacios)”. Por su parte, el visitante posee características que indudablemente evocan al bárbaro: “Un extraño es pobre, voraz y turbulento. / Viene // de ninguna parte en particular // y hace que los precios suban. / Su método para conocer algo / es comérselo”.

En su versión original, publicada en 1995, este poema intachable, lúcido, hermoso, llevaba la siguiente frase adosada al título: “Una guía de viajeros”. El asunto no era meramente ornamental, pues, en varios sentidos, los versos proveen orientación y, en algunos casos, reparan en ciertas costumbres peculiares que siempre le serán útiles de tener en cuenta al foráneo: “Para Anna Xenia, / como para la mayoría de los romanos, // manejar es guerra. // ¿Tal vez, en el camino a Orvieto, / me va a explicar / por qué? // Sí (da un bocinazo), ¡naturalmente! / Su explicación es larga. / Con muchos ejemplos (bocina)”. La visita a Orvieto, además de milagrosa (“Algo como esto puede salvar la vida de un extranjero”), inspira versos que describen el lugar con tal detalle y maestría que incluso el más vulgar de los turistas podría obtener provecho de ellos.

Anne Carson posee una de las voces más cautivantes de la poesía anglosajona contemporánea. Parte del encanto de su propuesta tiene que ver con su vocación por el clasicismo: sus versos están afilados con la piedra noble de la Antigüedad. Otro rasgo saliente de este libro viene a ser la reducción máxima de la palabra, algo que, paradójicamente, y aquí el genio, tiende a amplificar la trascendencia del mensaje. De regreso del paseo a Orvieto (un viaje dentro de otro viaje), la hablante ya es capaz de pensar “más allá de la muerte”. La excursión la ha liberado de las oscuras cavilaciones romanas y de los malos sueños (“Creo que llamaré a mi pesadilla La Caída de Roma”), a tal punto que goza de la claridad mental suficiente para articular una verdad del porte de la mismísima catedral de Orvieto: “¿Qué es lo sagrado del dominio? // Aproximémonos / a una teoría de las artes marciales. // Es herir a tu oponente / en el momento exacto en que te hiere a ti. // Esta es la sincronización suprema. // Es la falta de rabia. / Significa tratar a tu enemigo / como a un invitado de honor”.

Dispuesto en 70 fragmentos unitarios, La caída de Roma es un poema relativamente largo que puede funcionar, sin lugar a dudas, como un fastuoso pórtico de entrada a la obra insoslayable de Anne Carson. A esto también contribuye la estupenda traducción del texto emprendida por la poeta Soledad Marambio.

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